martes, 8 de junio de 2010

Las cosas tienen vida.

Ya he vuelto a perder los pendientes que me regalo mi novio por mi cumpleaños, y ahora… ¿qué le digo yo cuando vea que no me los pongo? Porque claro, si le digo que los he perdido me va a echar la típica charla: que si soy despistada, que hago las cosas sin pensar, que le costaron una pasta y que para eso no me regala nada, que tengo que ser más ordenada… y bla, bla, bla… Vale, reconozco que algo despistadilla si soy pero tampoco es para tanto. Y yo tengo orden en mi desorden, bueno, o eso quiero pensar porque sigo sin encontrar los dichosos pendientes.
Aunque, en realidad, no soy yo la culpable, ni siquiera el duende que todos decimos que tenemos en casa. Lo que pasa es que las cosas tienen vida propia pero no nos fijamos. Sé que suena descabellado pero es así, sólo que lo hacen tan bien que pensamos que somos nosotros los responsables o los demás.
Cuando se pierde algo siempre son los demás quienes han cogido las cosas. Es lógico ¿no? Si yo no he vuelto a usar las llaves de casa que había dejado en la mesa, y ya no están ahí, ha tenido que ser otro. Sin embargo, tu pareja, padre, madre o con quien compartas espacio vital, te responderá que no ha sido él, cosa que te enfurecerá y se puede llegar a producir pequeños conflictos por estas tonterías. Con el cabreo encima, me pongo a buscar y no encuentro nada. He mirado debajo de la cama, en los cajones, detrás del sofá, incluso he rebuscado por el armario. Pero nada, que no hay manera y luego aparecerá en el sitio más inesperado de la casa donde no se me había ocurrido mirar. Eso sí, para encontrar las cosas, mi madre. Es algo increíble, te lo encuentra todo ¿eh? Da igual que sea grande o pequeño, ropa o papel, tiene un don especial como buscadora. Yo creo que es un poder exclusivo que se adquiere por el mero echo de ser madre, no sé… todas las madres del mundo serían capaces de encontrar agujas en un pajar, así que, algo tiene que haber para explicarlo y, lo gracioso es que si no lo encuentran ese día, piden ayuda a San Cojonato. Y oye, es efectivo. ¿Valdría esa misma técnica para conseguir cosas de los hombres? Ummm... lo malo es que luego pueden quedar inservibles y casi es peor.
El lugar por excelencia en eso de desapariciones en el hogar es, sin lugar a dudas, la lavadora. No sé que hay dentro del tambor que los calcetines desaparecen un día si y otro también. Tal vez para ellos es una atracción de feria que gira y gira cada vez más rápido. En el centrifugado se lo deben de pasar de miedo, ¿gritarán como hacemos nosotros en una montaña rusa? O pueden que se hayan ido a comprar tabaco y no hayan vuelto. O que se encontraran por el camino a unos amigos y se fueran al bar y claro, se han liado tanto que no sabe el camino de vuelta. Lo malo de estas excursiones prolongadas, es que se van de uno en uno y abandonan a su pareja. Vaya, que si querían la separación que me consulten a mi primero ¿no? Con lo cómodo que es el divorcio express. Ahora me toca hacer parejas de hecho mixtas, los de rayas con los lisos, los blancos con los azules… que yo soy una persona de mente abierta, pero no puedo ir al trabajo con un calcetín de cada color. No sólo me verían mal y pensarían que me acerco a la locura, sino que me llamarían la atención, vía email por supuesto, pues la política de empresa es ir vestido correctamente: nada de vaqueros, nada de zapatillas y nada de calcetines mixtos.
Otro misterio sin resolver: el armario y la ropa. Ni Iker Jiménez en su programa radiofónico y televisivo podría dar respuesta a este enigma de la humanidad.
El armario tiene un sistema oculto que encoge la ropa. Si el verano pasado me valían las cosas, ¿por qué al siguiente no? Y esos vaqueros que tanto me gustaban y que me ponía a diario ¡ahora no me entran! A ver, los excesos han sido los habituales: Navidades, Semana Santa… pero no tanto como para no entrar en la ropa de la temporada pasada. Intento darle con la plancha, lo vuelvo a poner en remojo o me los pongo húmedos para que cojan mi forma... y sigue sin cerrar. Esa camiseta que me compre en la playa me queda tan ajustada que me hace dos tallas más de pecho (al menos en este caso el cambio es positivo) Vamos, que no me queda otro remedio que comprar género nuevo, a pesar de no tirar el viejo por la típica excusa de “por si adelgazo un poco”.
La vida en los armarios se nota porque la ropa se expande. Cuando cambio la ropa de temporada siempre tengo problemas de espacio. Donde tenía la ropa de invierno, no me cabe la ropa de verano y, se supone, que los jerseys son más gruesos y abultan más ¿no? Ese día pongo los pantalones con los pantalones, las faldas con las faldas y las camisas las coloco por tamaño o por color. Una semana después, todo está mezclado. Yo cuelgo las cosas bien, (como ya he dicho, culpa mía no es) y pasan unos días y vaya desbarajuste que está formado. En este caso, me parece que para las prendas mi armario es como el metro. Se suben, se sujetan a la barra y cuando llegan a su destino se sueltan y se bajan. Además, yo creo que hacen quedadas entre ellos y hacen pandillas. Los chándals se llevan fatal con las camisas de vestir pero adoran las camisetas, sobre todo las de manga corta. Las faldas largas tienen envidia y critican a las minifaldas (claro, van enseñando mucho… ¡Que vergüenza!) y los pantalones de traje intentan ligarse a los vestidos de fiesta. A este paso me montan un botellón.
El espacio es vital y las maletas son otra prueba de ello. A la vuelta, es imposible guardar las cosas tal cual estaban a la ida. Puedes colocarlo como quieras pero siempre hay algo que molesta para cerrar la bolsa. El resultado es que parece que vuelves con el doble de equipaje y los souvenirs que has comprado para regalar, como tazas o imanes para la nevera, tienes que llevarlos en la bolsa de mano. ¿Qué tengo que hacer para que quepa todo? He jugado al tetris de niña y si a la ida me sobraba espacio ¿Qué ha pasado ahora? Nunca podré entenderlo.
En esto del orden y desorden, hay un mundo más allá de nuestra imaginación…en los cajones. Sí, esos temidos cajones a los que odiamos enfrentarnos. Allí va a parar papeles y todas las cosas pequeñas que hay encima de la mesa. O el típico mueble de la entradita, con juegos de llaves de la casa de tus padres, la del trastero, la de repuesto del garaje y del coche también, la de la vecina, que te la da para que cuides las plantas y des de comer al gato mientras ella se va de vacaciones a Punta Cana. Y no pueden faltar los panfletos publicitarios de pizzas, comida china y otros tantos de comida rápida. Pero justo cuando vas a llamar, o bien las ofertas están caducadas o no los encuentras. “¿Dónde está el papel? Si yo lo dejé aquí”. Y buscas en la mesa del teléfono, miras dentro de la agenda y mueves los periódicos por si estuviera traspapelado entre medias. Y no hay rastro del papelito. Al final, decides volcar el cajón encima del sillón y poner un poco de orden: facturas de teléfono, tickets de compra del super y de resguardos de pagos con tarjeta. También aparece un cargador de móvil, ese que habías perdido pero que ya no te vale porque has cambiado de modelo… “¡anda! ¡Los pendientes que buscaba! ¿Qué hacen aquí?”
No sé si los objetos tendrán poderes telequinésicos pero lo que si es cierto es que se mueven. El cómo y por qué hay que seguir investigándolo. Yo, de momento, creo que están vivos.

