lunes, 27 de septiembre de 2010

LA ESPERA

Ahora mismo no sé si odiarte o quererte, no sé si vales la pena, no sé que hago aquí sentada esperándote. Hoy iba a ser una bonita velada pero has tenido que estropearlo ¿por qué? ¿Acaso no querías venir? No sé que pensar, estoy aturdida, enfadada y tengo ganas de llorar, no de pena sino de rabia. Rabia por creerte, rabia por ilusionarme, rabia por desearte.

Esta mañana he buscado algo con lo que seducirte. ¿Un vestido? ¿Una falda? Quería estar guapa para ti y lo había conseguido. Llamé para hacer una reserva, una mesa para dos, a las 22:00. Hoy me tocaba a mí elegir y sabía que te gustaría. Durante todo el día sólo pensaba en la noche, en estar contigo y compartir agradables momentos. Disfrutar de tu sonrisa y perderme en tu mirada, pasarnos horas conversando sobre temas diversos, reírnos e incluso besarnos de vez en cuando. Iba a ser una noche especial, sólo el estar a tu lado ya era importante, la cena era lo de menos, lo principal eras tú.

Empecé a arreglarme unas horas antes. Ya lo tenía todo escogido, mientras difuminaba la sombra de ojos canturreaba, estaba contenta, emocionada. Ya sólo quedaba esperarte. Pasaban los minutos, los segundos corrían a gran velocidad. Las 20:30, las 21:00, las 21:30 y no apareces. Empecé a ponerme nerviosa, no sueles llegar tarde ¿dónde estabas? Me acercaba a la ventana por si veía tu coche, de los que pasaban ninguno era el tuyo. Tenía tentaciones de llamarte pero no me atrevía, “¿y si te ha pillado un atasco?” pensaba ingenua de mí.

A falta de diez minutos de la hora acordada con el restaurante, una llamada. Eras tú. Respiro hondo para no parecer demasiado enfadada pero la cosa empieza mal. Tu voz no es la de siempre, más tímida que de costumbre, no sabes como decírmelo, dudas… “Mira… es que… esta mañana me he encontrado a mi amigo Ricardo y me ha dicho que iba a comer con los chicos y…”. A cada palabra tuya más rabia crecía en mi interior. “He comido con ellos por la sierra y, bueno, ya sabes, que si nos han servido tarde, que si la tertulia, que si tal y cual… pues eso, que nos hemos liado y seguimos por aquí.” Me quede sorprendida con el teléfono en la mano y la boca abierta, no podía creer lo que estabas diciendo. ¡Ni siquiera estabas cerca! Te contesto que podrías haber avisado, tu respuesta esquiva me confirma que estabas demasiado entretenido. Me quedo callada, no sé que debo decirte. No soluciono nada chillándote o quejándome. Me guardo mi resquemor y muy seria te deseo que lo pases muy bien y te cuelgo. No quiero oírte más, no quiero escuchar esos “lo siento” que a mi no me valen. Todo lo que me digas son palabras vacías que se lleva el aire, no me consuelan, no son nada.

Tiro el teléfono en el sofá y me deshago en lágrimas. Todas mis ilusiones, toda mi alegría han quedado por los suelos. ¿No entiendes que sólo quería verte? Pienso en los buenos momentos y los veo como una farsa. Realmente no te importo, te da lo mismo que estemos juntos o lejos, me tratas como si no fuera nadie en tu vida.
Me acurruco entre los suaves cojines que un día fueron cómplices de nuestra pasión. Mi ropa ya está arrugada y mi llanto ha arrasado con el maquillaje. ¿No podrías haber llamado antes? Has esperado al último momento para dar la cara ante lo inevitable, te has acobardado porque no sabías que excusa poner. ¿Que puedo pensar ante eso?

Sé que para ti no es tan importante, sé que sentirás haberme dado plantón pero se te pasará en breve y seguirás disfrutando con tus amigos. Sin embargo yo sí le doy importancia, miles de pensamientos se agolpan en mi interior y no es un enfado fugaz. Esos detalles tontos son los que quedan en el fondo del recuerdo, pequeñas cosas que van mellando la solidez de una buena estructura.
Ahora mismo, no sé si quererte, no se si odiarte. Ahora mismo, no sé si vales la pena, no sé que hago aquí tumbada esperándote… no sé que hago llorándote.

martes, 14 de septiembre de 2010

ACUERDATE DE MÍ.


El día que te encuentres cansado, sin ganas de nada y sólo quieras dormir… Acuérdate de mí, porque te daré la energía que necesitas para disfrutar de cada instante.

Si sientes que la soledad invade tu vida y que no tienes a nadie con quien hablar… Acuérdate de mí, te regalaré todas mis horas para escuchar tus palabras.

