Llego a casa y lo primero que hago es encender el ordenador. Miles de cosas pendientes por hacer y trabajo que concluir, falta de tiempo, estrés… Carpetas esparcidas por la mesa, el suelo… creo que no lo podré terminar y me angustia.
Siento que la puerta se abre, eres tú asomando la cabeza. Sabes que hoy no es mi día, que estoy mal, que poco me falta para cabrearme por todo. Te acercas sigilosamente para darme ánimos. Pones tus manos sobre mis hombros y me empiezas a dar un suave masaje al notarme tensa. Me encanta que me des masajes, me encanta sentirte en estos momentos que se me hacen cuesta arriba, pero te digo que no puedo entretenerme, que hoy será una noche larga… pero no paras. Envuelves mi cuello con tus dedos, lo mueves a tu antojo, lo acaricias, lo amasas… Subes por los lóbulos de las orejas y te paras en mi sien, rodeando después mi cabeza… te enredas en mi pelo, juegas con él. Tus manos me relajan, me hacen sentir fuera de este mundo de tensiones y me acercas a un lugar de descanso, sin ruidos, sin nada… sólo yo y lo que siento, te siento a ti.
Mientras tus manos me miman, posas tus labios en mi nuca. Noto tu aliento, tus labios húmedos que ascienden por mi mejilla y te apoderas de mis labios. Con mi cabeza hacia atrás y entre tus manos, me dejo hacer… necesito que pares, quiero hablarte pero no me dejas, pones un dedo en mis labios en señal de silencio, no quieres que piense, no te detienes. Dibujas la silueta de mi boca, mirándome fijamente a los ojos como si fuera la primera vez que me ves. Acaricias mi labio inferior, lo deslizas hacia abajo, acercas tu dedo a mis dientes… sabes que voy a morderlo suavemente y sé que lo estás deseando. Estas jugando conmigo, me engañaste, pensé que me ibas a relajar y me estás adentrando a una tensión más intensa, más calurosa, más placentera. Te pones frente a mí, desabrochas los botones de mi camisa lentamente mientras te miro de manera inquisidora. Quiero pararte, decirte que ahora no, pero no puedo hablar, tus manos cada vez me cortan las palabras y me aceleran la respiración. Pero, no… no te detengas… has despertado a esa felina de ojos de mar.
Te inclinas y me besas. Tus dedos quieren hacerse hueco entre los bordes de mi sujetador. Un aventurero sondea el terreno, lo palpa, lo acaricia y llama a los otros que van adentrándose hábilmente en tan pequeño obstáculo. Entre todos consiguen retirarlo y tu boca, que desciende por mi garganta, se apodera de uno de mis cuarteles generales. Contengo la respiración, mis latidos se aceleran a cada movimiento que haces… No me da tiempo a pensar, sólo sé que me tienes en tu poder, que estoy cayendo al abismo de tus fantasías y me gusta.
Derepente, algo me sobresalta. Sutilmente, tus valerosos solados han pasado la frontera de mi falda. Se deslizan agazapados para penetrar en mi puesto de mando, allí donde se encuentra el más grande de los poderes. Tus labios se vuelven a posar en los míos, va subiendo el ardor de tus besos, hemos dejado atrás la ternura para dejar paso al deseo. Suspiramos, sonreímos… pero no hablamos, sólo nos escuchamos. Quiero escapar de tus garras y tomar el mando, pero hoy no, hoy me tienes acorralada y me miras en un reto que sabes que no puedo ganar.
Te arrodillas y vas subiendo mi falda negra por mis muslos, aún dorados por el sol del verano que ya se fue. Me muerdo los labios, sé a donde vas a parar y sé que será ya no tengo salida. Sentada en una silla de despacho, con el portátil en la mesa y papeles por el suelo, me siento como una alta ejecutiva que está siendo seducida por uno de sus subordinados. Es como una atracción fatal, sé que es la perdición pero no soy capaz de frenarlo, algo hay que me lo impide, porque quiero que siga, quiero que vaya mas allá, que pase al mundo de lo prohibido. Lo deseo, lo quiero, lo anhelo…
Bordeas mis muslos con tus manos, sólo un sutil movimiento ha sido necesario para deslizar un pequeño trozo de tela por mis piernas, adueñándote de ellas subiéndolas a tus hombros.
Me resbalo en tu dirección y apoyo mi cabeza en el respaldo, no quiero mirar, no quiero verlo, prefiero dejarme llevar por los sentidos. Rozas con las yemas de los dedos la parte interna de mis muslos, un roce tan leve y tan sutil que haces que toda mi piel se erice. Pasas la punta de tu lengua tan cerca de las ingles que no puedo evitar encoger mi cuerpo. Quieres hacerme esperar, quieres que te lo reclame… Me separas más las piernas, ahora ya no puedo escapar de ti, estoy totalmente rendida, sin fuerzas para poder luchar ante tanta pasión. Te acercas, ya noto tu aliento… queda poco para la acometida, la punta de tu afilada daga me busca. Nada más sentirla, ceso de respirar. Mis labios han cortado el principio de un suspiro, mis ojos más cerrados, mi vientre se contrae en un acto reflejo… es como si el tiempo se parase, quiero retener ese momento. Quedarme con todas las sensaciones que me ocurren, quisiera poder descifrar cada cosa que siento pero es imposible, son tantas que no puedo detenerlas. Sigues, te noto, te siento… cada vez más abajo, cada vez más arriba, cada vez más dentro. Se me escapa un pequeño sonido, un gemido, una señal del comienzo de un camino lleno de placeres.
El corazón me late fuertemente, noto la sangre correr por mis venas… Me alteras, me enciendes. Siento el calor de tus labios, cada vez más húmedos, que vienen y van como una barca surcando un mar embravecido. Tiemblo, me tenso, un rayo recorre mi cuerpo de la cabeza a los pies. Me aferro a los brazos de la silla, arqueo mi espalda… caigo a un vacío celestial. Te detienes… me miras con una mezcla de dulzura y de deseo. No me movería, quisiera disfrutar de este momento tan fugaz.
Eres tu quien me levantas y me envuelves en tus brazos. Me pego a tu cuerpo, noto tu calor y tu fuerza, tu caballo pura sangre quiere salir, está desbocado… Me sostienes en vilo y me aferro a ti con mis piernas mientras me llevas a una pared. Aprovecho a ponerte nervioso… paso mi lengua por tu cuello, beso tus lóbulos y busco tu boca. Empezamos un baile desenfrenado, pegados fuertemente como si fuéramos uno. Siento tu respiración entre cortada, suaves gemidos que se pierden entre besos y caricias. Siento como si una espada penetrase en mi interior, hundiéndose cada vez más en mis entrañas, grande, fuerte, afilada… Ya no me quedan fuerzas, me estoy deshaciendo... voy a desfallecer en tus brazos, quiero rendirme a ti.