lunes, 31 de mayo de 2010

Y si hubiera....

Cuántas veces nos habremos hecho esta pregunta. No sé si muchas, pero unas cuantas sí, porque nunca podremos saber si la decisión que descartamos en aquel momento era la correcta.
Miro hacia atrás y… ¿qué hubiese pasado si hubiera aceptado salir con Alberto cuando teníamos 17 años? Pues, seguramente, a los 21 ya estaría casada y con dos críos y a los 25 ya tendría otros dos más. ¿Por qué? Porque su familia era muy numerosa y todos los hijos tenían que respetar la tradición, supongo que para mantener el apellido. Su hermano mayor, que por aquel entonces tenía casi los 30 años, tenía tres churumbeles a cual más travieso y su hermana de 25 iba a poner el primero. En fin… cada familia es un mundo ¿no?
También me planteo qué hubiera pasado si hubiese estudiado medicina. Pues tendría una casa más grande, conduciría un Mercedes y en el trabajo no me estresaría, pasaría consulta de 4 a 7 de la tarde y a todos mis pacientes les mandaría el gran remedio…ibuprofeno… y mucha agua, por supuesto. Eso sí, seguramente las ojeras por las guardias ya serían permanentes y tendría que hacer los peores turnos. Pero como ventaja… conocería íntimamente a todos los médicos y compañeros de practicas, que ya se sabe que pasar muchas horas en el mismo lugar, compartiendo noches enteras… Vamos, que me imagino jugando al escondite a oscuras en el almacén con el jefe de planta de cardiología. ¡En la hora que estudié periodismo! Que era una carrera donde predominábamos las féminas.
¿Qué hubiese pasado si hubiese hecho las paces con mi amiga Alicia? Pues, probablemente, volvería a acostarse con mi actual novio, como ya hizo en su día y que fue el motivo de nuestra ruptura y, por supuesto, de la de mi ex. Y era la que decía que era mi mejor amiga ¡pero que cínica! Claro, conmigo tenía un 2x1, dos escarceos a la semana por una idiota que no se enteraba.
Otra fuente de duda se centra en el ambiente familiar.
Y si el año pasado me hubiera acordado del cumpleaños de mi suegra... ¿ahora le caería mejor? Y eso que luego le regalamos un fin de semana en un spa de lujo, idea mía, por supuesto, pero que ella le reconoció todo el merito a su hijo y para mí un simple gracias. Y si me tiñera el pelo ¿me vería con mejores ojos? Ufff… difícil respuesta, seguramente nunca sería lo suficientemente buena para su niño (porque a pesar de la edad de mi novio, para ella sigue siendo su “niño”). Es la continua lucha que tenemos las nueras para agradar a las suegras. Intentas poner buena cara aunque te reviente por dentro, procuras no saltar cuando critica tu manera de mantener la casa o de cuidar a los niños (si es que los tienes) pero lo que más molesta siempre es el gran aprecio que tenía por las anteriores parejas de mi chico. “¡Ay! Juan, ¿sabes a quien me encontré el viernes en la pescadería?” Lógicamente, estoy yo delante… “pues a la madre de ¡Sofia!”. Dice el nombre con un entusiasmo que casi le saltan las lágrimas de la emoción y después me mira y me suelta el jarro de agua fría “el gran amor de su vida… era ¡máaaaassss guapa! ¡Y qué inteligente! Ahora es abogada y está en uno de los mejores bufetes de España” (todo esto con un tono de retintín) Y para rematar la faena, le dice a su hijo “de verdad, hijo, no sé como pudiste dejar a esa preciosidad… ¡hacíais muy buena pareja!”. Dicho esto, a ti se te sube la bilirrubina de Juan Luis Guerra, la tensión… por las nubes… vamos, que revientas el aparato si te la tomasen ahora mismo y la mala leche se te va acumulando por momentos, pareciendo un volcán que quiere estallar y no puede. Así que, le sueltas la mano a Juan, le miras con cara de “hoy ya sabes donde vas a dormir” y te inventas cualquier excusa para escapar de allí.
Pero no sólo nos centramos en cuestiones personales ¿eh? Las cuestiones existencialistas también afectan a cómo hubiera sido el mundo si fuese de otra manera.
Por ejemplo, que Adán y Eva no hubiesen comido la Manzana del Árbol Prohibido.
Eva va a ver a Adan con la manzana en la mano y le incita a comer, pero Adán está tan ensimismado viendo correr a una manada de once cervatillos, que no le presta atención. - Adán, Adaaaan….. ¡ADAN!
- ¿Qué quieres Eva? No ves que esto está muy interesante…
- Son sólo cervatillos… ¿Qué tiene de interesante?
- No sabes apreciar las cosas buenas de la vida… se han ido a tomar un poco de agua.. ¿Qué me decías?
- Mira por que no probamos un poco de la manzana? Seguro que esta muy buena
- ¿Y para eso me molestas? Anda, Eva... déjame tranquilo que estoy muy a gusto viendo correr a los animales y ver crecer las plantas (a falta de fútbol de verdad habría que buscarse otra actividad de no hacer nada)
- Adán, siempre estás igual…¡es que no me haces nada de caso!
- Eva, no sé que te pasa últimamente que esta un poco alterada… voy a hablar con el Todo Poderoso y que me devuelva mi costilla ¿eh?
Y Eva se da la vuelta enfadada, tira la manzana al suelo y se la come uno de los cervatillos y se convierte en un enorme y espectacular ciervo. Eva era la incomprendida de su tiempo…
Pero lo que es más… ¿Qué hubiera pasado si en lugar de ser una serpiente la que ofreciese el fruto prohibido, fuese un hada? Eva va tan tranquila por el Paraíso y encuentra a una preciosa hada que le incita a comer del árbol. Eva directamente pensaría “¡Uy! Esta harpía me está engañando… que sé de buena tienta que es una mentirosa. Y mira la ropa que lleva como si ella fuese mejor que yo que voy desnuda, lo que pasa es que soy menos pudorosa… ¡Qué poco me gusta! En la hora que he venido a pasear… si me hubiera quedado en casa no me pasaría esto...” pero pone su mejor sonrisa y le dice a la preciosa hada que Adán la está esperando y que le tiene que hacer la cena y que no le puede hacer esperar al pobre que está tan atareado… con los ciervos… ya sabes.. cosas de hombres…
¿Y si fuera un mounstro con cuerpo de león, cabeza de jabalí, patas de araña y alas de abeja? Pues que Eva estaría temblando de miedo mientras el bicho raro quiere ganarse su confianza. Eva, con el entrecejo fruncido de asco y temor pensaría “ains... que asquito… que se le cae la baba por esos colmillos amarillentos… ¿y que hago yo ahora? Pero como me voy a fiar de él si esté lo que quiere es comerme a mí…” Y mientras va andando hacia atrás, protegiéndose con los matorrales que se encuentra a su paso, la pobre Eva le diría que no tiene hambre y que la está esperando su hombretón que está de caza por la zona.
Vamos, que ninguna de estás dos versiones es creíble. Pero si no hubiesen comido de la manzana, hubiéramos vivido en un mundo de paz y amor, sin necesidad de cubrir nuestros cuerpos, sin tener que trabajar de lunes a viernes de 8 a 6. Nosotras no tendríamos el periodo todos los meses (porque en el Paraíso no puede haber dolor…), ellos estarían preocupados de su “aparato” (¡ah! Pero si ya lo están…) y tendríamos mucho tiempo libre para cuidarnos, lo que conllevaría que nuestra salud sería estupenda y no habría enfermedades. ¡Vaya! El capricho de los primeros humanos nos ha salido caro. Eso sí, hay que reconocer que la historia es machista porque ¿Y si hubiera sido Adán el que incitaba a comer a Eva? Pues sería la excusa perfecta para que Eva siempre le reprochase a Adán “¿Ves? Si ya te lo decía yo... que esa serpiente no iba a traer nada bueno. Y tu “¡pero si es muy maja! ¡Mira que simpática que nos da la comida!” ¡Hale! Pues mira que maja que nos han desterrado… y todo por tu culpa. Sí, no me mires así, porque tengo razón. Claro, como tú eres el hombre de la casa y el que toma las decisiones… en la hora que hice caso al Señor y le dije que iba a hacerle creer que él era el más inteligente de los dos por el bien del equilibrio terrenal…”
En fin… que todos estos dilemas acaban siempre en el mismo sitio, en NADA y son más pérdida de tiempo que otra cosa. Aunque hubiésemos actuado de otra manera, siempre nos plantearíamos porque no hicimos lo contrario o que hubiese sido de nosotros si hubiésemos elegido el otro camino. Lo hecho, hecho está… centrémonos en el presente y miremos hacia el futuro.

