domingo, 4 de julio de 2010

Cuento: El Barco

Los hombres somos como navíos de carga buscando un puerto en el que dejar nuestra mercancía. Surcamos la bravura de los mares, los infinitos océanos, con la esperanza de llegar a algún lugar. “¡Tierra!” te grita tu pequeño duendecillo del inconsciente. Pero no le crees y necesitas verlo por ti mismo. Sales a cubierta, cielo despejado, sol de alegría, mar en calma. Gaviotas que revolotean cerca del mástil. Abres el catalejo y divisas tierra firme. Una sonrisa se aprecia en tu rostro, por fin un lugar de descanso, un lugar donde encontrar la tranquilidad perdida durante el largo viaje.

Nos acercamos poco a poco, para evitar encallar, buscamos un punto de amarre, atamos los cabos y saltamos pensando en el futuro que nos depara esta nueva tierra. Antes de hacer negocios, visitamos la ciudad. Nos gusta, parece que es próspera, llena de riquezas, bellos paisajes y de temperatura calida y pensamos que es el lugar perfecto. Al poco de llegar, vamos descargando nuestro barco. Descargamos la Curiosidad, la Esperanza y la Alegría. La Pasión y la Ilusión salen con ansias de conocer el nuevo mundo. Y el Amor, aunque algo tímido, se va animando a bajar la rampa. Detrás y a cada lado, para empujarle, va el Miedo y la Decisión, sus dos grandes aliados y consejeros. La Duda, la Tristeza y el Llanto, de momento, prefieren no salir, siempre caen mal, cada sitio por el que pasan se vuelve lúgubre y gris.

Y.. ¡aya vamos! A por una nueva aventura. Todo parece ir bien, pero, pasados unos días, algo sucede. Las nubes empiezan a tapar el sol. Se oyen truenos, comienza una ligera llovizna y el mar se agita. Nuestro velero, sufre las duras envestidas del oleaje y acaba rompiéndose en dos mitades. La Pasión y la Alegría se emborracharon con los vicios de la ciudad, la Ilusión se perdió por las praderas de margaritas, la Curiosidad, de tanto mirar por un precipicio, se cayó, la Esperanza fue corriendo a ayudarla pero el Miedo la empujó. La Decisión se pasó horas y horas buscando al Amor, para que remediara la situación. ¿Dónde estaba el Amor? El Amor, había salido corriendo para encontrar un refugio. Quiso meterse en el hueco de un árbol, donde habitaba una ardilla, pero era demasiado grande para un escondite tan pequeño. Se encontró un hormiguero, y las hormigas se enfadaron porque iba a romperles su hogar. Pasó delante de la puerta del lugar de los vicios y le chillaban “¿Eh? ¿A donde vas? ¡¡¡Aquí se pasan todos los males!!! jajaja… Ya te dijimos que lo bueno se acaba. Anda… ¡No te hagas de rogar!” El Amor salio huyendo dejando atrás las voces burlonas que le decían “No llegarás lejos, muchacho, ¡volverás aquí de rodillas! jajaja”.

Un pequeño duendecillo apareció inesperadamente y le dijo al Amor: “Corre a refugiarte al baúl donde viniste. Aquí ya no haces nada. Esta tierra ya no es para ti, está perdida. Todos los que venían contigo han sucumbido, has perdido todo. No hay nada que hacer. ¡Vete!” El Amor fue corriendo hacia el muelle, no estaba el barco, pero junto a la rampa de la que bajó, había un pequeño cofre de madera. Se acercó, y comprobó que desde su llegada hasta ese momento, se había ido haciendo más y más pequeño. Ahora si que podría esconderse porque el baúl era mas grande que él. Lo abrió y se metió dentro. Al moverse, se asustó porque no estaba solo. Ese era el lugar en el que viajaban la Duda, la Tristeza y el Llanto, “con nosotros estás a salvo”, le dijeron, y el Amor comenzó a llorar amargamente, triste por haber perdido todo cuanto traía y lleno de dudas de por qué había ocurrido todo sin explicación.

Alguien desde fuera golpeó el cofre, “sal, Amor, soy Decisión” No recibió contestación. “Amor, ¿no me digas que no me vas a hacer caso? Venga, deja de esconderte y sal aquí conmigo. ¡La tormenta ya ha pasado!”. El Amor, con lágrimas en los ojos le contestó: “No, Decisión, no voy a salir. Aquí nadie me quiere. He desperdiciado mi tiempo y cada cosa que venía conmigo ha desaparecido. Ya no tengo ilusión por descubrir, no tengo alegría para reír, no tengo curiosidad para investigar, no tengo pasión para amar, no me queda esperanza y hasta el miedo a lo nuevo me ha abandonado. He dado todo a esta tierra y así me lo han pagado. Todo ha sido un negocio, un simple intercambio de caprichos e hipocresías. He sido estúpido, me han apreciado por interés pero, una vez agotado, me relegan. Vine grande, con tantas cosas por dar y me voy pequeño y despojado de todo cuanto traía. No Decisión, prefiero quedarme con lo poco que me queda en este pobre cofre de madera.”

“Mira, Amor”, contesto Decisión, “es cierto que te has quedado vacío, despojado de tantas y tantas cosas buenas. Es cierto que la tormenta ha arrasado lo que parecía una tierra fértil, pero, ¿acaso no has disfrutado mientras ha durado tu estancia? Por unos breves instantes, has sido feliz, has conocido un nuevo lugar, has pasado nuevas aventuras y has dado todo cuanto podías dar. ¿Realmente crees que no ha merecido la pena?” “¡No, no ha merecido la pena!” Protestó el amor entre sollozos.