Recorro tu espalda con mis manos y clavo mis uñas en tus hombros, mi ultimo suspiro, mi ultimo aliento… no te detienes, somos uno… te tensas, detienes todo movimiento. Me aprietas fuertemente y caes rendido en mis pechos. Silencio, no hay nada, no queda nada… sólo estamos tú y yo… únicos… uno.
sábado, 24 de abril de 2010
martes, 13 de abril de 2010
Cuando te vas
Ahora que te tengo lejos, te echo de menos. Dime cuando vuelves, dime cuando podré volver a tenerte. Odio la distancia, ese gran obstáculo que me impide estar contigo, sentirte, quererte. ¿Por qué tuvieron que proponértelo? ¿Por qué tuviste que aceptarlo? Ojalá lo hubieras rechazado. Fui sincera al decirte que tenías que aprovechar la oportunidad pero en mi interior no quería que te fueras. Sí, es cierto, soy egoísta y me duele aceptarlo, pero más me duele no tenerte a mi lado. Reconozco que para ti ha sido un gran ascenso y me alegra que valoren tu trabajo, pero se me rompe el alma cada vez que te vas. Se me hace difícil las despedidas en el aeropuerto, siento tus abrazos como si fueran los últimos y me aferro a tus labios para no querer soltarlos. Evito llorar, no quiero que me veas triste, es en el coche, cuando ya no estas, donde mis ojos se humedecen.
Ibas para tres meses y ya son ocho meses sin ti. Las llamadas que antes teníamos casi a diario se están espaciando y ya no me escribes por las noches contándome la soledad de la cama vacía o el intenso día de reuniones. ¿Qué te pasa? ¿Qué te está cambiando? Siento que te estoy perdiendo pero no puedo preguntarte cuando estamos juntos, no quiero estropear las pocas horas que nos quedan. Dulces momentos que siempre terminan en amargura. Nunca creí en las relaciones a distancia y ahora que me ocurre, ¿qué he de pensar?
Añoro esos largos paseos que nos dábamos y el café de las seis los domingos. Aún me acerco a la pastelería donde comprábamos nuestro pastel y repaso una a una las fotos del último verano. Desearía que pudieras ver mi rostro en esos momentos. Un brillo especial aparece en mis ojos cuando pienso en ti y una tierna sonrisa cuando te recuerdo acurrucado en mi pecho, dormido, silencioso, irresistiblemente atractivo.
Las noches son demasiado largas sin estar a tu lado, en sueños te busco y me despierto con el frío de un espacio en blanco. Ya no tengo el calor de tu cuerpo ni las caricias que me adormecían, ya no disfruto de tus besos ni de tu pasión desbordada. En mi habitación ya no surgen los juegos que los dos provocábamos y ya no se oye el eco de nuestros gemidos.
Sólo me quedan dos días para aprovecharte, dos días para recuperarte. Me gustaría plantearte que volvieras pero ¿cómo lo hago si sé que no está en tus manos? Dime que quieres, dime que aún tu corazón tiembla con el roce de mis labios. Prométeme que soy tuya y que está situación será pasajera. Vuelve pronto, no tardes, devuélveme la alegría y trae de nuevo el sol a mi tierra porque las lluvias y tormentas han desolado parte de mi vida. Regresa pronto porque mi corazón te busca y mi alma te espera.
Ibas para tres meses y ya son ocho meses sin ti. Las llamadas que antes teníamos casi a diario se están espaciando y ya no me escribes por las noches contándome la soledad de la cama vacía o el intenso día de reuniones. ¿Qué te pasa? ¿Qué te está cambiando? Siento que te estoy perdiendo pero no puedo preguntarte cuando estamos juntos, no quiero estropear las pocas horas que nos quedan. Dulces momentos que siempre terminan en amargura. Nunca creí en las relaciones a distancia y ahora que me ocurre, ¿qué he de pensar?
Añoro esos largos paseos que nos dábamos y el café de las seis los domingos. Aún me acerco a la pastelería donde comprábamos nuestro pastel y repaso una a una las fotos del último verano. Desearía que pudieras ver mi rostro en esos momentos. Un brillo especial aparece en mis ojos cuando pienso en ti y una tierna sonrisa cuando te recuerdo acurrucado en mi pecho, dormido, silencioso, irresistiblemente atractivo.
Las noches son demasiado largas sin estar a tu lado, en sueños te busco y me despierto con el frío de un espacio en blanco. Ya no tengo el calor de tu cuerpo ni las caricias que me adormecían, ya no disfruto de tus besos ni de tu pasión desbordada. En mi habitación ya no surgen los juegos que los dos provocábamos y ya no se oye el eco de nuestros gemidos.
Sólo me quedan dos días para aprovecharte, dos días para recuperarte. Me gustaría plantearte que volvieras pero ¿cómo lo hago si sé que no está en tus manos? Dime que quieres, dime que aún tu corazón tiembla con el roce de mis labios. Prométeme que soy tuya y que está situación será pasajera. Vuelve pronto, no tardes, devuélveme la alegría y trae de nuevo el sol a mi tierra porque las lluvias y tormentas han desolado parte de mi vida. Regresa pronto porque mi corazón te busca y mi alma te espera.
martes, 30 de marzo de 2010
Nos vamos de tiendas.
Tengo una amiga que adora ir de compras. Se pasa horas y horas en las tiendas probándose todo lo que encuentra y, lo peor es que todo le gusta. Cada vez que me dice que la acompañe me pongo a temblar porque acabo siendo un perchero humano, mejor dicho, su perchero humano. “Sujétame esto. Esta camisa hace juego con el vaquero gris. ¿Y que tal este vestido? Estos zapatos son fabulosos…” Eso si, no se como lo hace pero prenda que se prueba, prenda que le queda estupenda, ¡a mi eso no me pasa!
Las compras y yo somos más que incompatibles, somos… amores imposibles con una relación de amor-odio constante. De verdad que me gustaría ser como una mujer normal y poder decir que soy un peligro cuando voy de tiendas o saber que el diablillo de tu jefa no se viste de Prada sino de Zara. Pero no, siento decir que no me gusta ir de compras, voy sólo por necesidad y porque no me queda más remedio ¿no podrían traerme la ropa a casa? Ummm… vaya… para eso hay que ser millonaria, un estilista personal no vale cuatro perras… ¡Ay! Que anticuada soy que ya no existe la peseta… entonces…céntimos, con cincuenta céntimos de euro no te llega para cubrir su sueldo (no nos engañemos… con 600€ tampoco ¿eh?)
