jueves, 26 de agosto de 2010

Dominando el espacio

Tengo un amigo que está agobiado a causa de su novia. Bueno, ya lleva una temporada diciéndonos que su chica no le deja ni a sol ni a sombra. Al principio insistió en que conociera a sus amigas y luego conocernos a nosotros, los amigos de toda la vida. Después, ella quería estar más tiempo con él, con lo cual dejaba de quedar tan a menudo con nosotros para poder ir al cine o a cenar con su novia. Eso es normal, cierto, pero cada vez la chica le pedía que hiciesen más cosas juntos: jugar al tenis, ir a clases de bailes de salón, correr juntos… incluso se apuntaron a un curso de esgrima, pero sólo duraron unos meses. Cuando Dani se saturaba, nos llamaba para contarnos que se sentía encadenado. Decía que estaba perdiendo su independencia.

La gota que colmó el vaso fue la invasión de su espacio vital, su casa. Dicen que si tu pareja deja su cepillo de dientes en tu casa, estás perdido… pues no. Cuando vayas al cajón y veas que en lugar de calzoncillos hay braguitas y tangas y que tu lencería ha pasado a formar parte del segundo cajón, junto con los calcetines, échate a temblar. Abre el armario, si te encuentras una falda y un vestido para estar por casa y que tus pantalones están un poco desplazados hacia laderecha, respira hondo y cuenta hasta 100. Y por último, ve al baño. Si tu crema de afeitar, colonia y desodorante están en una banda superior y la inferior está invadida de cremas de día, de noche, contorno de ojos, un estuche de pinturas, perfume de mujer, así como otros elementos del cuidado femenino… entonces sí que estás perdido.

La verdad es que todas estas cosas las hacemos inconscientemente sin pararnos a pensar que puede ser incómodo para la otra persona. ¿Qué se nos pasa por la cabeza cuando decidimos dejarnos algo de ropa en su casa? Pues muy sencillo, comodidad. Si vas a dormir un fin de semana sí y otro también en su casa, es un engorro estar con una bolsa de aquí para allá con ropa para cambiarte y las cosas de aseo, así que, decides dejar unas braguitas y las cremas que están más usadas y te compras unas nuevas para la tuya. La elección de donde colocarlo tiene que ver con la accesibilidad. Será más fácil que un hombre llegue a las baldas más altas ¿no?

Pero todo esto, se va haciendo tan lentamente que el pobre muchacho no se da cuenta de lo que ocurre hasta que ya es demasiado tarde. Siente que le ha robado parte de su vida sin consultarle, como si le hubieran quitado una parte de su intimidad porque una cosa es tener visitas esporádicas y otra muy distinta instalarse como algo permanente. Vamos, es como el que llega para quedarse unos días, y pasan las semanas y sigue sin marcharse.

Sea como sea, el caso es que una vez que hemos entrado en su espacio las brechas se abren. Empiezan a darle vuelas a la cabeza y cuanto más piensan más agobiados se encuentran. Ven como la puerta de la libertad se cierra lentamente ante ellos y no saben cómo pararla. Probablemente nos vean como policías husmeando cada rincón: se acabaron las cervezas con los amigos viendo el partido, eso de pasearse desnudo por la casa dejará de ser lo habitual, nada de fiestas y, mucho menos, traer a desconocidas. “Es mi casa y yo decido” se dicen a ellos mismos en el momento de mayor cabreo sin embargo, a la hora de la verdad, se les hace complicado explicarlo sin que resulte ofensivo.

Y nosotras, mientras tanto, al margen de todo este batiburrillo de pensamientos, haciendo planes para los días siguientes con un entusiasmo que ni los niños pequeños con zapatos nuevos. Y lo que es peor, que no nos percatamos de que invadiendo su vida ¡¡hundimos todo el barco!! Como ya he dicho, es algo que sale por sí solo, de forma tan natural que no pensamos que sea un error. Lo que no entienden es que lo hacemos para estar con ellos. Igual que el dicho “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”, para introducirnos en sus vidas y conocerlos más a fondo nos adentramos en sus moradas puesto que ellos suelen ser reacios a hablar de sí mismos y de lo que piensan. Porque, aunque no lo parezca, una casa dice mucho de alguien: una habitación ordenada, un baño descuidado o una cocina con plantas y adornos. Incluso los muebles y la decoración pueden darnos pequeñas pistas de los dueños del lugar. Y justo eso es lo que temen.

En sus mentes la bola se va haciendo más y más grande. Imaginan que si ya nos hemos apoderado de la habitación y el baño, lo siguiente será la cocina. La compra será para dos y quedarán fuera de la dieta congelados, pizzas, perritos, hamburguesas y otros caprichitos que le alegraban la tarde de los sábados y domingos. La nevera también quedará trasformada. Suelen meter las cosas tal como las sacan de la bolsa, formándose una montaña de alimentos en la que sólo ellos encuentran lo que buscan. Nosotras, en cambio, buscamos la colocación idónea para los yogures y otra para el queso y la fruta.

Ya sólo les queda el salón. Chicos, si el mando no está en vuestro sitio no tenéis escapatoria. Es más, si en el sillón de una plaza, ese que heredaste de la casa del pueblo de tus padres porque era comodísimo, ves una mantita doblada en uno de los brazos y un cojín, que antes no estaba, apoyado en el respaldo la invasión es casi completa. Bueno, si al menos tiene los mismos gustos no habrá mucho problema, pero si es de las que se engancha a un culebrón o los programas de famosos la mejor será que compres una televisión nueva. “¿Pero porque me tengo que ir yo a mi habitación si es mi casa?” pensará incrédulo ante la situación, y estará en lo cierto.