“Te confundes Amor-continuaba Decisión- Esto supone una nueva experiencia en tu largo caminar, una experiencia que te ayuda a aprender de los errores y te abre las puertas a un nuevo camino. El amanecer nos espera con huracanes y tempestades, querrán destruir nuestra barca y hundirnos en el mar de la amargura pero tenemos que seguir adelante, luchar por nosotros mismos y mantener el rumbo hacia mejores puertos. Darás con otras ciudades, grandes o pequeñas, unas te acogerán y te dejarán marchar, otras te rechazarán, en algunas permanecerás sólo una noche, en alguna podrás quedarte un mes o dos, pero llegara un día, en el que desde lejos, y antes de pisar tierra firme, sepas que el puerto que divisas es perfecto para tu velero. Amor, siempre he viajado a tu lado, he sido tu apoyo y consejero, sólo escúchame y piensa. Aquí tengo un bote, pero el cofre pesa mucho y no aguantaría. Despréndete de lo que te queda, ya no te servirá y su compañía no te hará ningún bien, sólo tendrás sufrimientos por lo que fue y lo que no pudo llegar a ser. ¿Prefieres quedarte encerrado, llorando y sin poder ver lo que te depara el nuevo camino, y morir triste y vacío? ¿O te animas a enfrentarte a una nueva etapa con ánimos renovados? El camino no será fácil, pero siempre será mejor que huir de nosotros mismos.” Decisión hizo una larga pausa y continuo: “Amor, hagas lo que hagas, estaré siempre a tu lado, soy tu fiel amigo y te apoyaré. La decisión es tuya”.

miércoles, 23 de junio de 2010

Un adiós

No me digas que te vas, no me digas que me dejas, ¿acaso no ves que aún me haces falta? Noto que te escapas, que vuelas y desapareces. Te siento cada vez más lejos ¿Qué he de hacer para retenerte?
Te agarro de la mano pero ya no me respondes, no me miras pero sé que aún me sientes. Sí, aún siento tu presencia y no puedo evitar recordar todos los buenos momentos vividos. ¿Te acuerdas de aquel viaje? Que bonito fue: aquellos paisajes, tantas cosas por ver, las largas caminatas… ¿Y cuando se nos estropeó el coche? Que mal lo pasamos pero después no parábamos de reír. Has llenado mi vida, has dejado en mí tantas cosas buenas que sería difícil describirlas una a una. Pero he de dejarte marchar, lo sé, pero me resisto a ello, no es fácil y más cuando aún te quiero.
Déjame besarte, sólo un último beso. No quiero que te vayas sin pensar que no te quiero. Que te llevas todo, que me dejas sin nada… al menos asegúrame que volverás a rescatarme del mar agitado que ante mí se asoma. Ahora sólo veo tormenta, nubes negras que me ciegan. A lo lejos diviso una pequeña barca, sólo una persona va en ella. Una figura encorvada, de manos arrugadas y ropas negras. No le veo el rostro pero sé cual es su destino. Se acerca cada vez más, algo que me asusta y me llena de tristeza, ya no hay vuelta atrás. El pequeño bote se sitúa junto a nosotros y el hombre nos mira. “¿Por que ahora?” le grito desesperadamente sin tener respuesta. Una penetrante mirada me paraliza, y de sus finos labios sale una voz profunda “No hay remedio, así está escrito”.
Tienes que irte, me duele ver que tu alma va subiendo despacio a las orillas del río. Cuando partas no mires atrás, prefiero pensar que comenzarás un nuevo camino donde la luz te guiará. Un mundo lleno de colores verdes, rojos y amarillos con mariposas que revolotean entre los arbustos y las flores. Piensa que desde allí, las cosas serán distintas, no hay sufrimientos ni penas, no hay lágrimas ni quejas, sólo sonrisas y cantos que te darán la bienvenida.
La barca ya se aleja. Ya le di el pago al oscuro barquero, se lleva mi gran tesoro, ese que me ha acompañado durante todos los años de mi vida. ¿Qué hago yo ahora?
Tu mano sigue entre las mías, ahora inerte, ahora fría. Reposas en la cama como si durmieras. Espero que desde allí puedas soñar y que tus sueños te lleven tan lejos como un ave que busca un nuevo nido. Vuela, vuela alto y siente que eres libre, que ves todo desde arriba como nadie podría hacer.
Sólo un favor te pido, que me cuides desde lo alto. Guía mis pasos hacia el mejor destino, igual que cuando estabas en vida, seguiré fielmente los consejos que me digas. Con los ojos cerrados podré saber que estás cerca, no tendré miedo porque sentiré que me coges de la mano y susurrándome al oído me dirás “no te preocupes, pase lo que pase, estaré a tu lado”
Caronte, lleva su alma a buen puerto, uno que sea grande donde pueda tener todos los caprichos. Háblale de lo que se encontrará y atenúa sus temores, enciende una llama y despeja tanta niebla, deja que vea otras almas conocidas que partieron antes que ella. Y cuando vengas a por mi acuérdate del lugar donde la dejaste, me dirás su nombré y allí me llevarás porque, aunque las distancias nos separen y pasen muchos años, el amor es lo único que no muere.

martes, 8 de junio de 2010

Las cosas tienen vida.