jueves, 6 de mayo de 2010

Y sin embargo...

Los hombres sólo dan problemas. Sí, es cierto, también nos dan placeres o nos miman pero muchas veces nos dan más quebraderos de cabeza que lo que consiguen con sus buenas acciones.
El primer problema es que son incapaces de entender las indirectas. No captan los juegos de palabras, los dobles sentidos en cuestiones sentimentales o incluso las ironías. Cuando decimos frases como “hace mucho que no vamos al cine…”, “que olvidada me tienes…” o “… claro, como ya no me llamas ni me dices cosas bonitas”… queremos haceros entender de una forma sutil que nos estáis ignorando. Esta claro que sería más fácil coger el toro por los cuerpos y soltar algo parecido a “veo que te importo bastante poco ¿no?”, “¿Quedamos o tengo que esperar a que te decidas?”. Sin embargo, en este último caso al final los hombres nos tachan de descaradas o bordes, y como estás entrando en un terreno más personal, se sienten tan amenazados que su único recurso es huir del enfrentamiento. Una huida que puede ser mediante el Cabreo Silencioso, que se pasen horas sin decir ninguna palabra y haciéndote sentir culpable (cosa que a nosotras nos desquicia mucho más) o a través de la huida literal, vamos, que no le vuelves a ver ni en pintura. Así que, para evitar estas situaciones queremos ser más comedidas y le damos un toque un poco más desenfadado, pero no funciona. Con lo cual, no sabes si se hacen los tontos o realmente lo son.
Los hombres también flaquean en las emociones. ¿Son humanos? Todo parece indicar que sí y cuando están con sus amigos saben expresarse muy bien emocionalmente. Viendo el fútbol utilizan una amplia variedad de gestos, expresiones faciales y formas de manifestar su estado en ese momento o haciendo deporte pueden intercambiar consejos sin que ello les suponga un dilema. Son capaces de hablar de sus intimidades con sus mejores amigos, incluso confesarles que esa chica que ha conocido recientemente por un chat le vuelve loquito. Pero con nosotras… ¡Ay, con nosotras…! Para ellos debemos ser brujas malvadas, seres malignos que les comerán las entrañas y se apoderarán de sus mentes si descubren lo que sienten. Salvo escasas excepciones que se cuentan con los dedos de una mano… se ponen un muro enorme para impedir que les conozcas más personalmente. A ver… que nosotras también hemos tenido malos momentos ¿eh?, vamos, como todo el mundo en esta vida, y no por ello nos dejamos arrastrar por el miedo a sentir nuevas e inesperadas emociones. Porque las féminas podemos sentir con gran intensidad una simple caricia, un beso, una indiferencia… hasta podemos llegar a vivir los orgasmos tan intensos que se nos salten las lágrimas de la emoción. No es tan difícil decir un “te hecho de menos” o un “te quiero” cuando la situación se vuelve muy íntima, no nos vale con un simple abrazo, necesitamos que, de vez en cuando, se digan esas cosas para sentirnos bien y completas. Justo es esa palabra la que falta mientras te acurrucas entre sus brazos después de una noche apasionada. Por eso, a nosotras nos cuesta una barbaridad comprender las cosas que hacen o dicen, porque desconocemos el grado emocional que hay detrás y nos hace pensar cosas que no son, nos agobiamos y damos importancia a cosas que realmente no la tienen.
De lo dicho, surge otra de las dificultades más comunes con los hombretones: La incertidumbre. Ese no saber a qué atenerse, estar con la continua duda de si le importas o para él eres un cero a la izquierda. Porque su dificultad para ser sinceros contigo con lo que sienten hacia ti se junta el hecho de que te desconciertan. Un día te trata como una reina y al otro ni te pregunta como ha ido ese examen que tenías. De buenas a primeras te llama para quedar un domingo por la tarde y a las pocas semanas acabas siendo tú la que insiste en quedar… bueno, eso si tienes suerte de que te haga un hueco en su apretada agenda, claro. Aquí volvemos a plantearnos si tenemos que hacernos las duras o si nos mostramos tal como somos, incluyendo el abrir nuestro corazoncito.
En teoría, el hombre siempre ha sido el que luchaba. En las sociedades primitivas, era el que iba a cazar. Los chavales (y algún adulto también) resuelven sus diferencias con unos cuantos puñetazos a la salida del instituto o con el intercambio de insultos a cual más hiriente. Pero en el amor… ¡JA! En el amor se cansan rápido y dejan de luchar. Total, para que luchar por algo que ya han conseguido ¿no? Si saben que te tienen en su mano, se relajan y prestan menos atención que antes. Dejan de llamar, dejan de proponer cosas o de sorprenderte. Ya no te mandan un mensaje de buenos días mientras vas al trabajo ni te llaman preciosa por que sí. Dan por sentado que ya han hecho su trabajo y cada vez son menos las ocasiones en las que intenta hacer algo para alegrarte el día. Chicos, queremos (y necesitamos) que nos demostréis que os importamos… ¡Nos conformamos con un mínimo detalle! No hace falta una gran cena con velas ni regalarnos un fin de semana en París (bueno, con eso ya la emoción es enorme…) pero un simple paseo por un parque, un café inesperado o un “guapetona” no sólo nos alegran el día, sino que nos hacen las mujeres más felices de la tierra, aunque sea por unos minutos, pero lo disfrutamos como lo más maravilloso que nos haya podido pasar.
Y claro, si ellos no ponen la sal, no nos queda más remedio que encargarnos de esa tarea y aderezar con un poquito de alegría, una pizca de misterio, una cucharada de emoción y un buen plato de pasión. Pero de todo se cansa uno y tirar siempre del carro por los dos al final pasa factura. Pequeños reproches o cosas que se quedan por decir que van formando brechas hasta que el cúmulo de cosas es tan fuerte que el volcán entra en erupción y arrasa con todo lo bonito que había en el camino. Incluso empieza a formarse la idea de tirar la toalla o si realmente merece la pena luchar y darlo todo por esa persona que ni se inmuta.
Y sin embargo… y a pesar de todo… les queremos, les buscamos y les necesitamos. Podemos estar mucho tiempo sin sentir algo por alguien y estar a gusto con nosotras mismas, podemos hacer nuestra vida normal sin pensar en tener un hombre continuamente a nuestro lado, podemos preferir disfrutar de la vida y de los placeres sin dejarnos llevar por los sentimientos… Pero llega un momento en el que algo falta, hay un pequeño vacío y… justo en ese instante… aparece ese caballero que te quita el hipo. Y, hombres de todo el mundo, por más que queramos criticaros, por más que intentemos alejarnos de vosotros por vuestras meteduras de pata o por vuestra forma de ignorarnos, siempre buscaremos la oportunidad para encontraros. Porque hombres y mujeres somos como relojes que necesitan de distintas tuercas y en algún momento encontraremos esa pieza que encaja con nosotras, formando un engranaje perfecto y delicado. ¿Cuándo será? Y sin embargo… te espero.