Dichos populares aseguran que “por la caridad entra la peste” o que “donde hay confianza da asco”, así que, para evitar estos malentendidos, lo mejor para todos sería ser más claros. Nosotras respetar sus cosas y preguntar antes de actuar, ellos abrirnos las puertas de eso que tanto esconden, su interior.

lunes, 16 de agosto de 2010

VACACIONES DE VERANO

Momento de vacaciones… y momento de tensiones. Sí, las vacaciones de verano suelen ser las más conflictivas para todos, ya estés soltero, casado, con hijos o con la familia al completo. Durante todo el año el estrés nos lo provoca el trabajo y consideramos el hogar como el reino del descanso. En el periodo estival, cuando la casa es el trabajo, no hay momentos para descansar. El primer gran dilema de las vacaciones familiares: ¿Dónde vamos? No vale cualquier sitio, hay que amoldarse a la situación personal, no sólo económica sino de los integrantes del grupo.

Por ejemplo, un matrimonio con dos niños, uno de 5 y otro de 7 años. No pueden ir a sitios de visitas culturales, los peques se cansarían rápido, se aburrirían y sería imposible seguir el planning establecido. Lo más práctico, playa y piscina, pero ¿camping, hotel o apartamento? El camping es el más económico pero pasar 15 días escuchando los ronquidos del vecino de la parcela de al lado o despertarse muy de mañana por el calor y la claridad no son unas vacaciones del todo halagüeñas.
El apartamento es más cómodo, es…como una segunda casa y justo por eso pueden surgir las tensiones: hacer la comida, las camas, poner lavadoras (la ropa de los niños se ensucia día si día también)… El hotel resulta más caro pero cuenta con actividades para los críos así como la posibilidad de evitar gastos adicionales de comidas y cenas.

¿Qué hacemos? Aquí es donde cobra gran importancia el presupuesto familiar, según lo que uno pueda gastar, elegirá no sólo el destino sino la forma de veranear.
Las cosas se complican un poco cuando el número de hijos es mayor o vienen los abuelos u otros familiares. Se decide alquilar un apartamento entre varios y, no te explicas cómo, todos los años se produce una gran invasión. Colchones hinchables en el suelo, algunos duermen en el sofá cama y varios apretados en la habitación. A esto se le suma las complicaciones del momento del baño, preparar comida para todo un regimiento, levantarse sin hacer ruido para no despertar a los dormilones o acostarse tarde por los trasnochadores.

Las malas caras están aseguradas. Reprochas a tu marido que no está pendiente de los niños, tu cuñado no deja de fumar en el salón y no sabes cómo evitar que la abuela haga demasiados esfuerzos. La mujer quiere sentirse útil y lo hace con toda su buena intención pero, entre unas cosas y otras, en lugar de ayudar dificulta y contestas de malas maneras, algo, que más tarde, te hará sentir culpable.

Hablamos de familias al completo pero ¿qué sucede con las parejitas de enamorados? Los primeros días les ves cogidos de la mano por el paseo marítimo y muy románticos, pasada una semana será fácil ver a la chica de morros y él con mirada indiferente. ¿Qué ha sucedido? Fácil. Pequeños roces del día a día que son más comunes en aquellos que aún no han dado el paso de vivir juntos. Algo tan simple como no bajar la taza del bater o dejar la pasta de dientes abierta pueden dar lugar a grandes discusiones. También puede afectar el hecho de no coincidir en las cosas que se quieren hacer: “Podríamos ir a tomar algo esta noche al pub que vimos el otro día”, dice ella. “No me apetece mucho, estoy cansado. Mejor vamos mañana”, contesta él. Pero a ver, ¿cansado… de qué? Pues de estar tumbado porque, como se suele decir, cuanto menos haces menos quieres, así que, otra vez con movidas. De hecho, se han dado casos de recién casados que, a la vuelta de la luna de miel, deciden separarse, ¿Qué tendrán las vacaciones que tanto alteran?

Los solteros que deciden viajar con los amigos no se libran de esta tortura. Suelen buscar cosas más bien baratas y por internet, total, cuando no están en la playa o visitando cosas, estarán de fiesta. La habitación sólo para dormir y por si hay alguna aventurilla veraniega. Aquí lo difícil es elegir el destino y lo que se hará durante el viaje. Unos votan por hacer el Camino de Santiago: “Que sí, hombre, ¡que va a estar genial! Es toda una experiencia”. Por otra parte están los que adoran ir de fiesta: “¡Ibiza, Cuba, Punta Cana! ¡Vamos a quemar la noche!”. A ver, que no es por no ir pero que para fiesta me quedo en mi ciudad y no me gasto un dineral en un viaje para sólo vivir de noche y dormir de día, que eso se puede hacer en invierno ¿no?

Finalmente, se decide hacer un viaje mixto que incluya algo cultural y, a su vez, playita y terrazas nocturnas: Las Islas Canarias.
Personalmente, considero que más de cinco personas son demasiadas para viajar, siempre será más complicado ponerse de acuerdo.

Mi amiga Sonia, siempre impecable y glamurosa, no prescinde nunca de sus zapatos de tacón. Con lo cual, no puede ir rápido, le cuesta andar por calles empedradas y, como se cansa antes, pide que descansemos cada media hora.

Roberto es también de poco andar. Es un chico encantador y que ameniza las veladas como nadie con sus chistes y chascarrillos, pero le va más el picoteo y la cervecita, bueno, y que no falte el aperitivo, claro.