Ya he vuelto a perder los pendientes que me regalo mi novio por mi cumpleaños, y ahora… ¿qué le digo yo cuando vea que no me los pongo? Porque claro, si le digo que los he perdido me va a echar la típica charla: que si soy despistada, que hago las cosas sin pensar, que le costaron una pasta y que para eso no me regala nada, que tengo que ser más ordenada… y bla, bla, bla… Vale, reconozco que algo despistadilla si soy pero tampoco es para tanto. Y yo tengo orden en mi desorden, bueno, o eso quiero pensar porque sigo sin encontrar los dichosos pendientes.
Aunque, en realidad, no soy yo la culpable, ni siquiera el duende que todos decimos que tenemos en casa. Lo que pasa es que las cosas tienen vida propia pero no nos fijamos. Sé que suena descabellado pero es así, sólo que lo hacen tan bien que pensamos que somos nosotros los responsables o los demás.
Cuando se pierde algo siempre son los demás quienes han cogido las cosas. Es lógico ¿no? Si yo no he vuelto a usar las llaves de casa que había dejado en la mesa, y ya no están ahí, ha tenido que ser otro. Sin embargo, tu pareja, padre, madre o con quien compartas espacio vital, te responderá que no ha sido él, cosa que te enfurecerá y se puede llegar a producir pequeños conflictos por estas tonterías. Con el cabreo encima, me pongo a buscar y no encuentro nada. He mirado debajo de la cama, en los cajones, detrás del sofá, incluso he rebuscado por el armario. Pero nada, que no hay manera y luego aparecerá en el sitio más inesperado de la casa donde no se me había ocurrido mirar. Eso sí, para encontrar las cosas, mi madre. Es algo increíble, te lo encuentra todo ¿eh? Da igual que sea grande o pequeño, ropa o papel, tiene un don especial como buscadora. Yo creo que es un poder exclusivo que se adquiere por el mero echo de ser madre, no sé… todas las madres del mundo serían capaces de encontrar agujas en un pajar, así que, algo tiene que haber para explicarlo y, lo gracioso es que si no lo encuentran ese día, piden ayuda a San Cojonato. Y oye, es efectivo. ¿Valdría esa misma técnica para conseguir cosas de los hombres? Ummm... lo malo es que luego pueden quedar inservibles y casi es peor.
El lugar por excelencia en eso de desapariciones en el hogar es, sin lugar a dudas, la lavadora. No sé que hay dentro del tambor que los calcetines desaparecen un día si y otro también. Tal vez para ellos es una atracción de feria que gira y gira cada vez más rápido. En el centrifugado se lo deben de pasar de miedo, ¿gritarán como hacemos nosotros en una montaña rusa? O pueden que se hayan ido a comprar tabaco y no hayan vuelto. O que se encontraran por el camino a unos amigos y se fueran al bar y claro, se han liado tanto que no sabe el camino de vuelta. Lo malo de estas excursiones prolongadas, es que se van de uno en uno y abandonan a su pareja. Vaya, que si querían la separación que me consulten a mi primero ¿no? Con lo cómodo que es el divorcio express. Ahora me toca hacer parejas de hecho mixtas, los de rayas con los lisos, los blancos con los azules… que yo soy una persona de mente abierta, pero no puedo ir al trabajo con un calcetín de cada color. No sólo me verían mal y pensarían que me acerco a la locura, sino que me llamarían la atención, vía email por supuesto, pues la política de empresa es ir vestido correctamente: nada de vaqueros, nada de zapatillas y nada de calcetines mixtos.
Otro misterio sin resolver: el armario y la ropa. Ni Iker Jiménez en su programa radiofónico y televisivo podría dar respuesta a este enigma de la humanidad.
El armario tiene un sistema oculto que encoge la ropa. Si el verano pasado me valían las cosas, ¿por qué al siguiente no? Y esos vaqueros que tanto me gustaban y que me ponía a diario ¡ahora no me entran! A ver, los excesos han sido los habituales: Navidades, Semana Santa… pero no tanto como para no entrar en la ropa de la temporada pasada. Intento darle con la plancha, lo vuelvo a poner en remojo o me los pongo húmedos para que cojan mi forma... y sigue sin cerrar. Esa camiseta que me compre en la playa me queda tan ajustada que me hace dos tallas más de pecho (al menos en este caso el cambio es positivo) Vamos, que no me queda otro remedio que comprar género nuevo, a pesar de no tirar el viejo por la típica excusa de “por si adelgazo un poco”.
La vida en los armarios se nota porque la ropa se expande. Cuando cambio la ropa de temporada siempre tengo problemas de espacio. Donde tenía la ropa de invierno, no me cabe la ropa de verano y, se supone, que los jerseys son más gruesos y abultan más ¿no? Ese día pongo los pantalones con los pantalones, las faldas con las faldas y las camisas las coloco por tamaño o por color. Una semana después, todo está mezclado. Yo cuelgo las cosas bien, (como ya he dicho, culpa mía no es) y pasan unos días y vaya desbarajuste que está formado. En este caso, me parece que para las prendas mi armario es como el metro. Se suben, se sujetan a la barra y cuando llegan a su destino se sueltan y se bajan. Además, yo creo que hacen quedadas entre ellos y hacen pandillas. Los chándals se llevan fatal con las camisas de vestir pero adoran las camisetas, sobre todo las de manga corta. Las faldas largas tienen envidia y critican a las minifaldas (claro, van enseñando mucho… ¡Que vergüenza!) y los pantalones de traje intentan ligarse a los vestidos de fiesta. A este paso me montan un botellón.
El espacio es vital y las maletas son otra prueba de ello. A la vuelta, es imposible guardar las cosas tal cual estaban a la ida. Puedes colocarlo como quieras pero siempre hay algo que molesta para cerrar la bolsa. El resultado es que parece que vuelves con el doble de equipaje y los souvenirs que has comprado para regalar, como tazas o imanes para la nevera, tienes que llevarlos en la bolsa de mano. ¿Qué tengo que hacer para que quepa todo? He jugado al tetris de niña y si a la ida me sobraba espacio ¿Qué ha pasado ahora? Nunca podré entenderlo.
En esto del orden y desorden, hay un mundo más allá de nuestra imaginación…en los cajones. Sí, esos temidos cajones a los que odiamos enfrentarnos. Allí va a parar papeles y todas las cosas pequeñas que hay encima de la mesa. O el típico mueble de la entradita, con juegos de llaves de la casa de tus padres, la del trastero, la de repuesto del garaje y del coche también, la de la vecina, que te la da para que cuides las plantas y des de comer al gato mientras ella se va de vacaciones a Punta Cana. Y no pueden faltar los panfletos publicitarios de pizzas, comida china y otros tantos de comida rápida. Pero justo cuando vas a llamar, o bien las ofertas están caducadas o no los encuentras. “¿Dónde está el papel? Si yo lo dejé aquí”. Y buscas en la mesa del teléfono, miras dentro de la agenda y mueves los periódicos por si estuviera traspapelado entre medias. Y no hay rastro del papelito. Al final, decides volcar el cajón encima del sillón y poner un poco de orden: facturas de teléfono, tickets de compra del super y de resguardos de pagos con tarjeta. También aparece un cargador de móvil, ese que habías perdido pero que ya no te vale porque has cambiado de modelo… “¡anda! ¡Los pendientes que buscaba! ¿Qué hacen aquí?”
No sé si los objetos tendrán poderes telequinésicos pero lo que si es cierto es que se mueven. El cómo y por qué hay que seguir investigándolo. Yo, de momento, creo que están vivos.