Decido meterme en el mundo de las compras y entro en la primera tienda. Desde la puerta doy un rápido chequeo visual a todos los stands: jerséis de punto, mini faldas, tonos claros, colores ocre… Sólo me detengo en las prendas que me gustan pero no hay de mi talla, o hay muchas grandes o hay de las pequeñas, pero muy pocas veces la que necesito. Por fin encuentro algo, así que, me lo dejo en la mano para no perderlo, otro pequeño vistazo y al probador.
¿Quién hace los probadores? Deberían hacer un estudio de los probadores porque siempre se quedan pequeños. Los que tienen puerta, el pestillo suele estar roto o la puerta no se cierra del todo y en los que son de cortina tienes la sensación de que la gente puede verte por los laterales. Dilema cuando entras a un probador, ¿dónde dejo el bolso, el abrigo y la ropa que me quito? Los probadores que tienen un pequeño asiento son aceptables para estos menesteres, el problema es que además de no tenerlo, sólo dispongan de un gancho para colgar las prendas. Moraleja, no me queda más remedio que dejar mis cosas en el suelo, un suelo que, por cierto, suele estar lleno de pelusas y con algún alfiler que otro.
Otro punto débil de los probadores… la iluminación, no es nada favorecedora. Unos tubos fluorescentes que te hacen la piel blanquecina y provoca equívocos en los colores de las ropas ¿Esto es negro o azul oscuro? Te miras y remiras en el espejo desde todas las perspectivas… y no te convence, la prenda colgada en la percha es preciosa pero no sabes por qué no te ves bien. Los ojos nos engañan porque cuántas veces no me habrá pasado comprar algo sin estar del todo convencida y cuando me lo he probado en mi casa ¡me ha encantado! También hay que añadir que los espejos de los probadores engordan. Sí, realmente es así, aunque no sean como esos que hay en las ferias que distorsionan tu imagen. No, en este caso realmente te ves peor de lo que estás. Y si a esto le unimos la ya mencionada piel blanquecina, el resultado es un bajón moral y el pensamiento de “hoy me pongo a dieta, de hoy no pasa”.
Una cosa que me sienta fatal cuando voy de compras es hacer cola para probarme… ¡¡dos cosas!! Delante de mí, siete mujeres cada una con más prendas de las que sus manos pueden abarcar y alguna de ellas cuenta con el novio para que sea su perchero (¡ay! Como te compadezco muchacho…). La consecuencia de esto es que miles de perchas quedan tiradas por el suelo cuando te toca entrar y el olor a humanidad se palpa en el ambiente (sí, también de los pies…). ¿Y dicen que los probadores dan morbo? Sería gracioso oír ruidos “extraños” en el probador contiguo pero más original sería que intentarás hacerlo tú y te pillasen in fraganti. Bueno, habrá que llevar un ambientador en el bolso, nunca se sabe…
Reconozco que no soy fan de ir de tiendas porque tanta gente me estresa y las peores épocas son las Navidades y las Rebajas. No sé, rebuscar entre miles de prendas descolocadas, ver a dos mujeres enfrentándose por un abrigo en plan “¡este le he visto yo primero! ¡Es mío!” o las caras de mala leche de algunas dependientas… es que… me tira mucho para atrás, eso sin contar el barullo que se forma cuando quieres envolver los regalos y los atascos que se forman vayas por donde vayas. Bueno, incluso se hace imposible andar por la calle y da igual la hora ¿de dónde sale tanta gente? ¿No trabajan? ¿No se van a sus casas a descansar cuando salen del trabajo? Pues no, tienen que salir a comprar y todos lo hacen el mismo día que tú… ¡Bendita coincidencia!
Una cosa que me ha pasado en varias ocasiones es encontrar todo lo que me gusta justo cuando no voy con intención de comprar, ese día que no tengo ganas de quitarme y ponerme ropa y que no tengo dinero suficiente ni tarjetas. Sin embargo, ese sábado por la tarde que quiero dedicar por completo a renovar el armario. Me paso horas y horas dando vueltas y me vuelvo a casa con las manos vacías. ¿Es una jugarreta del destino para que ahorre?
Pero hay que admitir que las personas que atienden al público en los comercios también padecen lo suyo. No les queda más remedio que aguantar a la típica clienta que le encanta mirar todo y probarse todo, pero luego no se lleva nada. Así que, otra vez a colocar los stands y dejarlos visibles. Y es que la gente no tiene el mínimo decoro de dejar las prendas como se las encuentra o, por lo menos, dejarlas en el mismo lugar. Vamos, que un pantalón negro lo encuentras colgado en la zona de camisetas de tirantes o en el suelo, que ahí se puede tirar horas si a nadie se le ocurre recogerlo.
El gran padecimiento de los vendedores se resume en dos lemas: “El cliente siempre tiene la razón” y “tengo derecho a todo porque pago”. En cuanto a la primera máxima, el cliente NO SIEMPRE tiene la razón y, lo más importante, la pierde cuando se cree superior a quien le atiende. Y esto lo digo con conocimiento de causa. En mi época de dependienta me encontré casos peculiares. En una ocasión, un hombre quería devolver un pantalón, que se notaba usado, pero el cliente juraba y perjuraba que no era así. Se puso histérico, y gritaba que quería ver a mi superior. Mi responsable de planta para solucionar el problema le dio la razón al cliente, aún sabiendo que no era así (la política de empresa es lo que dice… así que... ¡qué remedio!) Al mirar en los bolsillos, me encontré 50€. Entonces… me lo quedo ¿no? Como no se ha usado, entonces debe ser que el centro nos da una bonificación a los empleados por la prenda devuelta numero 1000.Vaya… que majetes se están volviendo los empresarios ¿no?, bueno, yo creo que esto más bien es un sueño imposible... Al final, tuve que agachar la cabeza y ceñirme a las normas.
En definitiva, que no me gusta comprar. Sería fantástico tener un novio como Richard Gere en Pretty Woman, rico, guapo, elegante… y que, gracias a sus influencias, no sólo me hicieran la pelota en las tiendas sino que me llenase de caprichos. Pero lo veo bastante difícil, más bien diría imposible… Eso significa que me tocará patearme las tiendas para encontrar algo que me siente bien, ¡qué remedio! Y es que… nunca llueve a gusto de todos.