Sandra es la reina de la noche. Ve una discoteca y nos quiere arrastrar como sea, “sólo 20 minutos” nos asegura, pero acaban siendo dos interminables horas. Habla con los relaciones del local y siempre se las ingenia para que nos hagan descuentos en las consumiciones. Eso sí, olvídate de despertarla por las mañanas, no se mueve.

Nos cuesta ponernos de acuerdo pero, finalmente, llegamos a un consenso, eso sí, no sé por qué, salimos perdiendo los de siempre.

Vayas como vayas y a pesar de ir con gente que conoces de siempre las vacaciones pueden complicarse por pequeñas cosas. Lo importante es tener paciencia, saber respetar a los demás (y que nos respeten, claro) y que cada uno haga de su tiempo lo que más le guste. Pero ante todo hay que disfrutar.

jueves, 5 de agosto de 2010

REFLEXIÓN: No se sabe lo que se tiene hasta que se pierde

A veces no somos conscientes de lo que nos rodea. No valoramos lo que tenemos ni tampoco nos conformamos: el que tiene un coche pequeño desearía tener uno mejor, el que tiene un buen trabajo se queja y le gustaría cambiarse, incluso las personas de pelo oscuro prefieren tenerlo claro y los bajos darían cualquier cosa por ser más altos.
Este ansia por poseer aquello de lo que prescindimos, nos hace olvidar los pequeños detalles que son la esencia de la vida. Es más, nos olvidamos de lo más importante, las personas que nos rodean.

No nos damos cuenta de la suerte que tenemos de tener a gente que nos aprecie y valore: padres, abuelos, tíos, primos, amigos, parejas, hijos, maridos o esposas. Están a nuestro lado durante todo el camino, ya brille el sol en el cielo, ya se acerquen momentos de tormenta. Nos escuchan, nos aconsejan o, simplemente, sabes que puedes contar con ellos. Sin embargo, estamos tan ciegos pensando en el ajetreo diario que caen en el olvido.
Sólo nos damos cuenta cuando, por diversas circunstancias, no están a nuestro lado, cuando les hemos perdido.

Uno no aprecia su ciudad o país natal hasta que no vive fuera. Pasar un periodo vacacional en ciudades distintas a las nuestras no sólo es gratificante, sino que se aprecian nuevas culturas y formas de vida. Nos adentramos en su historia, su gastronomía e, incluso, buscamos regalos para llevar de recuerdo. Sin embargo, es muy distinto cuando vivimos allí durante largos periodos. Todo cambia y hay que adaptarse al clima, al idioma… a todo. Aunque pasen muchos años y estés satisfecho con esa nueva vida, hayas prosperado y todo vaya viento en popa, es inevitable no echar de menos los olores de tu infancia, los sabores de la comida de siempre, abrazar a los seres queridos que están a miles de kilómetros de distancia.

Los jovencitos rebeldes se sienten atrapados en sus casas bajo el inevitable control de los progenitores. Pasada la juventud y llegada la verdadera independencia, se añora volver al nido familiar. Toca asumir nuevas responsabilidades: trabajo, hipoteca o alquiler, pago de facturas, quehaceres del hogar… Un sin fin de cosas que antes nos daban hechas y que ahora no tenemos más remedio que hacerlas por nosotros mismos, repartiendo el tiempo entre los pocos ratos de ocio y la amplia jornada laboral. Echamos la vista atrás y valoramos que al llegar a casa tuviéramos la comida en la mesa, lista para comer o que la ropa estuviese en el mismo lugar que hace dos días, lavada y planchada como si no la hubieras tocado.

También nos olvidamos de las emociones. Sí, increíblemente, los hombres, que somos los animales que tenemos más capacidad de razonamiento y pensamiento, en no pocas ocasiones prescindimos de esas cualidades innatas en nosotros. Además, cada vez nuestras sociedades nos convierten en seres individuales, donde no sólo se ocultan los sentimientos a los otros sino que se evita tener cualquier contacto táctil con otras personas. Abrazamos poco y besamos mucho menos. Nos hemos vuelto ariscos, recelosos y desconfiados y eso impide que veamos más allá de lo que alcanza nuestra mirada.

Damos por sentado que los que están a nuestro lado saben que les apreciamos, sin embargo, ponemos miles de excusas que nos impiden visitar a los seres queridos más a menudo o decirles cuanto les queremos. Con lo fácil que es decir “te quiero”, “te echo de menos” y somos incapaces de expresarlo.
Es cuando ya no están cuando nuestro interior se mueve por dentro. Nos arrepentimos de no haber dicho aquello que sentíamos o haberlo demostrado con hechos. Cuando el sueño eterno viene a buscar a los seres queridos es cuando más se les echa de menos, cuando la distancia impide un contacto más directo, se les añora más que nunca.

Toda pérdida supone un estado de angustia y pesar y no es menos el amor de pareja. Es en este aspecto de la vida donde más se evidencia que las cosas, y las personas, no se valoran hasta que las hemos perdido del todo. Los primeros pasos del amor suelen ser gloriosos pero la rutina y la monotonía irrumpen en nuestras vidas. No nos incentiva seguir conquistando a la otra persona, no buscamos nada nuevo que nos pueda ofrecer o que podamos dar, simplemente nos dejamos llevar como una barca en un río tranquilo.