sábado, 24 de abril de 2010

Sintiéndote Cerca *(Relato Erótico)*

Llego a casa y lo primero que hago es encender el ordenador. Miles de cosas pendientes por hacer y trabajo que concluir, falta de tiempo, estrés… Carpetas esparcidas por la mesa, el suelo… creo que no lo podré terminar y me angustia.
Siento que la puerta se abre, eres tú asomando la cabeza. Sabes que hoy no es mi día, que estoy mal, que poco me falta para cabrearme por todo. Te acercas sigilosamente para darme ánimos. Pones tus manos sobre mis hombros y me empiezas a dar un suave masaje al notarme tensa. Me encanta que me des masajes, me encanta sentirte en estos momentos que se me hacen cuesta arriba, pero te digo que no puedo entretenerme, que hoy será una noche larga… pero no paras. Envuelves mi cuello con tus dedos, lo mueves a tu antojo, lo acaricias, lo amasas… Subes por los lóbulos de las orejas y te paras en mi sien, rodeando después mi cabeza… te enredas en mi pelo, juegas con él. Tus manos me relajan, me hacen sentir fuera de este mundo de tensiones y me acercas a un lugar de descanso, sin ruidos, sin nada… sólo yo y lo que siento, te siento a ti.
Mientras tus manos me miman, posas tus labios en mi nuca. Noto tu aliento, tus labios húmedos que ascienden por mi mejilla y te apoderas de mis labios. Con mi cabeza hacia atrás y entre tus manos, me dejo hacer… necesito que pares, quiero hablarte pero no me dejas, pones un dedo en mis labios en señal de silencio, no quieres que piense, no te detienes. Dibujas la silueta de mi boca, mirándome fijamente a los ojos como si fuera la primera vez que me ves. Acaricias mi labio inferior, lo deslizas hacia abajo, acercas tu dedo a mis dientes… sabes que voy a morderlo suavemente y sé que lo estás deseando. Estas jugando conmigo, me engañaste, pensé que me ibas a relajar y me estás adentrando a una tensión más intensa, más calurosa, más placentera. Te pones frente a mí, desabrochas los botones de mi camisa lentamente mientras te miro de manera inquisidora. Quiero pararte, decirte que ahora no, pero no puedo hablar, tus manos cada vez me cortan las palabras y me aceleran la respiración. Pero, no… no te detengas… has despertado a esa felina de ojos de mar.
Te inclinas y me besas. Tus dedos quieren hacerse hueco entre los bordes de mi sujetador. Un aventurero sondea el terreno, lo palpa, lo acaricia y llama a los otros que van adentrándose hábilmente en tan pequeño obstáculo. Entre todos consiguen retirarlo y tu boca, que desciende por mi garganta, se apodera de uno de mis cuarteles generales. Contengo la respiración, mis latidos se aceleran a cada movimiento que haces… No me da tiempo a pensar, sólo sé que me tienes en tu poder, que estoy cayendo al abismo de tus fantasías y me gusta.
Derepente, algo me sobresalta. Sutilmente, tus valerosos solados han pasado la frontera de mi falda. Se deslizan agazapados para penetrar en mi puesto de mando, allí donde se encuentra el más grande de los poderes. Tus labios se vuelven a posar en los míos, va subiendo el ardor de tus besos, hemos dejado atrás la ternura para dejar paso al deseo. Suspiramos, sonreímos… pero no hablamos, sólo nos escuchamos. Quiero escapar de tus garras y tomar el mando, pero hoy no, hoy me tienes acorralada y me miras en un reto que sabes que no puedo ganar.
Te arrodillas y vas subiendo mi falda negra por mis muslos, aún dorados por el sol del verano que ya se fue. Me muerdo los labios, sé a donde vas a parar y sé que será ya no tengo salida. Sentada en una silla de despacho, con el portátil en la mesa y papeles por el suelo, me siento como una alta ejecutiva que está siendo seducida por uno de sus subordinados. Es como una atracción fatal, sé que es la perdición pero no soy capaz de frenarlo, algo hay que me lo impide, porque quiero que siga, quiero que vaya mas allá, que pase al mundo de lo prohibido. Lo deseo, lo quiero, lo anhelo…
Bordeas mis muslos con tus manos, sólo un sutil movimiento ha sido necesario para deslizar un pequeño trozo de tela por mis piernas, adueñándote de ellas subiéndolas a tus hombros.
Me resbalo en tu dirección y apoyo mi cabeza en el respaldo, no quiero mirar, no quiero verlo, prefiero dejarme llevar por los sentidos. Rozas con las yemas de los dedos la parte interna de mis muslos, un roce tan leve y tan sutil que haces que toda mi piel se erice. Pasas la punta de tu lengua tan cerca de las ingles que no puedo evitar encoger mi cuerpo. Quieres hacerme esperar, quieres que te lo reclame… Me separas más las piernas, ahora ya no puedo escapar de ti, estoy totalmente rendida, sin fuerzas para poder luchar ante tanta pasión. Te acercas, ya noto tu aliento… queda poco para la acometida, la punta de tu afilada daga me busca. Nada más sentirla, ceso de respirar. Mis labios han cortado el principio de un suspiro, mis ojos más cerrados, mi vientre se contrae en un acto reflejo… es como si el tiempo se parase, quiero retener ese momento. Quedarme con todas las sensaciones que me ocurren, quisiera poder descifrar cada cosa que siento pero es imposible, son tantas que no puedo detenerlas. Sigues, te noto, te siento… cada vez más abajo, cada vez más arriba, cada vez más dentro. Se me escapa un pequeño sonido, un gemido, una señal del comienzo de un camino lleno de placeres.