Las compras y yo somos más que incompatibles, somos… amores imposibles con una relación de amor-odio constante. De verdad que me gustaría ser como una mujer normal y poder decir que soy un peligro cuando voy de tiendas o saber que el diablillo de tu jefa no se viste de Prada sino de Zara. Pero no, siento decir que no me gusta ir de compras, voy sólo por necesidad y porque no me queda más remedio ¿no podrían traerme la ropa a casa? Ummm… vaya… para eso hay que ser millonaria, un estilista personal no vale cuatro perras… ¡Ay! Que anticuada soy que ya no existe la peseta… entonces…céntimos, con cincuenta céntimos de euro no te llega para cubrir su sueldo (no nos engañemos… con 600€ tampoco ¿eh?)
Decido meterme en el mundo de las compras y entro en la primera tienda. Desde la puerta doy un rápido chequeo visual a todos los stands: jerséis de punto, mini faldas, tonos claros, colores ocre… Sólo me detengo en las prendas que me gustan pero no hay de mi talla, o hay muchas grandes o hay de las pequeñas, pero muy pocas veces la que necesito. Por fin encuentro algo, así que, me lo dejo en la mano para no perderlo, otro pequeño vistazo y al probador.
¿Quién hace los probadores? Deberían hacer un estudio de los probadores porque siempre se quedan pequeños. Los que tienen puerta, el pestillo suele estar roto o la puerta no se cierra del todo y en los que son de cortina tienes la sensación de que la gente puede verte por los laterales. Dilema cuando entras a un probador, ¿dónde dejo el bolso, el abrigo y la ropa que me quito? Los probadores que tienen un pequeño asiento son aceptables para estos menesteres, el problema es que además de no tenerlo, sólo dispongan de un gancho para colgar las prendas. Moraleja, no me queda más remedio que dejar mis cosas en el suelo, un suelo que, por cierto, suele estar lleno de pelusas y con algún alfiler que otro.
Otro punto débil de los probadores… la iluminación, no es nada favorecedora. Unos tubos fluorescentes que te hacen la piel blanquecina y provoca equívocos en los colores de las ropas ¿Esto es negro o azul oscuro? Te miras y remiras en el espejo desde todas las perspectivas… y no te convence, la prenda colgada en la percha es preciosa pero no sabes por qué no te ves bien. Los ojos nos engañan porque cuántas veces no me habrá pasado comprar algo sin estar del todo convencida y cuando me lo he probado en mi casa ¡me ha encantado! También hay que añadir que los espejos de los probadores engordan. Sí, realmente es así, aunque no sean como esos que hay en las ferias que distorsionan tu imagen. No, en este caso realmente te ves peor de lo que estás. Y si a esto le unimos la ya mencionada piel blanquecina, el resultado es un bajón moral y el pensamiento de “hoy me pongo a dieta, de hoy no pasa”.
Una cosa que me sienta fatal cuando voy de compras es hacer cola para probarme… ¡¡dos cosas!! Delante de mí, siete mujeres cada una con más prendas de las que sus manos pueden abarcar y alguna de ellas cuenta con el novio para que sea su perchero (¡ay! Como te compadezco muchacho…). La consecuencia de esto es que miles de perchas quedan tiradas por el suelo cuando te toca entrar y el olor a humanidad se palpa en el ambiente (sí, también de los pies…). ¿Y dicen que los probadores dan morbo? Sería gracioso oír ruidos “extraños” en el probador contiguo pero más original sería que intentarás hacerlo tú y te pillasen in fraganti. Bueno, habrá que llevar un ambientador en el bolso, nunca se sabe…
Reconozco que no soy fan de ir de tiendas porque tanta gente me estresa y las peores épocas son las Navidades y las Rebajas. No sé, rebuscar entre miles de prendas descolocadas, ver a dos mujeres enfrentándose por un abrigo en plan “¡este le he visto yo primero! ¡Es mío!” o las caras de mala leche de algunas dependientas… es que… me tira mucho para atrás, eso sin contar el barullo que se forma cuando quieres envolver los regalos y los atascos que se forman vayas por donde vayas. Bueno, incluso se hace imposible andar por la calle y da igual la hora ¿de dónde sale tanta gente? ¿No trabajan? ¿No se van a sus casas a descansar cuando salen del trabajo? Pues no, tienen que salir a comprar y todos lo hacen el mismo día que tú… ¡Bendita coincidencia!
Una cosa que me ha pasado en varias ocasiones es encontrar todo lo que me gusta justo cuando no voy con intención de comprar, ese día que no tengo ganas de quitarme y ponerme ropa y que no tengo dinero suficiente ni tarjetas. Sin embargo, ese sábado por la tarde que quiero dedicar por completo a renovar el armario. Me paso horas y horas dando vueltas y me vuelvo a casa con las manos vacías. ¿Es una jugarreta del destino para que ahorre?
Pero hay que admitir que las personas que atienden al público en los comercios también padecen lo suyo. No les queda más remedio que aguantar a la típica clienta que le encanta mirar todo y probarse todo, pero luego no se lleva nada. Así que, otra vez a colocar los stands y dejarlos visibles. Y es que la gente no tiene el mínimo decoro de dejar las prendas como se las encuentra o, por lo menos, dejarlas en el mismo lugar. Vamos, que un pantalón negro lo encuentras colgado en la zona de camisetas de tirantes o en el suelo, que ahí se puede tirar horas si a nadie se le ocurre recogerlo.
El gran padecimiento de los vendedores se resume en dos lemas: “El cliente siempre tiene la razón” y “tengo derecho a todo porque pago”. En cuanto a la primera máxima, el cliente NO SIEMPRE tiene la razón y, lo más importante, la pierde cuando se cree superior a quien le atiende. Y esto lo digo con conocimiento de causa. En mi época de dependienta me encontré casos peculiares. En una ocasión, un hombre quería devolver un pantalón, que se notaba usado, pero el cliente juraba y perjuraba que no era así. Se puso histérico, y gritaba que quería ver a mi superior. Mi responsable de planta para solucionar el problema le dio la razón al cliente, aún sabiendo que no era así (la política de empresa es lo que dice… así que... ¡qué remedio!) Al mirar en los bolsillos, me encontré 50€. Entonces… me lo quedo ¿no? Como no se ha usado, entonces debe ser que el centro nos da una bonificación a los empleados por la prenda devuelta numero 1000.Vaya… que majetes se están volviendo los empresarios ¿no?, bueno, yo creo que esto más bien es un sueño imposible... Al final, tuve que agachar la cabeza y ceñirme a las normas.