lunes, 31 de mayo de 2010

Y si hubiera....

Cuántas veces nos habremos hecho esta pregunta. No sé si muchas, pero unas cuantas sí, porque nunca podremos saber si la decisión que descartamos en aquel momento era la correcta.
Miro hacia atrás y… ¿qué hubiese pasado si hubiera aceptado salir con Alberto cuando teníamos 17 años? Pues, seguramente, a los 21 ya estaría casada y con dos críos y a los 25 ya tendría otros dos más. ¿Por qué? Porque su familia era muy numerosa y todos los hijos tenían que respetar la tradición, supongo que para mantener el apellido. Su hermano mayor, que por aquel entonces tenía casi los 30 años, tenía tres churumbeles a cual más travieso y su hermana de 25 iba a poner el primero. En fin… cada familia es un mundo ¿no?
También me planteo qué hubiera pasado si hubiese estudiado medicina. Pues tendría una casa más grande, conduciría un Mercedes y en el trabajo no me estresaría, pasaría consulta de 4 a 7 de la tarde y a todos mis pacientes les mandaría el gran remedio…ibuprofeno… y mucha agua, por supuesto. Eso sí, seguramente las ojeras por las guardias ya serían permanentes y tendría que hacer los peores turnos. Pero como ventaja… conocería íntimamente a todos los médicos y compañeros de practicas, que ya se sabe que pasar muchas horas en el mismo lugar, compartiendo noches enteras… Vamos, que me imagino jugando al escondite a oscuras en el almacén con el jefe de planta de cardiología. ¡En la hora que estudié periodismo! Que era una carrera donde predominábamos las féminas.
¿Qué hubiese pasado si hubiese hecho las paces con mi amiga Alicia? Pues, probablemente, volvería a acostarse con mi actual novio, como ya hizo en su día y que fue el motivo de nuestra ruptura y, por supuesto, de la de mi ex. Y era la que decía que era mi mejor amiga ¡pero que cínica! Claro, conmigo tenía un 2x1, dos escarceos a la semana por una idiota que no se enteraba.
Otra fuente de duda se centra en el ambiente familiar.
Y si el año pasado me hubiera acordado del cumpleaños de mi suegra... ¿ahora le caería mejor? Y eso que luego le regalamos un fin de semana en un spa de lujo, idea mía, por supuesto, pero que ella le reconoció todo el merito a su hijo y para mí un simple gracias. Y si me tiñera el pelo ¿me vería con mejores ojos? Ufff… difícil respuesta, seguramente nunca sería lo suficientemente buena para su niño (porque a pesar de la edad de mi novio, para ella sigue siendo su “niño”). Es la continua lucha que tenemos las nueras para agradar a las suegras. Intentas poner buena cara aunque te reviente por dentro, procuras no saltar cuando critica tu manera de mantener la casa o de cuidar a los niños (si es que los tienes) pero lo que más molesta siempre es el gran aprecio que tenía por las anteriores parejas de mi chico. “¡Ay! Juan, ¿sabes a quien me encontré el viernes en la pescadería?” Lógicamente, estoy yo delante… “pues a la madre de ¡Sofia!”. Dice el nombre con un entusiasmo que casi le saltan las lágrimas de la emoción y después me mira y me suelta el jarro de agua fría “el gran amor de su vida… era ¡máaaaassss guapa! ¡Y qué inteligente! Ahora es abogada y está en uno de los mejores bufetes de España” (todo esto con un tono de retintín) Y para rematar la faena, le dice a su hijo “de verdad, hijo, no sé como pudiste dejar a esa preciosidad… ¡hacíais muy buena pareja!”. Dicho esto, a ti se te sube la bilirrubina de Juan Luis Guerra, la tensión… por las nubes… vamos, que revientas el aparato si te la tomasen ahora mismo y la mala leche se te va acumulando por momentos, pareciendo un volcán que quiere estallar y no puede. Así que, le sueltas la mano a Juan, le miras con cara de “hoy ya sabes donde vas a dormir” y te inventas cualquier excusa para escapar de allí.
Pero no sólo nos centramos en cuestiones personales ¿eh? Las cuestiones existencialistas también afectan a cómo hubiera sido el mundo si fuese de otra manera.
Por ejemplo, que Adán y Eva no hubiesen comido la Manzana del Árbol Prohibido.