Cuando rías, cuando llores, cuando grites de alegría o cuando sufras de dolor… Acuérdate de mí, quiero estar a tu lado en todos esos momentos para animarte, apoyarte y consolarte.

¿Necesitas un beso, un abrazo o, simplemente, que te mimen?... Acuérdate de mí, te cobijaré en mi regazo y besaré tus mejillas. La noche será cómplice de nuestras fantasías.

Si la distancia es un obstáculo para llegar donde deseas o si tienes lejos a los que anhelas… Acuérdate de mí, seré tus alas, seré tu velero, seré agua, seré viento.

Coge mis manos y caminemos. Me gustaría acompañarte por el incierto sendero de la vida, el paseo será más ameno y los obstáculos más fáciles de saltar.

Porque…

¿De qué tienes miedo? Del Pasado
¿Qué es lo que ansías? La Libertad
¿Qué te sobra? Seguridad
¿Qué necesitas? Comprensión.

Por todas estas cosas… Acuérdate de mí. Déjame formar parte de tu recuerdo porque te aprecio, te valoro, en definitiva, porque te quiero.

Acuérdate de mí porque cuando yo lo necesite… me acordaré de ti.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Odiosas presentaciones

¡Qué bonito es el amor! Esos momentos de felicidad por tener a tu pareja al lado, esas confidencias nocturnas en las que aseguras no haber conocido a nadie como él... Çe l’amour. Pero después te das cuenta de que no sólo tienes que conocer y convivir con esa persona, sino también con su familia. Sí, llega un día en el que resulta obligado hacer las presentaciones pertinentes y las cosas dejan de ser tan maravillosas. No es por el hecho de asimilar que vamos a tener unos suegros, el dilema es que los suegros van a tener que asimilarte a ti. ¿Pasarás la prueba del algodón?

Primera parada: casa de la chica. Ella está de los nervios por lo que pueda pasar y él novio con una cara pálida que parece que le llevan al matadero.

La Madre: La verdad que es guapete, yo me lo imaginaba más feucho pero mira por donde tiene un cierto atractivo. Además parece buen partido, con estudios, un buen trabajo y su padre farmacéutico. Vamos que me van a salir los medicamentos gratis. Se le nota que vive solo, se le ve independiente, mejor así, que sepa hacer las cosas de la casa y si plancha, estupendo, que mi niña es un poco sosita para quitar las arrugas a las sábanas. Y fíjate, va muy bien arreglado y que bien huele. Bueno, pues a ver si para unos años casamos a la niña y que nos den unos guapos retoños, porque mi pequeña era una ricura cuando nació. ¡Ay! Voy a contenerme que al final me emociono.

El Padre: Así que… es éste el que se aprovecha de la inocencia de mi hija. No sé, no me gusta mucho ¿eh? Pero claro, aquí no puedo decir nada porque mi hija va a empezar a decir que ya es mayor, que no la comprendo y que es su vida, y mi mujer que no sea así, que parece buen chico… eso también lo decían de mí cuando era joven y anda que no he sido yo gamberro. Porque, a ver, de dónde ha salido, porque nosotros no sabemos nada de este muchacho hasta ahora ¿y si es un maniaco que se ha obsesionado con mi hija? Y como me entere yo que toca a mi hija… es que… la liamos. Voy a dejar de pensarlo ya porque al final me caliento.

El hermano: ¡Por fin mi hermana se va a independizar! Calculo que para dentro de unos meses, a lo sumo un año, tendré su habitación para mí. Quitaré la cama y pondré varias estanterías, tengo unos libros en cajas que no caben en la mía, así que, será ideal ponerlos allí. Y mi colección de coches, por supuesto. También una mesa para el ordenador, la impresora y tendré espacio para jugar a la wii con los colegas¡¡Genial!! Tendré que poner unos sillones, va a ser estupendo.

El novio: ¡Madre mía, en dónde me he metido! La madre no deja de inspeccionarme de arriba abajo, ¿tendré alguna mancha? Este camisa estaba limpia y he tenido cuidado de no pringarme mucho con la salsa. Y el padre… si es que no se ríe ni nada, seguro que cuando acabemos me va a decir que le acompañe, me va a bajar al trastero y me saca la escopeta... es que lo estoy viendo. O que me pregunte que qué intenciones tengo con su hija, a ver si va a ser guardia civil y ella no me ha querido decir nada para no asustarme. Menos mal que ya sólo queda el café.

La novia: Mira que le dije a mi madre que no hiciese tanta comida, si es que va a sobrar de todo. Por favor, que mi padre no diga nada, que no le quita ojo de encima y eso que les avise para que no le hicieran la radiografía, vamos, si es que parece que no quieren que encuentre pareja. Para un chico decente que conozco y al final me lo van a chafar.

Pasado este mal trago, la pareja puede respirar tranquila. Pero días después toca cena en casa de la familia del novio.