A veces somos nosotros los que no nos hemos dado cuenta de cuánto valía esa persona que dormía a nuestro lado. Pasado el tiempo y mirando al pasado, recordarás ciertas cosas que, en su día, no les diste importancia y que ahora si se la das. Pequeños detalles que pasaron inadvertidos y que, justo eso, motivó que la otra persona se cansase de hacerlo. En otras ocasiones, somos nosotros lo poco valorados y, agotados por tirar siempre de la cuerda, tiras la toalla y te rindes a que sea el destino quien decida. En cualquiera de los dos casos, puede que sintamos deseos de volver a retomar el contacto, por muy pequeña que sea la posibilidad, pero lo hacemos motivados por ese duendecillo que llevamos dentro que nos dice que nos equivocamos. Pero… ya es tarde esa persona a quien dejamos ya tiene su vida o esa persona que nos dejó ya no significa nada en nuestras vidas.

Porque esa barca que navega en el río no avanza si no es hay colaboración. Si sólo se utiliza un remo, el bote girará constantemente sobre sí mismo, si una persona se encarga de los dos remos, el avance será muy lento y el remero se cansará rápido y si nadie rema, la barca sólo flota y se deja llevar por la corriente pero nunca llegará a un buen puerto.

En el amor, en la amistad, en el trabajo y en el hogar el apoyo de todos será la energía para seguir adelante en nuestro camino.

jueves, 22 de julio de 2010

La Regla

Mucha gente dice que ser mujer es un privilegio porque tenemos la posibilidad de crear vida, aunque ya hay hombres que se han quedado embarazados (vaaaleee… en su día fueron féminas... pero la ciencia…es la ciencia).

Sí, es muy bonito eso de los niños, mirar como crecen y sentirse orgullosa de ello, pero para pasar por eso, además de aguantar dolores durante el proceso de gestación y de vernos cada vez más gordas, tenemos que pasar por el gran dilema de la mujer, el periodo, más comúnmente conocido como “regla”.

Siempre está incordiando pero nunca se puede hablar de ella, ¡parece que es un tema tabú! ¿No se supone que es algo natural? Entonces ¿por qué nos cuesta tanto ser claras con eso? Utilizamos frases como “estoy mala” “ya ha venido Andrés (el que viene cada mes)”, “estoy con la de rojo”… Cualquiera podría pensar que te estás montando un trío para aliviarte el dolor de cabeza.
La menstruación nos viene a visitar muy jóvenes, tanto que nos sorprende y nos asusta. “¡Mamá, mamá! Me está sangrando” gritas desde el baño con tan sólo 10 ó 12 años (algunas aguantan hasta los 14... ¡¡Tendrán morro!!). Tu madre corre como loca y cuando te ve sentada en la taza con las piernas colgando y las braguitas con la prueba del delito, en lugar de preocuparse, se emociona y dice “¡ay! Que mi niña ya se ha hecho mayor...” y te estruja la cara, con un beso en la frente y un abrazo. A ver… que yo no quería sangrar, ¿vale? Y, lo más importante, ¡quiero que se vaya!
Ya de mayor, que sabes de qué va el tema, la regla sigue siendo molesta, incluso más que antes. Te aparecen dolores de todo tipo: espalda, riñones, ovarios…Los pechos se hinchan y se ponen duros como piedras y, claro, también duelen cuando andas o corres. Y no me olvido de los granos. Siempre aparecen en lugares bien visibles y si te da por apretarlos, estás perdida porque te dejas la señal y se multiplican por las mejillas, cerca de la oreja, en la nariz o, directamente, en el mentón.

La revolución hormonal no termina ahí, no, no… aún queda mucho más, porque eso es sólo el aviso. El Síndrome Pre Menstrual (SPM) es ya el indicativo de que te queda poquito para que el padecimiento sea total. Los cambios de humor pueden derivar en llantos por cualquier tontería o en arrebatos de ira sin venir a cuento. Estás leyendo una revista del corazón y una famosa se separa por la infidelidad de su novio, y ya te empiezas a emocionar. Tu pareja te mira con cara de “a ésta que la pasa ahora…” y tú gimoteando “¡Ay, que pena! ¡Por qué pasan estas cosas!” y te levantas llorando a lágrima viva y moqueando. Ver una película de drama o escuchar una canción romanticota también te provoca estados de lo que podríamos llamar Pena Hormonal, no sabes por qué pero te entristeces y te pones melancólica sin motivo alguno. Los arrebatos de ira incontrolada también son muy comunes con el Síndrome. Le pides a tu chico que compre zumo de naranja y yogures de fresa y trae un zumo de piña, porque de naranja no había, y se ha olvidado de los yogures. Esa tontería para ti es un mundo y estallas con todas tus ganas sintiéndote incomprendida porque todo lo tienes que hacer tú. Cualquier hombre nos puede preguntar que por qué nos ocurre esto o que no lo entiende. La verdad, yo tampoco lo entiendo, simplemente, pasa.

Muchas veces, la regla viene cuando no tiene que venir o cuando tienes algo importante. Puede acudir sin avisar en Nochevieja, en una boda de una amiga, ¡tu propia boda! O cuando vas a tener una noche loca con un amigo. Eso sí, su aparición estelar siempre es en los viajes.
Tus amigas y tú habéis planeado un viaje a… ¡IBIZA! Una semanita de playa, fiesta, ropa blanca ibicenca y muchos chicos guapos. Según tu calendario biológico, te baja la semana siguiente así que… ¡A disfrutar! En el avión notas un cierto pinchazo… “el café te ha sentado mal” piensas, pero cuando llegas a tu destino presientes que vas a tener esa visita que no esperabas. Y en el hotel ya lo confirmas “¡No me lo puedo creer! Pero ¿por qué ahora?” No te queda más remedio que tomarte un ibuprofeno para aliviar los dolores y al mirarte en el espejo, ves un enorme grano en el moflete izquierdo. Vamos, que aunque te maquilles va a salir en todas las fotos. Así que, olvídate de ponerte ese modelito fashion que te compraste tan vaporoso y tan blanco, una simple mancha se vería a kilómetros. Y por supuesto, nada de ligar con varios morenazos bronceados y cachitas.