El corazón me late fuertemente, noto la sangre correr por mis venas… Me alteras, me enciendes. Siento el calor de tus labios, cada vez más húmedos, que vienen y van como una barca surcando un mar embravecido. Tiemblo, me tenso, un rayo recorre mi cuerpo de la cabeza a los pies. Me aferro a los brazos de la silla, arqueo mi espalda… caigo a un vacío celestial. Te detienes… me miras con una mezcla de dulzura y de deseo. No me movería, quisiera disfrutar de este momento tan fugaz.
Eres tu quien me levantas y me envuelves en tus brazos. Me pego a tu cuerpo, noto tu calor y tu fuerza, tu caballo pura sangre quiere salir, está desbocado… Me sostienes en vilo y me aferro a ti con mis piernas mientras me llevas a una pared. Aprovecho a ponerte nervioso… paso mi lengua por tu cuello, beso tus lóbulos y busco tu boca. Empezamos un baile desenfrenado, pegados fuertemente como si fuéramos uno. Siento tu respiración entre cortada, suaves gemidos que se pierden entre besos y caricias. Siento como si una espada penetrase en mi interior, hundiéndose cada vez más en mis entrañas, grande, fuerte, afilada… Ya no me quedan fuerzas, me estoy deshaciendo... voy a desfallecer en tus brazos, quiero rendirme a ti.
Recorro tu espalda con mis manos y clavo mis uñas en tus hombros, mi ultimo suspiro, mi ultimo aliento… no te detienes, somos uno… te tensas, detienes todo movimiento. Me aprietas fuertemente y caes rendido en mis pechos. Silencio, no hay nada, no queda nada… sólo estamos tú y yo… únicos… uno.

martes, 13 de abril de 2010

Cuando te vas

Ahora que te tengo lejos, te echo de menos. Dime cuando vuelves, dime cuando podré volver a tenerte. Odio la distancia, ese gran obstáculo que me impide estar contigo, sentirte, quererte. ¿Por qué tuvieron que proponértelo? ¿Por qué tuviste que aceptarlo? Ojalá lo hubieras rechazado. Fui sincera al decirte que tenías que aprovechar la oportunidad pero en mi interior no quería que te fueras. Sí, es cierto, soy egoísta y me duele aceptarlo, pero más me duele no tenerte a mi lado. Reconozco que para ti ha sido un gran ascenso y me alegra que valoren tu trabajo, pero se me rompe el alma cada vez que te vas. Se me hace difícil las despedidas en el aeropuerto, siento tus abrazos como si fueran los últimos y me aferro a tus labios para no querer soltarlos. Evito llorar, no quiero que me veas triste, es en el coche, cuando ya no estas, donde mis ojos se humedecen.
Ibas para tres meses y ya son ocho meses sin ti. Las llamadas que antes teníamos casi a diario se están espaciando y ya no me escribes por las noches contándome la soledad de la cama vacía o el intenso día de reuniones. ¿Qué te pasa? ¿Qué te está cambiando? Siento que te estoy perdiendo pero no puedo preguntarte cuando estamos juntos, no quiero estropear las pocas horas que nos quedan. Dulces momentos que siempre terminan en amargura. Nunca creí en las relaciones a distancia y ahora que me ocurre, ¿qué he de pensar?
Añoro esos largos paseos que nos dábamos y el café de las seis los domingos. Aún me acerco a la pastelería donde comprábamos nuestro pastel y repaso una a una las fotos del último verano. Desearía que pudieras ver mi rostro en esos momentos. Un brillo especial aparece en mis ojos cuando pienso en ti y una tierna sonrisa cuando te recuerdo acurrucado en mi pecho, dormido, silencioso, irresistiblemente atractivo.
Las noches son demasiado largas sin estar a tu lado, en sueños te busco y me despierto con el frío de un espacio en blanco. Ya no tengo el calor de tu cuerpo ni las caricias que me adormecían, ya no disfruto de tus besos ni de tu pasión desbordada. En mi habitación ya no surgen los juegos que los dos provocábamos y ya no se oye el eco de nuestros gemidos.
Sólo me quedan dos días para aprovecharte, dos días para recuperarte. Me gustaría plantearte que volvieras pero ¿cómo lo hago si sé que no está en tus manos? Dime que quieres, dime que aún tu corazón tiembla con el roce de mis labios. Prométeme que soy tuya y que está situación será pasajera. Vuelve pronto, no tardes, devuélveme la alegría y trae de nuevo el sol a mi tierra porque las lluvias y tormentas han desolado parte de mi vida. Regresa pronto porque mi corazón te busca y mi alma te espera.