En definitiva, que no me gusta comprar. Sería fantástico tener un novio como Richard Gere en Pretty Woman, rico, guapo, elegante… y que, gracias a sus influencias, no sólo me hicieran la pelota en las tiendas sino que me llenase de caprichos. Pero lo veo bastante difícil, más bien diría imposible… Eso significa que me tocará patearme las tiendas para encontrar algo que me siente bien, ¡qué remedio! Y es que… nunca llueve a gusto de todos.
lunes, 1 de marzo de 2010
Pelos fuera
Los hombres se quejan de nosotras porque nos pasamos mucho tiempo en el baño. Nos critican porque tardamos horas en arreglarnos o en decidir que ropa queremos ponernos. Algunos nos dicen que no deberíamos maquillarnos, que al natural estamos mejor, otros nos echan en cara que no tienen espacio para sus cosas por culpa de nuestros potingues. Eso sí, a la hora de la verdad, quieren que estemos no sólo perfectas, sino imponentes. Y ellos no tienen ni la menor idea de lo que cuesta.
¿Cuál es el momento más delicado y engorroso en el proceso de ponerse guapas? Sin lugar a dudas, la depilación. Vale, actualmente hay hombres que se rasuran, depilan o recortan más zonas de su cuerpo que sus barbas o bigotes, pero la depilación, suele ser cosa de mujeres. Y da igual que uses cera caliente, tibia o fría, epilady, maquinilla, crema o pinzas… el proceso es largo y laborioso.
Empecemos por la cara. Hay que estar pendiente de tener unas cejas bonitas, gracias a ellas la expresión del rostro puede cambiar, y dejar que crezcan a su aire desluce mucho. Pinza en mano, procedemos a la extirpación de esos pelos del entrecejo. Cuando has terminado con una, vas a la otra pero nunca te queda igual, y sigues quitando, y quitando… hasta que te das cuenta de que antes te sobraba pelo y ahora ¡no te queda! Hala…píntatelas y justo ese día vas a comer a casa de tus suegros… ¿Quién me mandaría a mí quitarme las cejas justo hoy?
Barbilla y bigote son los lugares más temidos. Los tememos, no porque duela la zona, la depilación ya es dolorosa de por sí, sino que mirarse al espejo y verse un pelo negro produce una sensación de incomodidad, simplemente por el hecho de que cualquiera puede verlo. Nos llevamos la mano al mentón, como para quererlo tapar o nos pasamos el resto del día bebiendo agua, que está muy bien para disimular, además de ser muy sano, pero creo que estar levantándose cada cinco minutos para ir al servicio, tampoco queda muy bien. Se pueden utilizar las pinzas pero, si eres muy velluda, al final te toca esparcirte una mini tira de cera y sufrir ese tironcillo, dejando toda la zona enrojecida. Precaución, si vives en pareja o estás saliendo con un chico, que no te vea con el turbante recién salida de la ducha y con la crema o cera de color verdoso esparcida por el labio superior. Puedes estar todo lo maravillosa que quieras desnuda o con tu toalla cubriéndote el torso, pero ese bigote postizo… no es de los que levanten muchas… pasiones.
Sábado noche. Los utensilios de maquillaje esparcidos entre la taza del bater y el lavabo. Te pegas al espejo para poder hacerte bien la raya del ojo y, de repente, ves un feo y largo pelo negro que sale de tu hermosa nariz. ¡Aggg! Otra vez la pinza, coges aire, agarras al intruso, entrecierras los ojos mientras aprietas los dientes y… tiras con rapidez. Tus ojos se empañan levemente por esa punzada de dolor, sueltas el aire y no paras de mirarte los orificios nasales hasta que no descubres ningún otro pelo estorbando. Menos mal que detrás del espejo no hay nadie, si fuera como en las series y películas, que siempre hay alguien observando, daríamos una imagen entre cerdita peggy y monstruo del Señor de los Anillos, incluyendo gestos con la boca muy poco favorecedores.
Hoy te han invitado a comer a un buen restaurante. Ya sabes el modelito y los complementos que vas a llevar. Estás en la ducha con la radio puesta y cantando esa canción pegadiza “te envío poemas de mi puño y letra…”, lógicamente la entonación falla y algún desafine si que hay. Sales con el pelo mojado y cuando empiezas a secarte, te descubres un fino vello en el pecho izquierdo, vamos, más concretamente, bordeando la aureola del pezón… ¿Se puede saber que hace ahí? ¿Quién le ha mandado que salga? Porque yo a mi cuerpo no le he pedido en ningún momento que me ponga pelos donde no tiene que ponerlos. Sinceramente, un chico pocas veces se dará cuenta de esos pequeños detalles (a no ser que sea una mini mata de pelo estilo “cubre pezón”) pero psicológicamente sabes que lo tienes, que está ahí y no lo soportas. Y vuelta otra vez a las pinzas (que gran invento). Mano derecha agarrando el instrumento de eliminación, mano izquierda sujetando el pecho para facilitar el acceso a la zona, tiras y… ¡se rompe en lugar de quitarlo! Voy a tener que poner una hoja de reclamaciones a quienes me hicieron o pedir una sustitución del gen que provoque el crecimiento del vello… bueno… pero tampoco quiero quedarme calva ¿eh? Subes, bajas y ladeas el pecho en busca de más inquilinos y, ya puestas, te inspeccionas la otra y ahí están. Intentando quitar uno, te pellizcas la piel y ahora está enrojecida, no se nota mucho pero queda un bultito pequeño y rojizo o has visto que hay uno que se resiste a salir e intentas elevarlo con la punta de un alfiler. ¿Qué sucede? El pelo era tan pequeño que no lo has podido sacar, te has hecho una fisura en la piel y sale sangre, y, claro, la zona queda tan roja como las luces de freno de un coche… y justo eso es lo que va a pasar, que como te vean esa zona así, el frenazo va a ser en seco. ¿Y si lo tapo con maquillaje?
Axilas, piernas y las inglés son las más cotidianas. Nuestro día a día y con las que tenemos que estar peleándonos, porque… Qué poco duran limpítas ¿eh? Sí, con la cera puede que dure algo más, pero sabes que te va a tocar pasar otra vez por el mismo proceso en unas dos o tres semanas. Aquí, por suerte, utilizamos más métodos pero ninguno de ellos está exento de problemas. Con la cuchilla te puedes cortar, los pelos salen antes y cuando crecen, pinchan y ¡pican! Con la cera caliente, hay que esparcirla por la piel lo suficientemente rápido para que no se quede fría y que cubra casi toda la zona y pega un buen tirón sin emitir ningún quejido. Con cera tibia o fría, aunque reutilices la tira, para dejar la zona perfecta acabas con la caja entera. Con la crema, el olor resulta casi insoportable, y eso que ya las hacen con aloe vera y otros productos que minimizan ese tufillo característico y puedes quemarte. Y la epilady, ¡menudos tirones!