Y es que, aunque calcules, nunca sabes si te va a cuadrar o no, incluso te puede afectar el estrés, las dietas… Eso sí, cuando la regla se nos retrasa lo pasamos mucho peor. Empiezas a calcular cuando fue la última vez que tuviste temita o, si es con tu pareja, si ha podido pasar algo raro, “no, no puede ser... si tomamos precauciones”. Si eres de las que toma la píldora (supuestamente suele provocar más regularidad) y tienes un retraso, vas corriendo al neceser para ver si te cuadran las fechas.
De cualquier forma, los agobios y los nervios nos hacen sentirnos más inseguras y cada vez que vamos al baño miramos si ya ha llegado. De hecho, te buscas los síntomas propios y si notas cualquier pinchazo ya crees que puede ser ella. Nos obsesionamos tanto que, muchas veces, eso mismo hace que se retrase aun más y se convierte en un círculo vicioso.

De jovencitas ¿no os ha pasado tener vergüenza de bajar a comprar al super? “¡Jo! Se van a dar cuenta de que estoy con la regla y me van a mirar raro”. Ese pudor a que te miren también nos hacía ponernos una chaqueta atada a la cintura para taparnos el trasero. Nos atemorizaba pasar por delante de un grupo de chicos sentados en el banco de la esquina y entre ellos estaba Samuel, que te gustaba muchísimo y “¡me va a notar que llevo compresa!”. También evitábamos bañarnos y lavarnos la cabeza por si nos pasaba algo, ¡se nos podría cortar la regla o volvernos locas! Amenazas y consejos que nos llegaban de pasadas generaciones. ¡Ay! Si nos vieran ahora.
En cuanto a las compresas hay tantos modelos que nunca sabes cual escoger: Normal, Super o Superplus, con alas o sin alas. Pero no nos engañemos, llevar una compresa es incómodo. Las alas se acaban despegando y te rozan las ingles, la has colocado demasiado arriba y los bordes te rozan los cachetillos, has manchado un poco la braguita y, lo que es peor, sientes que llevas un pañal mojado constantemente.
Los tampones también tienen su historia. La primera vez que los usas, casi gastas la caja de tanto probar y que no se quede bien colocado, y eso que te has leído las instrucciones fijándote bien en el dibujo. Me pongo de pie con una pierna en alto, tengo que coger el tubo con dos dedos y con la otra mano empujar el segundo tubo en dirección a la espalda… ¿hacia la espalda? Y ¿cómo lo llevo hacia la espalda si, tal y como estoy, iría hacia arriba? Quién escribiese esas indicaciones debía ser equilibrista. Eso sí, menos mal que los de ahora llevan el tubo de aplique, porque los de antes, de forma manual, vamos, igual que un supositorio.

Todas estás cosas nos pasan a las mujeres, ¿sigue siendo tan bonito? No hay cuentos de hadas, ni sé a que huelen las nubes ni sonrío por la calle cuando ni un ibuprofeno me quita el dolor de vientre. Lo que sí sé es que en esos días me armo de paciencia, me mentalizo que son unos días y, sin duda alguna, unos mimitos son el mejor remedio casero cuando estamos malas.

domingo, 4 de julio de 2010

Cuento: El Barco

Los hombres somos como navíos de carga buscando un puerto en el que dejar nuestra mercancía. Surcamos la bravura de los mares, los infinitos océanos, con la esperanza de llegar a algún lugar. “¡Tierra!” te grita tu pequeño duendecillo del inconsciente. Pero no le crees y necesitas verlo por ti mismo. Sales a cubierta, cielo despejado, sol de alegría, mar en calma. Gaviotas que revolotean cerca del mástil. Abres el catalejo y divisas tierra firme. Una sonrisa se aprecia en tu rostro, por fin un lugar de descanso, un lugar donde encontrar la tranquilidad perdida durante el largo viaje.

Nos acercamos poco a poco, para evitar encallar, buscamos un punto de amarre, atamos los cabos y saltamos pensando en el futuro que nos depara esta nueva tierra. Antes de hacer negocios, visitamos la ciudad. Nos gusta, parece que es próspera, llena de riquezas, bellos paisajes y de temperatura calida y pensamos que es el lugar perfecto. Al poco de llegar, vamos descargando nuestro barco. Descargamos la Curiosidad, la Esperanza y la Alegría. La Pasión y la Ilusión salen con ansias de conocer el nuevo mundo. Y el Amor, aunque algo tímido, se va animando a bajar la rampa. Detrás y a cada lado, para empujarle, va el Miedo y la Decisión, sus dos grandes aliados y consejeros. La Duda, la Tristeza y el Llanto, de momento, prefieren no salir, siempre caen mal, cada sitio por el que pasan se vuelve lúgubre y gris.