Eva va a ver a Adan con la manzana en la mano y le incita a comer, pero Adán está tan ensimismado viendo correr a una manada de once cervatillos, que no le presta atención. - Adán, Adaaaan….. ¡ADAN!
- ¿Qué quieres Eva? No ves que esto está muy interesante…
- Son sólo cervatillos… ¿Qué tiene de interesante?
- No sabes apreciar las cosas buenas de la vida… se han ido a tomar un poco de agua.. ¿Qué me decías?
- Mira por que no probamos un poco de la manzana? Seguro que esta muy buena
- ¿Y para eso me molestas? Anda, Eva... déjame tranquilo que estoy muy a gusto viendo correr a los animales y ver crecer las plantas (a falta de fútbol de verdad habría que buscarse otra actividad de no hacer nada)
- Adán, siempre estás igual…¡es que no me haces nada de caso!
- Eva, no sé que te pasa últimamente que esta un poco alterada… voy a hablar con el Todo Poderoso y que me devuelva mi costilla ¿eh?
Y Eva se da la vuelta enfadada, tira la manzana al suelo y se la come uno de los cervatillos y se convierte en un enorme y espectacular ciervo. Eva era la incomprendida de su tiempo…
Pero lo que es más… ¿Qué hubiera pasado si en lugar de ser una serpiente la que ofreciese el fruto prohibido, fuese un hada? Eva va tan tranquila por el Paraíso y encuentra a una preciosa hada que le incita a comer del árbol. Eva directamente pensaría “¡Uy! Esta harpía me está engañando… que sé de buena tienta que es una mentirosa. Y mira la ropa que lleva como si ella fuese mejor que yo que voy desnuda, lo que pasa es que soy menos pudorosa… ¡Qué poco me gusta! En la hora que he venido a pasear… si me hubiera quedado en casa no me pasaría esto...” pero pone su mejor sonrisa y le dice a la preciosa hada que Adán la está esperando y que le tiene que hacer la cena y que no le puede hacer esperar al pobre que está tan atareado… con los ciervos… ya sabes.. cosas de hombres…
¿Y si fuera un mounstro con cuerpo de león, cabeza de jabalí, patas de araña y alas de abeja? Pues que Eva estaría temblando de miedo mientras el bicho raro quiere ganarse su confianza. Eva, con el entrecejo fruncido de asco y temor pensaría “ains... que asquito… que se le cae la baba por esos colmillos amarillentos… ¿y que hago yo ahora? Pero como me voy a fiar de él si esté lo que quiere es comerme a mí…” Y mientras va andando hacia atrás, protegiéndose con los matorrales que se encuentra a su paso, la pobre Eva le diría que no tiene hambre y que la está esperando su hombretón que está de caza por la zona.
Vamos, que ninguna de estás dos versiones es creíble. Pero si no hubiesen comido de la manzana, hubiéramos vivido en un mundo de paz y amor, sin necesidad de cubrir nuestros cuerpos, sin tener que trabajar de lunes a viernes de 8 a 6. Nosotras no tendríamos el periodo todos los meses (porque en el Paraíso no puede haber dolor…), ellos estarían preocupados de su “aparato” (¡ah! Pero si ya lo están…) y tendríamos mucho tiempo libre para cuidarnos, lo que conllevaría que nuestra salud sería estupenda y no habría enfermedades. ¡Vaya! El capricho de los primeros humanos nos ha salido caro. Eso sí, hay que reconocer que la historia es machista porque ¿Y si hubiera sido Adán el que incitaba a comer a Eva? Pues sería la excusa perfecta para que Eva siempre le reprochase a Adán “¿Ves? Si ya te lo decía yo... que esa serpiente no iba a traer nada bueno. Y tu “¡pero si es muy maja! ¡Mira que simpática que nos da la comida!” ¡Hale! Pues mira que maja que nos han desterrado… y todo por tu culpa. Sí, no me mires así, porque tengo razón. Claro, como tú eres el hombre de la casa y el que toma las decisiones… en la hora que hice caso al Señor y le dije que iba a hacerle creer que él era el más inteligente de los dos por el bien del equilibrio terrenal…”
En fin… que todos estos dilemas acaban siempre en el mismo sitio, en NADA y son más pérdida de tiempo que otra cosa. Aunque hubiésemos actuado de otra manera, siempre nos plantearíamos porque no hicimos lo contrario o que hubiese sido de nosotros si hubiésemos elegido el otro camino. Lo hecho, hecho está… centrémonos en el presente y miremos hacia el futuro.

jueves, 6 de mayo de 2010

Y sin embargo...