¿Os imagináis que nos hacen una fotografía en pleno proceso de depilado? Un brazo por encima de la cabeza, una pierna subida a la taza del bater o el borde de la ducha… O bien con la crema en las ingles mientras con la cuchilla te haces las axilas y las piernas y las pinzas para la barbilla… Todo un espectáculo sólo para nuestros ojos.
¿A que tenía razón cuando decía que se quejan sin saber lo que cuesta? Y esto no es todo porque el gran momento de la depilación de la mujer es cuando llega a las ingles. Primera decisión ¿qué sistema uso? Segunda decisión ¿cómo me lo depilo? ¿Lo quito todo o dejo la parte del pubis y elimino sólo las ingles? Esta duda existencial nos la hacemos porque nos preocupa a la hora de estar con alguien. Porque claro, a los señoritos cuanto menos, mejor, y no te queda más remedio que sentarte en el baño de piernas abiertas intentando que quede lo mejor posible, sin lesionarte por la postura y procurando dejar la zona igualada.
Lo mas gracioso de esto es la famosa ley de Murphy. Llevas un tiempo sin cuidarlo, total, ya no usas bikini y no te va a ver nadie. Quedas con un grupo de amigas con una vestimenta de lo más normal, sin depilar y con esas braguitas de hace dos años, muy cómodas pero con algún roto en la costuras. Y ese día, ese dichoso día y no otro, es cuando triunfas. Piensas que no vais a llegar lejos y hasta te planteas poner la excusa de “es que… estoy con el periodo”. Después de unas copas y unas cuantas risas acompañadas de típico tonteo, te invita a su casa… “¡Rápido! ¿Sí o No? ¿Sí o No? ¿Qué hago?” Te preguntas en milésimas de segundo. Vuelves a pensar, ilusa de ti (o es que te quieres engañar a ti misma), que no pasará nada, es sólo una copa en su casa. Un ático espacioso y minimalista, un sillón cómodo y música lenta de fondo. ¿Qué te pongo?- te dice desde la cocina- Bueno, ponme una copa pero no la cargues mucho- le contestas mientras intentas buscar una postura decente en su enorme sillón negro. Nada más entrar, te sorprende con dos copas en forma de balón, bien cargadas, y él, sin camisa. No sabes si mirar primero a las copas o a sus abdominales bien marcados… un buen trago para digerir la emoción.
Se sienta cerca de ti, de lado. Su mirada ya te empieza a intimidar y… sucede. Te ha pillado desprevenida, se ha lanzado a tu cuello y ¡cómo le vas a decir que no pare! Lo peor es que el ambiente se caldea más y, de repente, una lucecita en tu cabeza te dice “¡Oh, no…Estoy sin depilar!”. Ya es demasiado tarde y temes ese momento… y llega. ¡Qué vergüenza! En este caso, la frase mítica “y yo con estos pelos” quedaría de lo más apropiada. Creo que nosotras nos sentimos más incomodas que ellos y después el arrepentimiento de ¿Por qué no me depilé ayer? Y claro, si después de esa fatídica noche no le vuelves a ver, un pensamiento oscuro acude a nosotras “¿será que era por no ir depilada?”.
Sin embargo, cuando estas perfecta y totalmente arreglada, nunca pasa nada, ¿para eso pierdo el tiempo depilándome y usando mi lencería bonita? ¿Acaso es el pelo el que atrae aunque no se vea? Si es así, tendríamos que llevar unas pelucas postizas para atraerlos y quitarlas cuando no sean necesarias. Al menos nos ahorraríamos ese momento tan incómodo.
Eso sí, hay que reconocer que cuando estamos en pareja pasamos de depilarnos cada dos por tres. Y en invierno más aún, total, si te lo va a ver el mismo y ya hay confianza ¿no? Además… ¡qué pereza! Y ellos pueden amanecer con barba de cuatro ó cinco días o de una semana
Sea por lo que sea, y hagamos lo que hagamos, no dejaremos de ser criticadas por ponernos guapas, ellos admiran el resultado pero no quieren saber el proceso. Aún así, siempre nos quedara sorprenderles en el momento que menos se lo esperen.
¿Cuál es el momento más delicado y engorroso en el proceso de ponerse guapas? Sin lugar a dudas, la depilación. Vale, actualmente hay hombres que se rasuran, depilan o recortan más zonas de su cuerpo que sus barbas o bigotes, pero la depilación, suele ser cosa de mujeres. Y da igual que uses cera caliente, tibia o fría, epilady, maquinilla, crema o pinzas… el proceso es largo y laborioso.
Empecemos por la cara. Hay que estar pendiente de tener unas cejas bonitas, gracias a ellas la expresión del rostro puede cambiar, y dejar que crezcan a su aire desluce mucho. Pinza en mano, procedemos a la extirpación de esos pelos del entrecejo. Cuando has terminado con una, vas a la otra pero nunca te queda igual, y sigues quitando, y quitando… hasta que te das cuenta de que antes te sobraba pelo y ahora ¡no te queda! Hala…píntatelas y justo ese día vas a comer a casa de tus suegros… ¿Quién me mandaría a mí quitarme las cejas justo hoy?
Barbilla y bigote son los lugares más temidos. Los tememos, no porque duela la zona, la depilación ya es dolorosa de por sí, sino que mirarse al espejo y verse un pelo negro produce una sensación de incomodidad, simplemente por el hecho de que cualquiera puede verlo. Nos llevamos la mano al mentón, como para quererlo tapar o nos pasamos el resto del día bebiendo agua, que está muy bien para disimular, además de ser muy sano, pero creo que estar levantándose cada cinco minutos para ir al servicio, tampoco queda muy bien. Se pueden utilizar las pinzas pero, si eres muy velluda, al final te toca esparcirte una mini tira de cera y sufrir ese tironcillo, dejando toda la zona enrojecida. Precaución, si vives en pareja o estás saliendo con un chico, que no te vea con el turbante recién salida de la ducha y con la crema o cera de color verdoso esparcida por el labio superior. Puedes estar todo lo maravillosa que quieras desnuda o con tu toalla cubriéndote el torso, pero ese bigote postizo… no es de los que levanten muchas… pasiones.
Sábado noche. Los utensilios de maquillaje esparcidos entre la taza del bater y el lavabo. Te pegas al espejo para poder hacerte bien la raya del ojo y, de repente, ves un feo y largo pelo negro que sale de tu hermosa nariz. ¡Aggg! Otra vez la pinza, coges aire, agarras al intruso, entrecierras los ojos mientras aprietas los dientes y… tiras con rapidez. Tus ojos se empañan levemente por esa punzada de dolor, sueltas el aire y no paras de mirarte los orificios nasales hasta que no descubres ningún otro pelo estorbando. Menos mal que detrás del espejo no hay nadie, si fuera como en las series y películas, que siempre hay alguien observando, daríamos una imagen entre cerdita peggy y monstruo del Señor de los Anillos, incluyendo gestos con la boca muy poco favorecedores.