Y.. ¡aya vamos! A por una nueva aventura. Todo parece ir bien, pero, pasados unos días, algo sucede. Las nubes empiezan a tapar el sol. Se oyen truenos, comienza una ligera llovizna y el mar se agita. Nuestro velero, sufre las duras envestidas del oleaje y acaba rompiéndose en dos mitades. La Pasión y la Alegría se emborracharon con los vicios de la ciudad, la Ilusión se perdió por las praderas de margaritas, la Curiosidad, de tanto mirar por un precipicio, se cayó, la Esperanza fue corriendo a ayudarla pero el Miedo la empujó. La Decisión se pasó horas y horas buscando al Amor, para que remediara la situación. ¿Dónde estaba el Amor? El Amor, había salido corriendo para encontrar un refugio. Quiso meterse en el hueco de un árbol, donde habitaba una ardilla, pero era demasiado grande para un escondite tan pequeño. Se encontró un hormiguero, y las hormigas se enfadaron porque iba a romperles su hogar. Pasó delante de la puerta del lugar de los vicios y le chillaban “¿Eh? ¿A donde vas? ¡¡¡Aquí se pasan todos los males!!! jajaja… Ya te dijimos que lo bueno se acaba. Anda… ¡No te hagas de rogar!” El Amor salio huyendo dejando atrás las voces burlonas que le decían “No llegarás lejos, muchacho, ¡volverás aquí de rodillas! jajaja”.

Un pequeño duendecillo apareció inesperadamente y le dijo al Amor: “Corre a refugiarte al baúl donde viniste. Aquí ya no haces nada. Esta tierra ya no es para ti, está perdida. Todos los que venían contigo han sucumbido, has perdido todo. No hay nada que hacer. ¡Vete!” El Amor fue corriendo hacia el muelle, no estaba el barco, pero junto a la rampa de la que bajó, había un pequeño cofre de madera. Se acercó, y comprobó que desde su llegada hasta ese momento, se había ido haciendo más y más pequeño. Ahora si que podría esconderse porque el baúl era mas grande que él. Lo abrió y se metió dentro. Al moverse, se asustó porque no estaba solo. Ese era el lugar en el que viajaban la Duda, la Tristeza y el Llanto, “con nosotros estás a salvo”, le dijeron, y el Amor comenzó a llorar amargamente, triste por haber perdido todo cuanto traía y lleno de dudas de por qué había ocurrido todo sin explicación.

Alguien desde fuera golpeó el cofre, “sal, Amor, soy Decisión” No recibió contestación. “Amor, ¿no me digas que no me vas a hacer caso? Venga, deja de esconderte y sal aquí conmigo. ¡La tormenta ya ha pasado!”. El Amor, con lágrimas en los ojos le contestó: “No, Decisión, no voy a salir. Aquí nadie me quiere. He desperdiciado mi tiempo y cada cosa que venía conmigo ha desaparecido. Ya no tengo ilusión por descubrir, no tengo alegría para reír, no tengo curiosidad para investigar, no tengo pasión para amar, no me queda esperanza y hasta el miedo a lo nuevo me ha abandonado. He dado todo a esta tierra y así me lo han pagado. Todo ha sido un negocio, un simple intercambio de caprichos e hipocresías. He sido estúpido, me han apreciado por interés pero, una vez agotado, me relegan. Vine grande, con tantas cosas por dar y me voy pequeño y despojado de todo cuanto traía. No Decisión, prefiero quedarme con lo poco que me queda en este pobre cofre de madera.”

“Mira, Amor”, contesto Decisión, “es cierto que te has quedado vacío, despojado de tantas y tantas cosas buenas. Es cierto que la tormenta ha arrasado lo que parecía una tierra fértil, pero, ¿acaso no has disfrutado mientras ha durado tu estancia? Por unos breves instantes, has sido feliz, has conocido un nuevo lugar, has pasado nuevas aventuras y has dado todo cuanto podías dar. ¿Realmente crees que no ha merecido la pena?” “¡No, no ha merecido la pena!” Protestó el amor entre sollozos.

“Te confundes Amor-continuaba Decisión- Esto supone una nueva experiencia en tu largo caminar, una experiencia que te ayuda a aprender de los errores y te abre las puertas a un nuevo camino. El amanecer nos espera con huracanes y tempestades, querrán destruir nuestra barca y hundirnos en el mar de la amargura pero tenemos que seguir adelante, luchar por nosotros mismos y mantener el rumbo hacia mejores puertos. Darás con otras ciudades, grandes o pequeñas, unas te acogerán y te dejarán marchar, otras te rechazarán, en algunas permanecerás sólo una noche, en alguna podrás quedarte un mes o dos, pero llegara un día, en el que desde lejos, y antes de pisar tierra firme, sepas que el puerto que divisas es perfecto para tu velero. Amor, siempre he viajado a tu lado, he sido tu apoyo y consejero, sólo escúchame y piensa. Aquí tengo un bote, pero el cofre pesa mucho y no aguantaría. Despréndete de lo que te queda, ya no te servirá y su compañía no te hará ningún bien, sólo tendrás sufrimientos por lo que fue y lo que no pudo llegar a ser. ¿Prefieres quedarte encerrado, llorando y sin poder ver lo que te depara el nuevo camino, y morir triste y vacío? ¿O te animas a enfrentarte a una nueva etapa con ánimos renovados? El camino no será fácil, pero siempre será mejor que huir de nosotros mismos.” Decisión hizo una larga pausa y continuo: “Amor, hagas lo que hagas, estaré siempre a tu lado, soy tu fiel amigo y te apoyaré. La decisión es tuya”.