La madre: No se qué ha visto mi hijo en esta chica, es muy normalita, nada que ver con sus anteriores parejas. Al menos, educada sí parece pero para vestir no es que tenga mucho gusto, y no es por criticar pero ¿no podría ponerse algo más alegre? Que parece que vamos de funeral con tanto negro. ¿Será tímida? A ver si es de las que al principio van de buenas y luego, cuando ya tienen todo controlado, sacan los pies del tiesto y ¡de qué manera! Vamos, que se compran una cosa juntos, se casan, tienen niños, se separan y se queda con todo y deja a mi niño en la calle. ¡Eso no lo pienso consentir! Ya hablaré yo con él para que no se fie, que hay mucha lagarta suelta y uno no puede fiarse de cualquiera.

El padre: Es un encanto. Por fin ha encontrado una chica decente y simpática y le gusta el cine de terror como a mí, que grata sorpresa. Un día les invito al cine y así nos conocemos más que a la muchacha se la ve cohibida. Es culta y además guapa, si es que mi hijo sabe elegir bien, como su padre, jeje.

La hermana: Con las cosas que tengo yo que hacer y aquí de charla. He dejado puesta la lavadora y no me apetece llegar a las tres de la mañana y tener que tender, porque, vamos, ya me conozco yo estás cenas de presentación oficial: que si el café, que si el licor, que si una copa… A ver luego quien mete al niño en la cama con lo que le gusta merodear. Además, mañana tengo que pasar unos informes para la reunión del lunes. Y eso que les avise que este fin de semana me venía muy mal. ¡Qué poca consideración!

El cuñado: ¿Ahora con quien juego al pádel? Con el buen equipo que formábamos, hoy pensaba decirle que en mi oficina han organizado un campeonato pero me parece que ya nada. Porque como sea igualita a mi mujer durante el noviazgo, ¡que cansina! No me dejaba ni un minuto tranquilo y ahora, ahí la tienes, a sus cosas y ni caso. Si lo sé no me caso.

La novia: ¡Por favor que termine esto ya! Quiero irme a mi casa, ponerme las zapatillas y el chándal y ver la tele tranquila. Me siento observada por todos los sitios, cada cosa que hago o digo no sé si está bien o está mal. Ufff… la madre me mira mal. Seguro que cuando hable con su hijo le hará alguna crítica. Voy a decir que no me encuentro bien, ¿finjo un mareo? No, eso no que se va a pensar que estoy embarazada y casi es peor. Bueno, a ver si le puedo hacer alguna seña y nos vamos.

Nos guste o no, es un trámite que hay que pasar. Es como presentarse a un examen importante. Vas preparado pero llega el día, los nervios afloran y nos quedamos en blanco, tan en blanco que hasta metemos la pata. Lo haremos mejor la próxima vez.

jueves, 26 de agosto de 2010

Dominando el espacio

Tengo un amigo que está agobiado a causa de su novia. Bueno, ya lleva una temporada diciéndonos que su chica no le deja ni a sol ni a sombra. Al principio insistió en que conociera a sus amigas y luego conocernos a nosotros, los amigos de toda la vida. Después, ella quería estar más tiempo con él, con lo cual dejaba de quedar tan a menudo con nosotros para poder ir al cine o a cenar con su novia. Eso es normal, cierto, pero cada vez la chica le pedía que hiciesen más cosas juntos: jugar al tenis, ir a clases de bailes de salón, correr juntos… incluso se apuntaron a un curso de esgrima, pero sólo duraron unos meses. Cuando Dani se saturaba, nos llamaba para contarnos que se sentía encadenado. Decía que estaba perdiendo su independencia.

La gota que colmó el vaso fue la invasión de su espacio vital, su casa. Dicen que si tu pareja deja su cepillo de dientes en tu casa, estás perdido… pues no. Cuando vayas al cajón y veas que en lugar de calzoncillos hay braguitas y tangas y que tu lencería ha pasado a formar parte del segundo cajón, junto con los calcetines, échate a temblar. Abre el armario, si te encuentras una falda y un vestido para estar por casa y que tus pantalones están un poco desplazados hacia laderecha, respira hondo y cuenta hasta 100. Y por último, ve al baño. Si tu crema de afeitar, colonia y desodorante están en una banda superior y la inferior está invadida de cremas de día, de noche, contorno de ojos, un estuche de pinturas, perfume de mujer, así como otros elementos del cuidado femenino… entonces sí que estás perdido.