Los hombres sólo dan problemas. Sí, es cierto, también nos dan placeres o nos miman pero muchas veces nos dan más quebraderos de cabeza que lo que consiguen con sus buenas acciones.
El primer problema es que son incapaces de entender las indirectas. No captan los juegos de palabras, los dobles sentidos en cuestiones sentimentales o incluso las ironías. Cuando decimos frases como “hace mucho que no vamos al cine…”, “que olvidada me tienes…” o “… claro, como ya no me llamas ni me dices cosas bonitas”… queremos haceros entender de una forma sutil que nos estáis ignorando. Esta claro que sería más fácil coger el toro por los cuerpos y soltar algo parecido a “veo que te importo bastante poco ¿no?”, “¿Quedamos o tengo que esperar a que te decidas?”. Sin embargo, en este último caso al final los hombres nos tachan de descaradas o bordes, y como estás entrando en un terreno más personal, se sienten tan amenazados que su único recurso es huir del enfrentamiento. Una huida que puede ser mediante el Cabreo Silencioso, que se pasen horas sin decir ninguna palabra y haciéndote sentir culpable (cosa que a nosotras nos desquicia mucho más) o a través de la huida literal, vamos, que no le vuelves a ver ni en pintura. Así que, para evitar estas situaciones queremos ser más comedidas y le damos un toque un poco más desenfadado, pero no funciona. Con lo cual, no sabes si se hacen los tontos o realmente lo son.
Los hombres también flaquean en las emociones. ¿Son humanos? Todo parece indicar que sí y cuando están con sus amigos saben expresarse muy bien emocionalmente. Viendo el fútbol utilizan una amplia variedad de gestos, expresiones faciales y formas de manifestar su estado en ese momento o haciendo deporte pueden intercambiar consejos sin que ello les suponga un dilema. Son capaces de hablar de sus intimidades con sus mejores amigos, incluso confesarles que esa chica que ha conocido recientemente por un chat le vuelve loquito. Pero con nosotras… ¡Ay, con nosotras…! Para ellos debemos ser brujas malvadas, seres malignos que les comerán las entrañas y se apoderarán de sus mentes si descubren lo que sienten. Salvo escasas excepciones que se cuentan con los dedos de una mano… se ponen un muro enorme para impedir que les conozcas más personalmente. A ver… que nosotras también hemos tenido malos momentos ¿eh?, vamos, como todo el mundo en esta vida, y no por ello nos dejamos arrastrar por el miedo a sentir nuevas e inesperadas emociones. Porque las féminas podemos sentir con gran intensidad una simple caricia, un beso, una indiferencia… hasta podemos llegar a vivir los orgasmos tan intensos que se nos salten las lágrimas de la emoción. No es tan difícil decir un “te hecho de menos” o un “te quiero” cuando la situación se vuelve muy íntima, no nos vale con un simple abrazo, necesitamos que, de vez en cuando, se digan esas cosas para sentirnos bien y completas. Justo es esa palabra la que falta mientras te acurrucas entre sus brazos después de una noche apasionada. Por eso, a nosotras nos cuesta una barbaridad comprender las cosas que hacen o dicen, porque desconocemos el grado emocional que hay detrás y nos hace pensar cosas que no son, nos agobiamos y damos importancia a cosas que realmente no la tienen.
De lo dicho, surge otra de las dificultades más comunes con los hombretones: La incertidumbre. Ese no saber a qué atenerse, estar con la continua duda de si le importas o para él eres un cero a la izquierda. Porque su dificultad para ser sinceros contigo con lo que sienten hacia ti se junta el hecho de que te desconciertan. Un día te trata como una reina y al otro ni te pregunta como ha ido ese examen que tenías. De buenas a primeras te llama para quedar un domingo por la tarde y a las pocas semanas acabas siendo tú la que insiste en quedar… bueno, eso si tienes suerte de que te haga un hueco en su apretada agenda, claro. Aquí volvemos a plantearnos si tenemos que hacernos las duras o si nos mostramos tal como somos, incluyendo el abrir nuestro corazoncito.
En teoría, el hombre siempre ha sido el que luchaba. En las sociedades primitivas, era el que iba a cazar. Los chavales (y algún adulto también) resuelven sus diferencias con unos cuantos puñetazos a la salida del instituto o con el intercambio de insultos a cual más hiriente. Pero en el amor… ¡JA! En el amor se cansan rápido y dejan de luchar. Total, para que luchar por algo que ya han conseguido ¿no? Si saben que te tienen en su mano, se relajan y prestan menos atención que antes. Dejan de llamar, dejan de proponer cosas o de sorprenderte. Ya no te mandan un mensaje de buenos días mientras vas al trabajo ni te llaman preciosa por que sí. Dan por sentado que ya han hecho su trabajo y cada vez son menos las ocasiones en las que intenta hacer algo para alegrarte el día. Chicos, queremos (y necesitamos) que nos demostréis que os importamos… ¡Nos conformamos con un mínimo detalle! No hace falta una gran cena con velas ni regalarnos un fin de semana en París (bueno, con eso ya la emoción es enorme…) pero un simple paseo por un parque, un café inesperado o un “guapetona” no sólo nos alegran el día, sino que nos hacen las mujeres más felices de la tierra, aunque sea por unos minutos, pero lo disfrutamos como lo más maravilloso que nos haya podido pasar.
Y claro, si ellos no ponen la sal, no nos queda más remedio que encargarnos de esa tarea y aderezar con un poquito de alegría, una pizca de misterio, una cucharada de emoción y un buen plato de pasión. Pero de todo se cansa uno y tirar siempre del carro por los dos al final pasa factura. Pequeños reproches o cosas que se quedan por decir que van formando brechas hasta que el cúmulo de cosas es tan fuerte que el volcán entra en erupción y arrasa con todo lo bonito que había en el camino. Incluso empieza a formarse la idea de tirar la toalla o si realmente merece la pena luchar y darlo todo por esa persona que ni se inmuta.
Y sin embargo… y a pesar de todo… les queremos, les buscamos y les necesitamos. Podemos estar mucho tiempo sin sentir algo por alguien y estar a gusto con nosotras mismas, podemos hacer nuestra vida normal sin pensar en tener un hombre continuamente a nuestro lado, podemos preferir disfrutar de la vida y de los placeres sin dejarnos llevar por los sentimientos… Pero llega un momento en el que algo falta, hay un pequeño vacío y… justo en ese instante… aparece ese caballero que te quita el hipo. Y, hombres de todo el mundo, por más que queramos criticaros, por más que intentemos alejarnos de vosotros por vuestras meteduras de pata o por vuestra forma de ignorarnos, siempre buscaremos la oportunidad para encontraros. Porque hombres y mujeres somos como relojes que necesitan de distintas tuercas y en algún momento encontraremos esa pieza que encaja con nosotras, formando un engranaje perfecto y delicado. ¿Cuándo será? Y sin embargo… te espero.