miércoles, 23 de junio de 2010

Un adiós

No me digas que te vas, no me digas que me dejas, ¿acaso no ves que aún me haces falta? Noto que te escapas, que vuelas y desapareces. Te siento cada vez más lejos ¿Qué he de hacer para retenerte?
Te agarro de la mano pero ya no me respondes, no me miras pero sé que aún me sientes. Sí, aún siento tu presencia y no puedo evitar recordar todos los buenos momentos vividos. ¿Te acuerdas de aquel viaje? Que bonito fue: aquellos paisajes, tantas cosas por ver, las largas caminatas… ¿Y cuando se nos estropeó el coche? Que mal lo pasamos pero después no parábamos de reír. Has llenado mi vida, has dejado en mí tantas cosas buenas que sería difícil describirlas una a una. Pero he de dejarte marchar, lo sé, pero me resisto a ello, no es fácil y más cuando aún te quiero.
Déjame besarte, sólo un último beso. No quiero que te vayas sin pensar que no te quiero. Que te llevas todo, que me dejas sin nada… al menos asegúrame que volverás a rescatarme del mar agitado que ante mí se asoma. Ahora sólo veo tormenta, nubes negras que me ciegan. A lo lejos diviso una pequeña barca, sólo una persona va en ella. Una figura encorvada, de manos arrugadas y ropas negras. No le veo el rostro pero sé cual es su destino. Se acerca cada vez más, algo que me asusta y me llena de tristeza, ya no hay vuelta atrás. El pequeño bote se sitúa junto a nosotros y el hombre nos mira. “¿Por que ahora?” le grito desesperadamente sin tener respuesta. Una penetrante mirada me paraliza, y de sus finos labios sale una voz profunda “No hay remedio, así está escrito”.
Tienes que irte, me duele ver que tu alma va subiendo despacio a las orillas del río. Cuando partas no mires atrás, prefiero pensar que comenzarás un nuevo camino donde la luz te guiará. Un mundo lleno de colores verdes, rojos y amarillos con mariposas que revolotean entre los arbustos y las flores. Piensa que desde allí, las cosas serán distintas, no hay sufrimientos ni penas, no hay lágrimas ni quejas, sólo sonrisas y cantos que te darán la bienvenida.
La barca ya se aleja. Ya le di el pago al oscuro barquero, se lleva mi gran tesoro, ese que me ha acompañado durante todos los años de mi vida. ¿Qué hago yo ahora?
Tu mano sigue entre las mías, ahora inerte, ahora fría. Reposas en la cama como si durmieras. Espero que desde allí puedas soñar y que tus sueños te lleven tan lejos como un ave que busca un nuevo nido. Vuela, vuela alto y siente que eres libre, que ves todo desde arriba como nadie podría hacer.
Sólo un favor te pido, que me cuides desde lo alto. Guía mis pasos hacia el mejor destino, igual que cuando estabas en vida, seguiré fielmente los consejos que me digas. Con los ojos cerrados podré saber que estás cerca, no tendré miedo porque sentiré que me coges de la mano y susurrándome al oído me dirás “no te preocupes, pase lo que pase, estaré a tu lado”
Caronte, lleva su alma a buen puerto, uno que sea grande donde pueda tener todos los caprichos. Háblale de lo que se encontrará y atenúa sus temores, enciende una llama y despeja tanta niebla, deja que vea otras almas conocidas que partieron antes que ella. Y cuando vengas a por mi acuérdate del lugar donde la dejaste, me dirás su nombré y allí me llevarás porque, aunque las distancias nos separen y pasen muchos años, el amor es lo único que no muere.

martes, 8 de junio de 2010

Las cosas tienen vida.