La verdad es que todas estas cosas las hacemos inconscientemente sin pararnos a pensar que puede ser incómodo para la otra persona. ¿Qué se nos pasa por la cabeza cuando decidimos dejarnos algo de ropa en su casa? Pues muy sencillo, comodidad. Si vas a dormir un fin de semana sí y otro también en su casa, es un engorro estar con una bolsa de aquí para allá con ropa para cambiarte y las cosas de aseo, así que, decides dejar unas braguitas y las cremas que están más usadas y te compras unas nuevas para la tuya. La elección de donde colocarlo tiene que ver con la accesibilidad. Será más fácil que un hombre llegue a las baldas más altas ¿no?

Pero todo esto, se va haciendo tan lentamente que el pobre muchacho no se da cuenta de lo que ocurre hasta que ya es demasiado tarde. Siente que le ha robado parte de su vida sin consultarle, como si le hubieran quitado una parte de su intimidad porque una cosa es tener visitas esporádicas y otra muy distinta instalarse como algo permanente. Vamos, es como el que llega para quedarse unos días, y pasan las semanas y sigue sin marcharse.

Sea como sea, el caso es que una vez que hemos entrado en su espacio las brechas se abren. Empiezan a darle vuelas a la cabeza y cuanto más piensan más agobiados se encuentran. Ven como la puerta de la libertad se cierra lentamente ante ellos y no saben cómo pararla. Probablemente nos vean como policías husmeando cada rincón: se acabaron las cervezas con los amigos viendo el partido, eso de pasearse desnudo por la casa dejará de ser lo habitual, nada de fiestas y, mucho menos, traer a desconocidas. “Es mi casa y yo decido” se dicen a ellos mismos en el momento de mayor cabreo sin embargo, a la hora de la verdad, se les hace complicado explicarlo sin que resulte ofensivo.

Y nosotras, mientras tanto, al margen de todo este batiburrillo de pensamientos, haciendo planes para los días siguientes con un entusiasmo que ni los niños pequeños con zapatos nuevos. Y lo que es peor, que no nos percatamos de que invadiendo su vida ¡¡hundimos todo el barco!! Como ya he dicho, es algo que sale por sí solo, de forma tan natural que no pensamos que sea un error. Lo que no entienden es que lo hacemos para estar con ellos. Igual que el dicho “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”, para introducirnos en sus vidas y conocerlos más a fondo nos adentramos en sus moradas puesto que ellos suelen ser reacios a hablar de sí mismos y de lo que piensan. Porque, aunque no lo parezca, una casa dice mucho de alguien: una habitación ordenada, un baño descuidado o una cocina con plantas y adornos. Incluso los muebles y la decoración pueden darnos pequeñas pistas de los dueños del lugar. Y justo eso es lo que temen.

En sus mentes la bola se va haciendo más y más grande. Imaginan que si ya nos hemos apoderado de la habitación y el baño, lo siguiente será la cocina. La compra será para dos y quedarán fuera de la dieta congelados, pizzas, perritos, hamburguesas y otros caprichitos que le alegraban la tarde de los sábados y domingos. La nevera también quedará trasformada. Suelen meter las cosas tal como las sacan de la bolsa, formándose una montaña de alimentos en la que sólo ellos encuentran lo que buscan. Nosotras, en cambio, buscamos la colocación idónea para los yogures y otra para el queso y la fruta.

Ya sólo les queda el salón. Chicos, si el mando no está en vuestro sitio no tenéis escapatoria. Es más, si en el sillón de una plaza, ese que heredaste de la casa del pueblo de tus padres porque era comodísimo, ves una mantita doblada en uno de los brazos y un cojín, que antes no estaba, apoyado en el respaldo la invasión es casi completa. Bueno, si al menos tiene los mismos gustos no habrá mucho problema, pero si es de las que se engancha a un culebrón o los programas de famosos la mejor será que compres una televisión nueva. “¿Pero porque me tengo que ir yo a mi habitación si es mi casa?” pensará incrédulo ante la situación, y estará en lo cierto.

Dichos populares aseguran que “por la caridad entra la peste” o que “donde hay confianza da asco”, así que, para evitar estos malentendidos, lo mejor para todos sería ser más claros. Nosotras respetar sus cosas y preguntar antes de actuar, ellos abrirnos las puertas de eso que tanto esconden, su interior.

lunes, 16 de agosto de 2010

VACACIONES DE VERANO

Momento de vacaciones… y momento de tensiones. Sí, las vacaciones de verano suelen ser las más conflictivas para todos, ya estés soltero, casado, con hijos o con la familia al completo. Durante todo el año el estrés nos lo provoca el trabajo y consideramos el hogar como el reino del descanso. En el periodo estival, cuando la casa es el trabajo, no hay momentos para descansar. El primer gran dilema de las vacaciones familiares: ¿Dónde vamos? No vale cualquier sitio, hay que amoldarse a la situación personal, no sólo económica sino de los integrantes del grupo.