Hoy te han invitado a comer a un buen restaurante. Ya sabes el modelito y los complementos que vas a llevar. Estás en la ducha con la radio puesta y cantando esa canción pegadiza “te envío poemas de mi puño y letra…”, lógicamente la entonación falla y algún desafine si que hay. Sales con el pelo mojado y cuando empiezas a secarte, te descubres un fino vello en el pecho izquierdo, vamos, más concretamente, bordeando la aureola del pezón… ¿Se puede saber que hace ahí? ¿Quién le ha mandado que salga? Porque yo a mi cuerpo no le he pedido en ningún momento que me ponga pelos donde no tiene que ponerlos. Sinceramente, un chico pocas veces se dará cuenta de esos pequeños detalles (a no ser que sea una mini mata de pelo estilo “cubre pezón”) pero psicológicamente sabes que lo tienes, que está ahí y no lo soportas. Y vuelta otra vez a las pinzas (que gran invento). Mano derecha agarrando el instrumento de eliminación, mano izquierda sujetando el pecho para facilitar el acceso a la zona, tiras y… ¡se rompe en lugar de quitarlo! Voy a tener que poner una hoja de reclamaciones a quienes me hicieron o pedir una sustitución del gen que provoque el crecimiento del vello… bueno… pero tampoco quiero quedarme calva ¿eh? Subes, bajas y ladeas el pecho en busca de más inquilinos y, ya puestas, te inspeccionas la otra y ahí están. Intentando quitar uno, te pellizcas la piel y ahora está enrojecida, no se nota mucho pero queda un bultito pequeño y rojizo o has visto que hay uno que se resiste a salir e intentas elevarlo con la punta de un alfiler. ¿Qué sucede? El pelo era tan pequeño que no lo has podido sacar, te has hecho una fisura en la piel y sale sangre, y, claro, la zona queda tan roja como las luces de freno de un coche… y justo eso es lo que va a pasar, que como te vean esa zona así, el frenazo va a ser en seco. ¿Y si lo tapo con maquillaje?
Axilas, piernas y las inglés son las más cotidianas. Nuestro día a día y con las que tenemos que estar peleándonos, porque… Qué poco duran limpítas ¿eh? Sí, con la cera puede que dure algo más, pero sabes que te va a tocar pasar otra vez por el mismo proceso en unas dos o tres semanas. Aquí, por suerte, utilizamos más métodos pero ninguno de ellos está exento de problemas. Con la cuchilla te puedes cortar, los pelos salen antes y cuando crecen, pinchan y ¡pican! Con la cera caliente, hay que esparcirla por la piel lo suficientemente rápido para que no se quede fría y que cubra casi toda la zona y pega un buen tirón sin emitir ningún quejido. Con cera tibia o fría, aunque reutilices la tira, para dejar la zona perfecta acabas con la caja entera. Con la crema, el olor resulta casi insoportable, y eso que ya las hacen con aloe vera y otros productos que minimizan ese tufillo característico y puedes quemarte. Y la epilady, ¡menudos tirones!
¿Os imagináis que nos hacen una fotografía en pleno proceso de depilado? Un brazo por encima de la cabeza, una pierna subida a la taza del bater o el borde de la ducha… O bien con la crema en las ingles mientras con la cuchilla te haces las axilas y las piernas y las pinzas para la barbilla… Todo un espectáculo sólo para nuestros ojos.
¿A que tenía razón cuando decía que se quejan sin saber lo que cuesta? Y esto no es todo porque el gran momento de la depilación de la mujer es cuando llega a las ingles. Primera decisión ¿qué sistema uso? Segunda decisión ¿cómo me lo depilo? ¿Lo quito todo o dejo la parte del pubis y elimino sólo las ingles? Esta duda existencial nos la hacemos porque nos preocupa a la hora de estar con alguien. Porque claro, a los señoritos cuanto menos, mejor, y no te queda más remedio que sentarte en el baño de piernas abiertas intentando que quede lo mejor posible, sin lesionarte por la postura y procurando dejar la zona igualada.
Lo mas gracioso de esto es la famosa ley de Murphy. Llevas un tiempo sin cuidarlo, total, ya no usas bikini y no te va a ver nadie. Quedas con un grupo de amigas con una vestimenta de lo más normal, sin depilar y con esas braguitas de hace dos años, muy cómodas pero con algún roto en la costuras. Y ese día, ese dichoso día y no otro, es cuando triunfas. Piensas que no vais a llegar lejos y hasta te planteas poner la excusa de “es que… estoy con el periodo”. Después de unas copas y unas cuantas risas acompañadas de típico tonteo, te invita a su casa… “¡Rápido! ¿Sí o No? ¿Sí o No? ¿Qué hago?” Te preguntas en milésimas de segundo. Vuelves a pensar, ilusa de ti (o es que te quieres engañar a ti misma), que no pasará nada, es sólo una copa en su casa. Un ático espacioso y minimalista, un sillón cómodo y música lenta de fondo. ¿Qué te pongo?- te dice desde la cocina- Bueno, ponme una copa pero no la cargues mucho- le contestas mientras intentas buscar una postura decente en su enorme sillón negro. Nada más entrar, te sorprende con dos copas en forma de balón, bien cargadas, y él, sin camisa. No sabes si mirar primero a las copas o a sus abdominales bien marcados… un buen trago para digerir la emoción.
Se sienta cerca de ti, de lado. Su mirada ya te empieza a intimidar y… sucede. Te ha pillado desprevenida, se ha lanzado a tu cuello y ¡cómo le vas a decir que no pare! Lo peor es que el ambiente se caldea más y, de repente, una lucecita en tu cabeza te dice “¡Oh, no…Estoy sin depilar!”. Ya es demasiado tarde y temes ese momento… y llega. ¡Qué vergüenza! En este caso, la frase mítica “y yo con estos pelos” quedaría de lo más apropiada. Creo que nosotras nos sentimos más incomodas que ellos y después el arrepentimiento de ¿Por qué no me depilé ayer? Y claro, si después de esa fatídica noche no le vuelves a ver, un pensamiento oscuro acude a nosotras “¿será que era por no ir depilada?”.