sábado, 24 de abril de 2010

Sintiéndote Cerca *(Relato Erótico)*

Llego a casa y lo primero que hago es encender el ordenador. Miles de cosas pendientes por hacer y trabajo que concluir, falta de tiempo, estrés… Carpetas esparcidas por la mesa, el suelo… creo que no lo podré terminar y me angustia.
Siento que la puerta se abre, eres tú asomando la cabeza. Sabes que hoy no es mi día, que estoy mal, que poco me falta para cabrearme por todo. Te acercas sigilosamente para darme ánimos. Pones tus manos sobre mis hombros y me empiezas a dar un suave masaje al notarme tensa. Me encanta que me des masajes, me encanta sentirte en estos momentos que se me hacen cuesta arriba, pero te digo que no puedo entretenerme, que hoy será una noche larga… pero no paras. Envuelves mi cuello con tus dedos, lo mueves a tu antojo, lo acaricias, lo amasas… Subes por los lóbulos de las orejas y te paras en mi sien, rodeando después mi cabeza… te enredas en mi pelo, juegas con él. Tus manos me relajan, me hacen sentir fuera de este mundo de tensiones y me acercas a un lugar de descanso, sin ruidos, sin nada… sólo yo y lo que siento, te siento a ti.
Mientras tus manos me miman, posas tus labios en mi nuca. Noto tu aliento, tus labios húmedos que ascienden por mi mejilla y te apoderas de mis labios. Con mi cabeza hacia atrás y entre tus manos, me dejo hacer… necesito que pares, quiero hablarte pero no me dejas, pones un dedo en mis labios en señal de silencio, no quieres que piense, no te detienes. Dibujas la silueta de mi boca, mirándome fijamente a los ojos como si fuera la primera vez que me ves. Acaricias mi labio inferior, lo deslizas hacia abajo, acercas tu dedo a mis dientes… sabes que voy a morderlo suavemente y sé que lo estás deseando. Estas jugando conmigo, me engañaste, pensé que me ibas a relajar y me estás adentrando a una tensión más intensa, más calurosa, más placentera. Te pones frente a mí, desabrochas los botones de mi camisa lentamente mientras te miro de manera inquisidora. Quiero pararte, decirte que ahora no, pero no puedo hablar, tus manos cada vez me cortan las palabras y me aceleran la respiración. Pero, no… no te detengas… has despertado a esa felina de ojos de mar.
Te inclinas y me besas. Tus dedos quieren hacerse hueco entre los bordes de mi sujetador. Un aventurero sondea el terreno, lo palpa, lo acaricia y llama a los otros que van adentrándose hábilmente en tan pequeño obstáculo. Entre todos consiguen retirarlo y tu boca, que desciende por mi garganta, se apodera de uno de mis cuarteles generales. Contengo la respiración, mis latidos se aceleran a cada movimiento que haces… No me da tiempo a pensar, sólo sé que me tienes en tu poder, que estoy cayendo al abismo de tus fantasías y me gusta.
Derepente, algo me sobresalta. Sutilmente, tus valerosos solados han pasado la frontera de mi falda. Se deslizan agazapados para penetrar en mi puesto de mando, allí donde se encuentra el más grande de los poderes. Tus labios se vuelven a posar en los míos, va subiendo el ardor de tus besos, hemos dejado atrás la ternura para dejar paso al deseo. Suspiramos, sonreímos… pero no hablamos, sólo nos escuchamos. Quiero escapar de tus garras y tomar el mando, pero hoy no, hoy me tienes acorralada y me miras en un reto que sabes que no puedo ganar.
Te arrodillas y vas subiendo mi falda negra por mis muslos, aún dorados por el sol del verano que ya se fue. Me muerdo los labios, sé a donde vas a parar y sé que será ya no tengo salida. Sentada en una silla de despacho, con el portátil en la mesa y papeles por el suelo, me siento como una alta ejecutiva que está siendo seducida por uno de sus subordinados. Es como una atracción fatal, sé que es la perdición pero no soy capaz de frenarlo, algo hay que me lo impide, porque quiero que siga, quiero que vaya mas allá, que pase al mundo de lo prohibido. Lo deseo, lo quiero, lo anhelo…
Bordeas mis muslos con tus manos, sólo un sutil movimiento ha sido necesario para deslizar un pequeño trozo de tela por mis piernas, adueñándote de ellas subiéndolas a tus hombros.
Me resbalo en tu dirección y apoyo mi cabeza en el respaldo, no quiero mirar, no quiero verlo, prefiero dejarme llevar por los sentidos. Rozas con las yemas de los dedos la parte interna de mis muslos, un roce tan leve y tan sutil que haces que toda mi piel se erice. Pasas la punta de tu lengua tan cerca de las ingles que no puedo evitar encoger mi cuerpo. Quieres hacerme esperar, quieres que te lo reclame… Me separas más las piernas, ahora ya no puedo escapar de ti, estoy totalmente rendida, sin fuerzas para poder luchar ante tanta pasión. Te acercas, ya noto tu aliento… queda poco para la acometida, la punta de tu afilada daga me busca. Nada más sentirla, ceso de respirar. Mis labios han cortado el principio de un suspiro, mis ojos más cerrados, mi vientre se contrae en un acto reflejo… es como si el tiempo se parase, quiero retener ese momento. Quedarme con todas las sensaciones que me ocurren, quisiera poder descifrar cada cosa que siento pero es imposible, son tantas que no puedo detenerlas. Sigues, te noto, te siento… cada vez más abajo, cada vez más arriba, cada vez más dentro. Se me escapa un pequeño sonido, un gemido, una señal del comienzo de un camino lleno de placeres.
El corazón me late fuertemente, noto la sangre correr por mis venas… Me alteras, me enciendes. Siento el calor de tus labios, cada vez más húmedos, que vienen y van como una barca surcando un mar embravecido. Tiemblo, me tenso, un rayo recorre mi cuerpo de la cabeza a los pies. Me aferro a los brazos de la silla, arqueo mi espalda… caigo a un vacío celestial. Te detienes… me miras con una mezcla de dulzura y de deseo. No me movería, quisiera disfrutar de este momento tan fugaz.
Eres tu quien me levantas y me envuelves en tus brazos. Me pego a tu cuerpo, noto tu calor y tu fuerza, tu caballo pura sangre quiere salir, está desbocado… Me sostienes en vilo y me aferro a ti con mis piernas mientras me llevas a una pared. Aprovecho a ponerte nervioso… paso mi lengua por tu cuello, beso tus lóbulos y busco tu boca. Empezamos un baile desenfrenado, pegados fuertemente como si fuéramos uno. Siento tu respiración entre cortada, suaves gemidos que se pierden entre besos y caricias. Siento como si una espada penetrase en mi interior, hundiéndose cada vez más en mis entrañas, grande, fuerte, afilada… Ya no me quedan fuerzas, me estoy deshaciendo... voy a desfallecer en tus brazos, quiero rendirme a ti.
Recorro tu espalda con mis manos y clavo mis uñas en tus hombros, mi ultimo suspiro, mi ultimo aliento… no te detienes, somos uno… te tensas, detienes todo movimiento. Me aprietas fuertemente y caes rendido en mis pechos. Silencio, no hay nada, no queda nada… sólo estamos tú y yo… únicos… uno.