Por ejemplo, un matrimonio con dos niños, uno de 5 y otro de 7 años. No pueden ir a sitios de visitas culturales, los peques se cansarían rápido, se aburrirían y sería imposible seguir el planning establecido. Lo más práctico, playa y piscina, pero ¿camping, hotel o apartamento? El camping es el más económico pero pasar 15 días escuchando los ronquidos del vecino de la parcela de al lado o despertarse muy de mañana por el calor y la claridad no son unas vacaciones del todo halagüeñas.
El apartamento es más cómodo, es…como una segunda casa y justo por eso pueden surgir las tensiones: hacer la comida, las camas, poner lavadoras (la ropa de los niños se ensucia día si día también)… El hotel resulta más caro pero cuenta con actividades para los críos así como la posibilidad de evitar gastos adicionales de comidas y cenas.

¿Qué hacemos? Aquí es donde cobra gran importancia el presupuesto familiar, según lo que uno pueda gastar, elegirá no sólo el destino sino la forma de veranear.
Las cosas se complican un poco cuando el número de hijos es mayor o vienen los abuelos u otros familiares. Se decide alquilar un apartamento entre varios y, no te explicas cómo, todos los años se produce una gran invasión. Colchones hinchables en el suelo, algunos duermen en el sofá cama y varios apretados en la habitación. A esto se le suma las complicaciones del momento del baño, preparar comida para todo un regimiento, levantarse sin hacer ruido para no despertar a los dormilones o acostarse tarde por los trasnochadores.

Las malas caras están aseguradas. Reprochas a tu marido que no está pendiente de los niños, tu cuñado no deja de fumar en el salón y no sabes cómo evitar que la abuela haga demasiados esfuerzos. La mujer quiere sentirse útil y lo hace con toda su buena intención pero, entre unas cosas y otras, en lugar de ayudar dificulta y contestas de malas maneras, algo, que más tarde, te hará sentir culpable.

Hablamos de familias al completo pero ¿qué sucede con las parejitas de enamorados? Los primeros días les ves cogidos de la mano por el paseo marítimo y muy románticos, pasada una semana será fácil ver a la chica de morros y él con mirada indiferente. ¿Qué ha sucedido? Fácil. Pequeños roces del día a día que son más comunes en aquellos que aún no han dado el paso de vivir juntos. Algo tan simple como no bajar la taza del bater o dejar la pasta de dientes abierta pueden dar lugar a grandes discusiones. También puede afectar el hecho de no coincidir en las cosas que se quieren hacer: “Podríamos ir a tomar algo esta noche al pub que vimos el otro día”, dice ella. “No me apetece mucho, estoy cansado. Mejor vamos mañana”, contesta él. Pero a ver, ¿cansado… de qué? Pues de estar tumbado porque, como se suele decir, cuanto menos haces menos quieres, así que, otra vez con movidas. De hecho, se han dado casos de recién casados que, a la vuelta de la luna de miel, deciden separarse, ¿Qué tendrán las vacaciones que tanto alteran?

Los solteros que deciden viajar con los amigos no se libran de esta tortura. Suelen buscar cosas más bien baratas y por internet, total, cuando no están en la playa o visitando cosas, estarán de fiesta. La habitación sólo para dormir y por si hay alguna aventurilla veraniega. Aquí lo difícil es elegir el destino y lo que se hará durante el viaje. Unos votan por hacer el Camino de Santiago: “Que sí, hombre, ¡que va a estar genial! Es toda una experiencia”. Por otra parte están los que adoran ir de fiesta: “¡Ibiza, Cuba, Punta Cana! ¡Vamos a quemar la noche!”. A ver, que no es por no ir pero que para fiesta me quedo en mi ciudad y no me gasto un dineral en un viaje para sólo vivir de noche y dormir de día, que eso se puede hacer en invierno ¿no?

Finalmente, se decide hacer un viaje mixto que incluya algo cultural y, a su vez, playita y terrazas nocturnas: Las Islas Canarias.
Personalmente, considero que más de cinco personas son demasiadas para viajar, siempre será más complicado ponerse de acuerdo.

Mi amiga Sonia, siempre impecable y glamurosa, no prescinde nunca de sus zapatos de tacón. Con lo cual, no puede ir rápido, le cuesta andar por calles empedradas y, como se cansa antes, pide que descansemos cada media hora.

Roberto es también de poco andar. Es un chico encantador y que ameniza las veladas como nadie con sus chistes y chascarrillos, pero le va más el picoteo y la cervecita, bueno, y que no falte el aperitivo, claro.

Sandra es la reina de la noche. Ve una discoteca y nos quiere arrastrar como sea, “sólo 20 minutos” nos asegura, pero acaban siendo dos interminables horas. Habla con los relaciones del local y siempre se las ingenia para que nos hagan descuentos en las consumiciones. Eso sí, olvídate de despertarla por las mañanas, no se mueve.