martes, 30 de marzo de 2010

Nos vamos de tiendas.

Tengo una amiga que adora ir de compras. Se pasa horas y horas en las tiendas probándose todo lo que encuentra y, lo peor es que todo le gusta. Cada vez que me dice que la acompañe me pongo a temblar porque acabo siendo un perchero humano, mejor dicho, su perchero humano. “Sujétame esto. Esta camisa hace juego con el vaquero gris. ¿Y que tal este vestido? Estos zapatos son fabulosos…” Eso si, no se como lo hace pero prenda que se prueba, prenda que le queda estupenda, ¡a mi eso no me pasa!
Las compras y yo somos más que incompatibles, somos… amores imposibles con una relación de amor-odio constante. De verdad que me gustaría ser como una mujer normal y poder decir que soy un peligro cuando voy de tiendas o saber que el diablillo de tu jefa no se viste de Prada sino de Zara. Pero no, siento decir que no me gusta ir de compras, voy sólo por necesidad y porque no me queda más remedio ¿no podrían traerme la ropa a casa? Ummm… vaya… para eso hay que ser millonaria, un estilista personal no vale cuatro perras… ¡Ay! Que anticuada soy que ya no existe la peseta… entonces…céntimos, con cincuenta céntimos de euro no te llega para cubrir su sueldo (no nos engañemos… con 600€ tampoco ¿eh?)
Decido meterme en el mundo de las compras y entro en la primera tienda. Desde la puerta doy un rápido chequeo visual a todos los stands: jerséis de punto, mini faldas, tonos claros, colores ocre… Sólo me detengo en las prendas que me gustan pero no hay de mi talla, o hay muchas grandes o hay de las pequeñas, pero muy pocas veces la que necesito. Por fin encuentro algo, así que, me lo dejo en la mano para no perderlo, otro pequeño vistazo y al probador.
¿Quién hace los probadores? Deberían hacer un estudio de los probadores porque siempre se quedan pequeños. Los que tienen puerta, el pestillo suele estar roto o la puerta no se cierra del todo y en los que son de cortina tienes la sensación de que la gente puede verte por los laterales. Dilema cuando entras a un probador, ¿dónde dejo el bolso, el abrigo y la ropa que me quito? Los probadores que tienen un pequeño asiento son aceptables para estos menesteres, el problema es que además de no tenerlo, sólo dispongan de un gancho para colgar las prendas. Moraleja, no me queda más remedio que dejar mis cosas en el suelo, un suelo que, por cierto, suele estar lleno de pelusas y con algún alfiler que otro.
Otro punto débil de los probadores… la iluminación, no es nada favorecedora. Unos tubos fluorescentes que te hacen la piel blanquecina y provoca equívocos en los colores de las ropas ¿Esto es negro o azul oscuro? Te miras y remiras en el espejo desde todas las perspectivas… y no te convence, la prenda colgada en la percha es preciosa pero no sabes por qué no te ves bien. Los ojos nos engañan porque cuántas veces no me habrá pasado comprar algo sin estar del todo convencida y cuando me lo he probado en mi casa ¡me ha encantado! También hay que añadir que los espejos de los probadores engordan. Sí, realmente es así, aunque no sean como esos que hay en las ferias que distorsionan tu imagen. No, en este caso realmente te ves peor de lo que estás. Y si a esto le unimos la ya mencionada piel blanquecina, el resultado es un bajón moral y el pensamiento de “hoy me pongo a dieta, de hoy no pasa”.
Una cosa que me sienta fatal cuando voy de compras es hacer cola para probarme… ¡¡dos cosas!! Delante de mí, siete mujeres cada una con más prendas de las que sus manos pueden abarcar y alguna de ellas cuenta con el novio para que sea su perchero (¡ay! Como te compadezco muchacho…). La consecuencia de esto es que miles de perchas quedan tiradas por el suelo cuando te toca entrar y el olor a humanidad se palpa en el ambiente (sí, también de los pies…). ¿Y dicen que los probadores dan morbo? Sería gracioso oír ruidos “extraños” en el probador contiguo pero más original sería que intentarás hacerlo tú y te pillasen in fraganti. Bueno, habrá que llevar un ambientador en el bolso, nunca se sabe…
Reconozco que no soy fan de ir de tiendas porque tanta gente me estresa y las peores épocas son las Navidades y las Rebajas. No sé, rebuscar entre miles de prendas descolocadas, ver a dos mujeres enfrentándose por un abrigo en plan “¡este le he visto yo primero! ¡Es mío!” o las caras de mala leche de algunas dependientas… es que… me tira mucho para atrás, eso sin contar el barullo que se forma cuando quieres envolver los regalos y los atascos que se forman vayas por donde vayas. Bueno, incluso se hace imposible andar por la calle y da igual la hora ¿de dónde sale tanta gente? ¿No trabajan? ¿No se van a sus casas a descansar cuando salen del trabajo? Pues no, tienen que salir a comprar y todos lo hacen el mismo día que tú… ¡Bendita coincidencia!
Una cosa que me ha pasado en varias ocasiones es encontrar todo lo que me gusta justo cuando no voy con intención de comprar, ese día que no tengo ganas de quitarme y ponerme ropa y que no tengo dinero suficiente ni tarjetas. Sin embargo, ese sábado por la tarde que quiero dedicar por completo a renovar el armario. Me paso horas y horas dando vueltas y me vuelvo a casa con las manos vacías. ¿Es una jugarreta del destino para que ahorre?
Pero hay que admitir que las personas que atienden al público en los comercios también padecen lo suyo. No les queda más remedio que aguantar a la típica clienta que le encanta mirar todo y probarse todo, pero luego no se lleva nada. Así que, otra vez a colocar los stands y dejarlos visibles. Y es que la gente no tiene el mínimo decoro de dejar las prendas como se las encuentra o, por lo menos, dejarlas en el mismo lugar. Vamos, que un pantalón negro lo encuentras colgado en la zona de camisetas de tirantes o en el suelo, que ahí se puede tirar horas si a nadie se le ocurre recogerlo.
El gran padecimiento de los vendedores se resume en dos lemas: “El cliente siempre tiene la razón” y “tengo derecho a todo porque pago”. En cuanto a la primera máxima, el cliente NO SIEMPRE tiene la razón y, lo más importante, la pierde cuando se cree superior a quien le atiende. Y esto lo digo con conocimiento de causa. En mi época de dependienta me encontré casos peculiares. En una ocasión, un hombre quería devolver un pantalón, que se notaba usado, pero el cliente juraba y perjuraba que no era así. Se puso histérico, y gritaba que quería ver a mi superior. Mi responsable de planta para solucionar el problema le dio la razón al cliente, aún sabiendo que no era así (la política de empresa es lo que dice… así que... ¡qué remedio!) Al mirar en los bolsillos, me encontré 50€. Entonces… me lo quedo ¿no? Como no se ha usado, entonces debe ser que el centro nos da una bonificación a los empleados por la prenda devuelta numero 1000.Vaya… que majetes se están volviendo los empresarios ¿no?, bueno, yo creo que esto más bien es un sueño imposible... Al final, tuve que agachar la cabeza y ceñirme a las normas.
En definitiva, que no me gusta comprar. Sería fantástico tener un novio como Richard Gere en Pretty Woman, rico, guapo, elegante… y que, gracias a sus influencias, no sólo me hicieran la pelota en las tiendas sino que me llenase de caprichos. Pero lo veo bastante difícil, más bien diría imposible… Eso significa que me tocará patearme las tiendas para encontrar algo que me siente bien, ¡qué remedio! Y es que… nunca llueve a gusto de todos.