martes, 13 de abril de 2010

Cuando te vas

Ahora que te tengo lejos, te echo de menos. Dime cuando vuelves, dime cuando podré volver a tenerte. Odio la distancia, ese gran obstáculo que me impide estar contigo, sentirte, quererte. ¿Por qué tuvieron que proponértelo? ¿Por qué tuviste que aceptarlo? Ojalá lo hubieras rechazado. Fui sincera al decirte que tenías que aprovechar la oportunidad pero en mi interior no quería que te fueras. Sí, es cierto, soy egoísta y me duele aceptarlo, pero más me duele no tenerte a mi lado. Reconozco que para ti ha sido un gran ascenso y me alegra que valoren tu trabajo, pero se me rompe el alma cada vez que te vas. Se me hace difícil las despedidas en el aeropuerto, siento tus abrazos como si fueran los últimos y me aferro a tus labios para no querer soltarlos. Evito llorar, no quiero que me veas triste, es en el coche, cuando ya no estas, donde mis ojos se humedecen.
Ibas para tres meses y ya son ocho meses sin ti. Las llamadas que antes teníamos casi a diario se están espaciando y ya no me escribes por las noches contándome la soledad de la cama vacía o el intenso día de reuniones. ¿Qué te pasa? ¿Qué te está cambiando? Siento que te estoy perdiendo pero no puedo preguntarte cuando estamos juntos, no quiero estropear las pocas horas que nos quedan. Dulces momentos que siempre terminan en amargura. Nunca creí en las relaciones a distancia y ahora que me ocurre, ¿qué he de pensar?
Añoro esos largos paseos que nos dábamos y el café de las seis los domingos. Aún me acerco a la pastelería donde comprábamos nuestro pastel y repaso una a una las fotos del último verano. Desearía que pudieras ver mi rostro en esos momentos. Un brillo especial aparece en mis ojos cuando pienso en ti y una tierna sonrisa cuando te recuerdo acurrucado en mi pecho, dormido, silencioso, irresistiblemente atractivo.
Las noches son demasiado largas sin estar a tu lado, en sueños te busco y me despierto con el frío de un espacio en blanco. Ya no tengo el calor de tu cuerpo ni las caricias que me adormecían, ya no disfruto de tus besos ni de tu pasión desbordada. En mi habitación ya no surgen los juegos que los dos provocábamos y ya no se oye el eco de nuestros gemidos.
Sólo me quedan dos días para aprovecharte, dos días para recuperarte. Me gustaría plantearte que volvieras pero ¿cómo lo hago si sé que no está en tus manos? Dime que quieres, dime que aún tu corazón tiembla con el roce de mis labios. Prométeme que soy tuya y que está situación será pasajera. Vuelve pronto, no tardes, devuélveme la alegría y trae de nuevo el sol a mi tierra porque las lluvias y tormentas han desolado parte de mi vida. Regresa pronto porque mi corazón te busca y mi alma te espera.