Nos cuesta ponernos de acuerdo pero, finalmente, llegamos a un consenso, eso sí, no sé por qué, salimos perdiendo los de siempre.

Vayas como vayas y a pesar de ir con gente que conoces de siempre las vacaciones pueden complicarse por pequeñas cosas. Lo importante es tener paciencia, saber respetar a los demás (y que nos respeten, claro) y que cada uno haga de su tiempo lo que más le guste. Pero ante todo hay que disfrutar.

jueves, 5 de agosto de 2010

REFLEXIÓN: No se sabe lo que se tiene hasta que se pierde

A veces no somos conscientes de lo que nos rodea. No valoramos lo que tenemos ni tampoco nos conformamos: el que tiene un coche pequeño desearía tener uno mejor, el que tiene un buen trabajo se queja y le gustaría cambiarse, incluso las personas de pelo oscuro prefieren tenerlo claro y los bajos darían cualquier cosa por ser más altos.
Este ansia por poseer aquello de lo que prescindimos, nos hace olvidar los pequeños detalles que son la esencia de la vida. Es más, nos olvidamos de lo más importante, las personas que nos rodean.

No nos damos cuenta de la suerte que tenemos de tener a gente que nos aprecie y valore: padres, abuelos, tíos, primos, amigos, parejas, hijos, maridos o esposas. Están a nuestro lado durante todo el camino, ya brille el sol en el cielo, ya se acerquen momentos de tormenta. Nos escuchan, nos aconsejan o, simplemente, sabes que puedes contar con ellos. Sin embargo, estamos tan ciegos pensando en el ajetreo diario que caen en el olvido.
Sólo nos damos cuenta cuando, por diversas circunstancias, no están a nuestro lado, cuando les hemos perdido.

Uno no aprecia su ciudad o país natal hasta que no vive fuera. Pasar un periodo vacacional en ciudades distintas a las nuestras no sólo es gratificante, sino que se aprecian nuevas culturas y formas de vida. Nos adentramos en su historia, su gastronomía e, incluso, buscamos regalos para llevar de recuerdo. Sin embargo, es muy distinto cuando vivimos allí durante largos periodos. Todo cambia y hay que adaptarse al clima, al idioma… a todo. Aunque pasen muchos años y estés satisfecho con esa nueva vida, hayas prosperado y todo vaya viento en popa, es inevitable no echar de menos los olores de tu infancia, los sabores de la comida de siempre, abrazar a los seres queridos que están a miles de kilómetros de distancia.

Los jovencitos rebeldes se sienten atrapados en sus casas bajo el inevitable control de los progenitores. Pasada la juventud y llegada la verdadera independencia, se añora volver al nido familiar. Toca asumir nuevas responsabilidades: trabajo, hipoteca o alquiler, pago de facturas, quehaceres del hogar… Un sin fin de cosas que antes nos daban hechas y que ahora no tenemos más remedio que hacerlas por nosotros mismos, repartiendo el tiempo entre los pocos ratos de ocio y la amplia jornada laboral. Echamos la vista atrás y valoramos que al llegar a casa tuviéramos la comida en la mesa, lista para comer o que la ropa estuviese en el mismo lugar que hace dos días, lavada y planchada como si no la hubieras tocado.

También nos olvidamos de las emociones. Sí, increíblemente, los hombres, que somos los animales que tenemos más capacidad de razonamiento y pensamiento, en no pocas ocasiones prescindimos de esas cualidades innatas en nosotros. Además, cada vez nuestras sociedades nos convierten en seres individuales, donde no sólo se ocultan los sentimientos a los otros sino que se evita tener cualquier contacto táctil con otras personas. Abrazamos poco y besamos mucho menos. Nos hemos vuelto ariscos, recelosos y desconfiados y eso impide que veamos más allá de lo que alcanza nuestra mirada.

Damos por sentado que los que están a nuestro lado saben que les apreciamos, sin embargo, ponemos miles de excusas que nos impiden visitar a los seres queridos más a menudo o decirles cuanto les queremos. Con lo fácil que es decir “te quiero”, “te echo de menos” y somos incapaces de expresarlo.
Es cuando ya no están cuando nuestro interior se mueve por dentro. Nos arrepentimos de no haber dicho aquello que sentíamos o haberlo demostrado con hechos. Cuando el sueño eterno viene a buscar a los seres queridos es cuando más se les echa de menos, cuando la distancia impide un contacto más directo, se les añora más que nunca.

Toda pérdida supone un estado de angustia y pesar y no es menos el amor de pareja. Es en este aspecto de la vida donde más se evidencia que las cosas, y las personas, no se valoran hasta que las hemos perdido del todo. Los primeros pasos del amor suelen ser gloriosos pero la rutina y la monotonía irrumpen en nuestras vidas. No nos incentiva seguir conquistando a la otra persona, no buscamos nada nuevo que nos pueda ofrecer o que podamos dar, simplemente nos dejamos llevar como una barca en un río tranquilo.