lunes, 1 de marzo de 2010

Pelos fuera

Los hombres se quejan de nosotras porque nos pasamos mucho tiempo en el baño. Nos critican porque tardamos horas en arreglarnos o en decidir que ropa queremos ponernos. Algunos nos dicen que no deberíamos maquillarnos, que al natural estamos mejor, otros nos echan en cara que no tienen espacio para sus cosas por culpa de nuestros potingues. Eso sí, a la hora de la verdad, quieren que estemos no sólo perfectas, sino imponentes. Y ellos no tienen ni la menor idea de lo que cuesta.
¿Cuál es el momento más delicado y engorroso en el proceso de ponerse guapas? Sin lugar a dudas, la depilación. Vale, actualmente hay hombres que se rasuran, depilan o recortan más zonas de su cuerpo que sus barbas o bigotes, pero la depilación, suele ser cosa de mujeres. Y da igual que uses cera caliente, tibia o fría, epilady, maquinilla, crema o pinzas… el proceso es largo y laborioso.
Empecemos por la cara. Hay que estar pendiente de tener unas cejas bonitas, gracias a ellas la expresión del rostro puede cambiar, y dejar que crezcan a su aire desluce mucho. Pinza en mano, procedemos a la extirpación de esos pelos del entrecejo. Cuando has terminado con una, vas a la otra pero nunca te queda igual, y sigues quitando, y quitando… hasta que te das cuenta de que antes te sobraba pelo y ahora ¡no te queda! Hala…píntatelas y justo ese día vas a comer a casa de tus suegros… ¿Quién me mandaría a mí quitarme las cejas justo hoy?
Barbilla y bigote son los lugares más temidos. Los tememos, no porque duela la zona, la depilación ya es dolorosa de por sí, sino que mirarse al espejo y verse un pelo negro produce una sensación de incomodidad, simplemente por el hecho de que cualquiera puede verlo. Nos llevamos la mano al mentón, como para quererlo tapar o nos pasamos el resto del día bebiendo agua, que está muy bien para disimular, además de ser muy sano, pero creo que estar levantándose cada cinco minutos para ir al servicio, tampoco queda muy bien. Se pueden utilizar las pinzas pero, si eres muy velluda, al final te toca esparcirte una mini tira de cera y sufrir ese tironcillo, dejando toda la zona enrojecida. Precaución, si vives en pareja o estás saliendo con un chico, que no te vea con el turbante recién salida de la ducha y con la crema o cera de color verdoso esparcida por el labio superior. Puedes estar todo lo maravillosa que quieras desnuda o con tu toalla cubriéndote el torso, pero ese bigote postizo… no es de los que levanten muchas… pasiones.
Sábado noche. Los utensilios de maquillaje esparcidos entre la taza del bater y el lavabo. Te pegas al espejo para poder hacerte bien la raya del ojo y, de repente, ves un feo y largo pelo negro que sale de tu hermosa nariz. ¡Aggg! Otra vez la pinza, coges aire, agarras al intruso, entrecierras los ojos mientras aprietas los dientes y… tiras con rapidez. Tus ojos se empañan levemente por esa punzada de dolor, sueltas el aire y no paras de mirarte los orificios nasales hasta que no descubres ningún otro pelo estorbando. Menos mal que detrás del espejo no hay nadie, si fuera como en las series y películas, que siempre hay alguien observando, daríamos una imagen entre cerdita peggy y monstruo del Señor de los Anillos, incluyendo gestos con la boca muy poco favorecedores.
Hoy te han invitado a comer a un buen restaurante. Ya sabes el modelito y los complementos que vas a llevar. Estás en la ducha con la radio puesta y cantando esa canción pegadiza “te envío poemas de mi puño y letra…”, lógicamente la entonación falla y algún desafine si que hay. Sales con el pelo mojado y cuando empiezas a secarte, te descubres un fino vello en el pecho izquierdo, vamos, más concretamente, bordeando la aureola del pezón… ¿Se puede saber que hace ahí? ¿Quién le ha mandado que salga? Porque yo a mi cuerpo no le he pedido en ningún momento que me ponga pelos donde no tiene que ponerlos. Sinceramente, un chico pocas veces se dará cuenta de esos pequeños detalles (a no ser que sea una mini mata de pelo estilo “cubre pezón”) pero psicológicamente sabes que lo tienes, que está ahí y no lo soportas. Y vuelta otra vez a las pinzas (que gran invento). Mano derecha agarrando el instrumento de eliminación, mano izquierda sujetando el pecho para facilitar el acceso a la zona, tiras y… ¡se rompe en lugar de quitarlo! Voy a tener que poner una hoja de reclamaciones a quienes me hicieron o pedir una sustitución del gen que provoque el crecimiento del vello… bueno… pero tampoco quiero quedarme calva ¿eh? Subes, bajas y ladeas el pecho en busca de más inquilinos y, ya puestas, te inspeccionas la otra y ahí están. Intentando quitar uno, te pellizcas la piel y ahora está enrojecida, no se nota mucho pero queda un bultito pequeño y rojizo o has visto que hay uno que se resiste a salir e intentas elevarlo con la punta de un alfiler. ¿Qué sucede? El pelo era tan pequeño que no lo has podido sacar, te has hecho una fisura en la piel y sale sangre, y, claro, la zona queda tan roja como las luces de freno de un coche… y justo eso es lo que va a pasar, que como te vean esa zona así, el frenazo va a ser en seco. ¿Y si lo tapo con maquillaje?