Ya he vuelto a perder los pendientes que me regalo mi novio por mi cumpleaños, y ahora… ¿qué le digo yo cuando vea que no me los pongo? Porque claro, si le digo que los he perdido me va a echar la típica charla: que si soy despistada, que hago las cosas sin pensar, que le costaron una pasta y que para eso no me regala nada, que tengo que ser más ordenada… y bla, bla, bla… Vale, reconozco que algo despistadilla si soy pero tampoco es para tanto. Y yo tengo orden en mi desorden, bueno, o eso quiero pensar porque sigo sin encontrar los dichosos pendientes.
Aunque, en realidad, no soy yo la culpable, ni siquiera el duende que todos decimos que tenemos en casa. Lo que pasa es que las cosas tienen vida propia pero no nos fijamos. Sé que suena descabellado pero es así, sólo que lo hacen tan bien que pensamos que somos nosotros los responsables o los demás.
Cuando se pierde algo siempre son los demás quienes han cogido las cosas. Es lógico ¿no? Si yo no he vuelto a usar las llaves de casa que había dejado en la mesa, y ya no están ahí, ha tenido que ser otro. Sin embargo, tu pareja, padre, madre o con quien compartas espacio vital, te responderá que no ha sido él, cosa que te enfurecerá y se puede llegar a producir pequeños conflictos por estas tonterías. Con el cabreo encima, me pongo a buscar y no encuentro nada. He mirado debajo de la cama, en los cajones, detrás del sofá, incluso he rebuscado por el armario. Pero nada, que no hay manera y luego aparecerá en el sitio más inesperado de la casa donde no se me había ocurrido mirar. Eso sí, para encontrar las cosas, mi madre. Es algo increíble, te lo encuentra todo ¿eh? Da igual que sea grande o pequeño, ropa o papel, tiene un don especial como buscadora. Yo creo que es un poder exclusivo que se adquiere por el mero echo de ser madre, no sé… todas las madres del mundo serían capaces de encontrar agujas en un pajar, así que, algo tiene que haber para explicarlo y, lo gracioso es que si no lo encuentran ese día, piden ayuda a San Cojonato. Y oye, es efectivo. ¿Valdría esa misma técnica para conseguir cosas de los hombres? Ummm... lo malo es que luego pueden quedar inservibles y casi es peor.
El lugar por excelencia en eso de desapariciones en el hogar es, sin lugar a dudas, la lavadora. No sé que hay dentro del tambor que los calcetines desaparecen un día si y otro también. Tal vez para ellos es una atracción de feria que gira y gira cada vez más rápido. En el centrifugado se lo deben de pasar de miedo, ¿gritarán como hacemos nosotros en una montaña rusa? O pueden que se hayan ido a comprar tabaco y no hayan vuelto. O que se encontraran por el camino a unos amigos y se fueran al bar y claro, se han liado tanto que no sabe el camino de vuelta. Lo malo de estas excursiones prolongadas, es que se van de uno en uno y abandonan a su pareja. Vaya, que si querían la separación que me consulten a mi primero ¿no? Con lo cómodo que es el divorcio express. Ahora me toca hacer parejas de hecho mixtas, los de rayas con los lisos, los blancos con los azules… que yo soy una persona de mente abierta, pero no puedo ir al trabajo con un calcetín de cada color. No sólo me verían mal y pensarían que me acerco a la locura, sino que me llamarían la atención, vía email por supuesto, pues la política de empresa es ir vestido correctamente: nada de vaqueros, nada de zapatillas y nada de calcetines mixtos.
Otro misterio sin resolver: el armario y la ropa. Ni Iker Jiménez en su programa radiofónico y televisivo podría dar respuesta a este enigma de la humanidad.
El armario tiene un sistema oculto que encoge la ropa. Si el verano pasado me valían las cosas, ¿por qué al siguiente no? Y esos vaqueros que tanto me gustaban y que me ponía a diario ¡ahora no me entran! A ver, los excesos han sido los habituales: Navidades, Semana Santa… pero no tanto como para no entrar en la ropa de la temporada pasada. Intento darle con la plancha, lo vuelvo a poner en remojo o me los pongo húmedos para que cojan mi forma... y sigue sin cerrar. Esa camiseta que me compre en la playa me queda tan ajustada que me hace dos tallas más de pecho (al menos en este caso el cambio es positivo) Vamos, que no me queda otro remedio que comprar género nuevo, a pesar de no tirar el viejo por la típica excusa de “por si adelgazo un poco”.
La vida en los armarios se nota porque la ropa se expande. Cuando cambio la ropa de temporada siempre tengo problemas de espacio. Donde tenía la ropa de invierno, no me cabe la ropa de verano y, se supone, que los jerseys son más gruesos y abultan más ¿no? Ese día pongo los pantalones con los pantalones, las faldas con las faldas y las camisas las coloco por tamaño o por color. Una semana después, todo está mezclado. Yo cuelgo las cosas bien, (como ya he dicho, culpa mía no es) y pasan unos días y vaya desbarajuste que está formado. En este caso, me parece que para las prendas mi armario es como el metro. Se suben, se sujetan a la barra y cuando llegan a su destino se sueltan y se bajan. Además, yo creo que hacen quedadas entre ellos y hacen pandillas. Los chándals se llevan fatal con las camisas de vestir pero adoran las camisetas, sobre todo las de manga corta. Las faldas largas tienen envidia y critican a las minifaldas (claro, van enseñando mucho… ¡Que vergüenza!) y los pantalones de traje intentan ligarse a los vestidos de fiesta. A este paso me montan un botellón.
El espacio es vital y las maletas son otra prueba de ello. A la vuelta, es imposible guardar las cosas tal cual estaban a la ida. Puedes colocarlo como quieras pero siempre hay algo que molesta para cerrar la bolsa. El resultado es que parece que vuelves con el doble de equipaje y los souvenirs que has comprado para regalar, como tazas o imanes para la nevera, tienes que llevarlos en la bolsa de mano. ¿Qué tengo que hacer para que quepa todo? He jugado al tetris de niña y si a la ida me sobraba espacio ¿Qué ha pasado ahora? Nunca podré entenderlo.
En esto del orden y desorden, hay un mundo más allá de nuestra imaginación…en los cajones. Sí, esos temidos cajones a los que odiamos enfrentarnos. Allí va a parar papeles y todas las cosas pequeñas que hay encima de la mesa. O el típico mueble de la entradita, con juegos de llaves de la casa de tus padres, la del trastero, la de repuesto del garaje y del coche también, la de la vecina, que te la da para que cuides las plantas y des de comer al gato mientras ella se va de vacaciones a Punta Cana. Y no pueden faltar los panfletos publicitarios de pizzas, comida china y otros tantos de comida rápida. Pero justo cuando vas a llamar, o bien las ofertas están caducadas o no los encuentras. “¿Dónde está el papel? Si yo lo dejé aquí”. Y buscas en la mesa del teléfono, miras dentro de la agenda y mueves los periódicos por si estuviera traspapelado entre medias. Y no hay rastro del papelito. Al final, decides volcar el cajón encima del sillón y poner un poco de orden: facturas de teléfono, tickets de compra del super y de resguardos de pagos con tarjeta. También aparece un cargador de móvil, ese que habías perdido pero que ya no te vale porque has cambiado de modelo… “¡anda! ¡Los pendientes que buscaba! ¿Qué hacen aquí?”
No sé si los objetos tendrán poderes telequinésicos pero lo que si es cierto es que se mueven. El cómo y por qué hay que seguir investigándolo. Yo, de momento, creo que están vivos.