A veces somos nosotros los que no nos hemos dado cuenta de cuánto valía esa persona que dormía a nuestro lado. Pasado el tiempo y mirando al pasado, recordarás ciertas cosas que, en su día, no les diste importancia y que ahora si se la das. Pequeños detalles que pasaron inadvertidos y que, justo eso, motivó que la otra persona se cansase de hacerlo. En otras ocasiones, somos nosotros lo poco valorados y, agotados por tirar siempre de la cuerda, tiras la toalla y te rindes a que sea el destino quien decida. En cualquiera de los dos casos, puede que sintamos deseos de volver a retomar el contacto, por muy pequeña que sea la posibilidad, pero lo hacemos motivados por ese duendecillo que llevamos dentro que nos dice que nos equivocamos. Pero… ya es tarde esa persona a quien dejamos ya tiene su vida o esa persona que nos dejó ya no significa nada en nuestras vidas.

Porque esa barca que navega en el río no avanza si no es hay colaboración. Si sólo se utiliza un remo, el bote girará constantemente sobre sí mismo, si una persona se encarga de los dos remos, el avance será muy lento y el remero se cansará rápido y si nadie rema, la barca sólo flota y se deja llevar por la corriente pero nunca llegará a un buen puerto.

En el amor, en la amistad, en el trabajo y en el hogar el apoyo de todos será la energía para seguir adelante en nuestro camino.

jueves, 22 de julio de 2010

La Regla

Mucha gente dice que ser mujer es un privilegio porque tenemos la posibilidad de crear vida, aunque ya hay hombres que se han quedado embarazados (vaaaleee… en su día fueron féminas... pero la ciencia…es la ciencia).

Sí, es muy bonito eso de los niños, mirar como crecen y sentirse orgullosa de ello, pero para pasar por eso, además de aguantar dolores durante el proceso de gestación y de vernos cada vez más gordas, tenemos que pasar por el gran dilema de la mujer, el periodo, más comúnmente conocido como “regla”.

Siempre está incordiando pero nunca se puede hablar de ella, ¡parece que es un tema tabú! ¿No se supone que es algo natural? Entonces ¿por qué nos cuesta tanto ser claras con eso? Utilizamos frases como “estoy mala” “ya ha venido Andrés (el que viene cada mes)”, “estoy con la de rojo”… Cualquiera podría pensar que te estás montando un trío para aliviarte el dolor de cabeza.
La menstruación nos viene a visitar muy jóvenes, tanto que nos sorprende y nos asusta. “¡Mamá, mamá! Me está sangrando” gritas desde el baño con tan sólo 10 ó 12 años (algunas aguantan hasta los 14... ¡¡Tendrán morro!!). Tu madre corre como loca y cuando te ve sentada en la taza con las piernas colgando y las braguitas con la prueba del delito, en lugar de preocuparse, se emociona y dice “¡ay! Que mi niña ya se ha hecho mayor...” y te estruja la cara, con un beso en la frente y un abrazo. A ver… que yo no quería sangrar, ¿vale? Y, lo más importante, ¡quiero que se vaya!
Ya de mayor, que sabes de qué va el tema, la regla sigue siendo molesta, incluso más que antes. Te aparecen dolores de todo tipo: espalda, riñones, ovarios…Los pechos se hinchan y se ponen duros como piedras y, claro, también duelen cuando andas o corres. Y no me olvido de los granos. Siempre aparecen en lugares bien visibles y si te da por apretarlos, estás perdida porque te dejas la señal y se multiplican por las mejillas, cerca de la oreja, en la nariz o, directamente, en el mentón.

La revolución hormonal no termina ahí, no, no… aún queda mucho más, porque eso es sólo el aviso. El Síndrome Pre Menstrual (SPM) es ya el indicativo de que te queda poquito para que el padecimiento sea total. Los cambios de humor pueden derivar en llantos por cualquier tontería o en arrebatos de ira sin venir a cuento. Estás leyendo una revista del corazón y una famosa se separa por la infidelidad de su novio, y ya te empiezas a emocionar. Tu pareja te mira con cara de “a ésta que la pasa ahora…” y tú gimoteando “¡Ay, que pena! ¡Por qué pasan estas cosas!” y te levantas llorando a lágrima viva y moqueando. Ver una película de drama o escuchar una canción romanticota también te provoca estados de lo que podríamos llamar Pena Hormonal, no sabes por qué pero te entristeces y te pones melancólica sin motivo alguno. Los arrebatos de ira incontrolada también son muy comunes con el Síndrome. Le pides a tu chico que compre zumo de naranja y yogures de fresa y trae un zumo de piña, porque de naranja no había, y se ha olvidado de los yogures. Esa tontería para ti es un mundo y estallas con todas tus ganas sintiéndote incomprendida porque todo lo tienes que hacer tú. Cualquier hombre nos puede preguntar que por qué nos ocurre esto o que no lo entiende. La verdad, yo tampoco lo entiendo, simplemente, pasa.