Axilas, piernas y las inglés son las más cotidianas. Nuestro día a día y con las que tenemos que estar peleándonos, porque… Qué poco duran limpítas ¿eh? Sí, con la cera puede que dure algo más, pero sabes que te va a tocar pasar otra vez por el mismo proceso en unas dos o tres semanas. Aquí, por suerte, utilizamos más métodos pero ninguno de ellos está exento de problemas. Con la cuchilla te puedes cortar, los pelos salen antes y cuando crecen, pinchan y ¡pican! Con la cera caliente, hay que esparcirla por la piel lo suficientemente rápido para que no se quede fría y que cubra casi toda la zona y pega un buen tirón sin emitir ningún quejido. Con cera tibia o fría, aunque reutilices la tira, para dejar la zona perfecta acabas con la caja entera. Con la crema, el olor resulta casi insoportable, y eso que ya las hacen con aloe vera y otros productos que minimizan ese tufillo característico y puedes quemarte. Y la epilady, ¡menudos tirones!
¿Os imagináis que nos hacen una fotografía en pleno proceso de depilado? Un brazo por encima de la cabeza, una pierna subida a la taza del bater o el borde de la ducha… O bien con la crema en las ingles mientras con la cuchilla te haces las axilas y las piernas y las pinzas para la barbilla… Todo un espectáculo sólo para nuestros ojos.
¿A que tenía razón cuando decía que se quejan sin saber lo que cuesta? Y esto no es todo porque el gran momento de la depilación de la mujer es cuando llega a las ingles. Primera decisión ¿qué sistema uso? Segunda decisión ¿cómo me lo depilo? ¿Lo quito todo o dejo la parte del pubis y elimino sólo las ingles? Esta duda existencial nos la hacemos porque nos preocupa a la hora de estar con alguien. Porque claro, a los señoritos cuanto menos, mejor, y no te queda más remedio que sentarte en el baño de piernas abiertas intentando que quede lo mejor posible, sin lesionarte por la postura y procurando dejar la zona igualada.
Lo mas gracioso de esto es la famosa ley de Murphy. Llevas un tiempo sin cuidarlo, total, ya no usas bikini y no te va a ver nadie. Quedas con un grupo de amigas con una vestimenta de lo más normal, sin depilar y con esas braguitas de hace dos años, muy cómodas pero con algún roto en la costuras. Y ese día, ese dichoso día y no otro, es cuando triunfas. Piensas que no vais a llegar lejos y hasta te planteas poner la excusa de “es que… estoy con el periodo”. Después de unas copas y unas cuantas risas acompañadas de típico tonteo, te invita a su casa… “¡Rápido! ¿Sí o No? ¿Sí o No? ¿Qué hago?” Te preguntas en milésimas de segundo. Vuelves a pensar, ilusa de ti (o es que te quieres engañar a ti misma), que no pasará nada, es sólo una copa en su casa. Un ático espacioso y minimalista, un sillón cómodo y música lenta de fondo. ¿Qué te pongo?- te dice desde la cocina- Bueno, ponme una copa pero no la cargues mucho- le contestas mientras intentas buscar una postura decente en su enorme sillón negro. Nada más entrar, te sorprende con dos copas en forma de balón, bien cargadas, y él, sin camisa. No sabes si mirar primero a las copas o a sus abdominales bien marcados… un buen trago para digerir la emoción.
Se sienta cerca de ti, de lado. Su mirada ya te empieza a intimidar y… sucede. Te ha pillado desprevenida, se ha lanzado a tu cuello y ¡cómo le vas a decir que no pare! Lo peor es que el ambiente se caldea más y, de repente, una lucecita en tu cabeza te dice “¡Oh, no…Estoy sin depilar!”. Ya es demasiado tarde y temes ese momento… y llega. ¡Qué vergüenza! En este caso, la frase mítica “y yo con estos pelos” quedaría de lo más apropiada. Creo que nosotras nos sentimos más incomodas que ellos y después el arrepentimiento de ¿Por qué no me depilé ayer? Y claro, si después de esa fatídica noche no le vuelves a ver, un pensamiento oscuro acude a nosotras “¿será que era por no ir depilada?”.
Sin embargo, cuando estas perfecta y totalmente arreglada, nunca pasa nada, ¿para eso pierdo el tiempo depilándome y usando mi lencería bonita? ¿Acaso es el pelo el que atrae aunque no se vea? Si es así, tendríamos que llevar unas pelucas postizas para atraerlos y quitarlas cuando no sean necesarias. Al menos nos ahorraríamos ese momento tan incómodo.
Eso sí, hay que reconocer que cuando estamos en pareja pasamos de depilarnos cada dos por tres. Y en invierno más aún, total, si te lo va a ver el mismo y ya hay confianza ¿no? Además… ¡qué pereza! Y ellos pueden amanecer con barba de cuatro ó cinco días o de una semana
Sea por lo que sea, y hagamos lo que hagamos, no dejaremos de ser criticadas por ponernos guapas, ellos admiran el resultado pero no quieren saber el proceso. Aún así, siempre nos quedara sorprenderles en el momento que menos se lo esperen.