Muchas veces, la regla viene cuando no tiene que venir o cuando tienes algo importante. Puede acudir sin avisar en Nochevieja, en una boda de una amiga, ¡tu propia boda! O cuando vas a tener una noche loca con un amigo. Eso sí, su aparición estelar siempre es en los viajes.
Tus amigas y tú habéis planeado un viaje a… ¡IBIZA! Una semanita de playa, fiesta, ropa blanca ibicenca y muchos chicos guapos. Según tu calendario biológico, te baja la semana siguiente así que… ¡A disfrutar! En el avión notas un cierto pinchazo… “el café te ha sentado mal” piensas, pero cuando llegas a tu destino presientes que vas a tener esa visita que no esperabas. Y en el hotel ya lo confirmas “¡No me lo puedo creer! Pero ¿por qué ahora?” No te queda más remedio que tomarte un ibuprofeno para aliviar los dolores y al mirarte en el espejo, ves un enorme grano en el moflete izquierdo. Vamos, que aunque te maquilles va a salir en todas las fotos. Así que, olvídate de ponerte ese modelito fashion que te compraste tan vaporoso y tan blanco, una simple mancha se vería a kilómetros. Y por supuesto, nada de ligar con varios morenazos bronceados y cachitas.

Y es que, aunque calcules, nunca sabes si te va a cuadrar o no, incluso te puede afectar el estrés, las dietas… Eso sí, cuando la regla se nos retrasa lo pasamos mucho peor. Empiezas a calcular cuando fue la última vez que tuviste temita o, si es con tu pareja, si ha podido pasar algo raro, “no, no puede ser... si tomamos precauciones”. Si eres de las que toma la píldora (supuestamente suele provocar más regularidad) y tienes un retraso, vas corriendo al neceser para ver si te cuadran las fechas.
De cualquier forma, los agobios y los nervios nos hacen sentirnos más inseguras y cada vez que vamos al baño miramos si ya ha llegado. De hecho, te buscas los síntomas propios y si notas cualquier pinchazo ya crees que puede ser ella. Nos obsesionamos tanto que, muchas veces, eso mismo hace que se retrase aun más y se convierte en un círculo vicioso.

De jovencitas ¿no os ha pasado tener vergüenza de bajar a comprar al super? “¡Jo! Se van a dar cuenta de que estoy con la regla y me van a mirar raro”. Ese pudor a que te miren también nos hacía ponernos una chaqueta atada a la cintura para taparnos el trasero. Nos atemorizaba pasar por delante de un grupo de chicos sentados en el banco de la esquina y entre ellos estaba Samuel, que te gustaba muchísimo y “¡me va a notar que llevo compresa!”. También evitábamos bañarnos y lavarnos la cabeza por si nos pasaba algo, ¡se nos podría cortar la regla o volvernos locas! Amenazas y consejos que nos llegaban de pasadas generaciones. ¡Ay! Si nos vieran ahora.
En cuanto a las compresas hay tantos modelos que nunca sabes cual escoger: Normal, Super o Superplus, con alas o sin alas. Pero no nos engañemos, llevar una compresa es incómodo. Las alas se acaban despegando y te rozan las ingles, la has colocado demasiado arriba y los bordes te rozan los cachetillos, has manchado un poco la braguita y, lo que es peor, sientes que llevas un pañal mojado constantemente.
Los tampones también tienen su historia. La primera vez que los usas, casi gastas la caja de tanto probar y que no se quede bien colocado, y eso que te has leído las instrucciones fijándote bien en el dibujo. Me pongo de pie con una pierna en alto, tengo que coger el tubo con dos dedos y con la otra mano empujar el segundo tubo en dirección a la espalda… ¿hacia la espalda? Y ¿cómo lo llevo hacia la espalda si, tal y como estoy, iría hacia arriba? Quién escribiese esas indicaciones debía ser equilibrista. Eso sí, menos mal que los de ahora llevan el tubo de aplique, porque los de antes, de forma manual, vamos, igual que un supositorio.

Todas estás cosas nos pasan a las mujeres, ¿sigue siendo tan bonito? No hay cuentos de hadas, ni sé a que huelen las nubes ni sonrío por la calle cuando ni un ibuprofeno me quita el dolor de vientre. Lo que sí sé es que en esos días me armo de paciencia, me mentalizo que son unos días y, sin duda alguna, unos mimitos son el mejor remedio casero cuando estamos malas.