Sin embargo, cuando estas perfecta y totalmente arreglada, nunca pasa nada, ¿para eso pierdo el tiempo depilándome y usando mi lencería bonita? ¿Acaso es el pelo el que atrae aunque no se vea? Si es así, tendríamos que llevar unas pelucas postizas para atraerlos y quitarlas cuando no sean necesarias. Al menos nos ahorraríamos ese momento tan incómodo.
Eso sí, hay que reconocer que cuando estamos en pareja pasamos de depilarnos cada dos por tres. Y en invierno más aún, total, si te lo va a ver el mismo y ya hay confianza ¿no? Además… ¡qué pereza! Y ellos pueden amanecer con barba de cuatro ó cinco días o de una semana
Sea por lo que sea, y hagamos lo que hagamos, no dejaremos de ser criticadas por ponernos guapas, ellos admiran el resultado pero no quieren saber el proceso. Aún así, siempre nos quedara sorprenderles en el momento que menos se lo esperen.
domingo, 14 de febrero de 2010
A tu lado
Abro los ojos, la noche aún nos regala horas de sombras y silencios. Noto tu mano apoyada sobre mi cintura, gesto interrumpido de querer atraerme hacia ti. Aún quedan en mi cuerpo tus caricias y tus besos, tus manos haciendo surcos en la humedad de mi cuerpo mientras las mías se enredaban en tu pelo.
Duermes, duermes tan placidamente como un bebé en su cuna. Siento tu respiración en mi cuello, no roncas, no te mueves, sólo… duermes. Quisiera acercarme más a ti, acurrucarme en tu pecho y taparme del frío con tus brazos, pero me da miedo despertarte. No quiero sacarte del lugar donde estés. Puede que sea en un bosque, en un estadio o en una isla desierta, pero sé que allí estás cómodo. Me encantaría ser la protagonista de tus sueños, como heroína que salva tu mundo o como bella modelo que se desnuda ante tus ojos y busca darte el más dulce de los placeres.
Me tapo con las sabanas, testigos directos de la pasión que nos envolvía, que me huelen a ti y me hacen recordar. Cierro los ojos y te descubro encima de mí. Tus codos apoyados sobre la cama y tu boca alterando todos mis sentidos. Tu cuerpo muy pegado al mío, sin moverse, sólo disfrutabas del deseo de mi mirada. Recuerdo las risas para hacerme con el control del momento y tu falsa resistencia. Me dejaste ganar, lo sé, dejaste que tomase yo las riendas de un caballo difícil de domar, haciéndome creer que ya estaba en mi poder, que era todo mío. Me dejaste deslizarme suavemente por tu torso, mi melena me seguía como fiel animal que confía en el líder de la manada.
Aún duermes, desearía poder volverme y contemplarte así, quieto, relajado. Poder dibujar en el aire la forma alargada de tus mejillas, la delicada curva de tu nariz y las líneas de tus cejas. Pero no quiero despertarte, quiero seguir sintiéndote cerca, notar el calor de tu pecho en mi espalda, saber que estas a mi lado durante varias horas más.
Te mueves en sueños y cambias de postura. Ahora me das la espalda y tus pies rozan mis piernas. Los noto fríos. Me vuelvo, quisiera poder calentártelos con los míos, enredarlos con los tuyos como una madeja de hilo, donde no se encuentra el principio del final. También quisiera abrazarte para acurrucarte en mi regazo, pero temo despertarte. No me muevo, no suspiro… sólo quiero mirarte.
Una lágrima tiembla entre mis pestañas, baja lentamente hasta deshacerse en la almohada. Es la emoción de estar a tu lado, de disfrutarte, de tenerte. Y como si me leyeses el pensamiento, despiertas de tu letargo. “Perdona si te he despertado” te digo mientras te robo un beso de tus labios. Aprovecho para apretarme contra tu pecho, me cubres con tus brazos y yo te envuelvo entre mis piernas. Me siento como el oso que llega a su cueva, a salvo de todos los peligros que le acechan fuera. Me acunas, me meces, me regalas toda tu ternura. Ahora soy yo la que se duerme, me dejo llevar por el sabor de tus besos y las sábanas, cómplices de mis deseos, nos arropan en la oscuridad de una noche que aún no acaba.
Duermes, duermes tan placidamente como un bebé en su cuna. Siento tu respiración en mi cuello, no roncas, no te mueves, sólo… duermes. Quisiera acercarme más a ti, acurrucarme en tu pecho y taparme del frío con tus brazos, pero me da miedo despertarte. No quiero sacarte del lugar donde estés. Puede que sea en un bosque, en un estadio o en una isla desierta, pero sé que allí estás cómodo. Me encantaría ser la protagonista de tus sueños, como heroína que salva tu mundo o como bella modelo que se desnuda ante tus ojos y busca darte el más dulce de los placeres.
Me tapo con las sabanas, testigos directos de la pasión que nos envolvía, que me huelen a ti y me hacen recordar. Cierro los ojos y te descubro encima de mí. Tus codos apoyados sobre la cama y tu boca alterando todos mis sentidos. Tu cuerpo muy pegado al mío, sin moverse, sólo disfrutabas del deseo de mi mirada. Recuerdo las risas para hacerme con el control del momento y tu falsa resistencia. Me dejaste ganar, lo sé, dejaste que tomase yo las riendas de un caballo difícil de domar, haciéndome creer que ya estaba en mi poder, que era todo mío. Me dejaste deslizarme suavemente por tu torso, mi melena me seguía como fiel animal que confía en el líder de la manada.
Aún duermes, desearía poder volverme y contemplarte así, quieto, relajado. Poder dibujar en el aire la forma alargada de tus mejillas, la delicada curva de tu nariz y las líneas de tus cejas. Pero no quiero despertarte, quiero seguir sintiéndote cerca, notar el calor de tu pecho en mi espalda, saber que estas a mi lado durante varias horas más.
Te mueves en sueños y cambias de postura. Ahora me das la espalda y tus pies rozan mis piernas. Los noto fríos. Me vuelvo, quisiera poder calentártelos con los míos, enredarlos con los tuyos como una madeja de hilo, donde no se encuentra el principio del final. También quisiera abrazarte para acurrucarte en mi regazo, pero temo despertarte. No me muevo, no suspiro… sólo quiero mirarte.
Una lágrima tiembla entre mis pestañas, baja lentamente hasta deshacerse en la almohada. Es la emoción de estar a tu lado, de disfrutarte, de tenerte. Y como si me leyeses el pensamiento, despiertas de tu letargo. “Perdona si te he despertado” te digo mientras te robo un beso de tus labios. Aprovecho para apretarme contra tu pecho, me cubres con tus brazos y yo te envuelvo entre mis piernas. Me siento como el oso que llega a su cueva, a salvo de todos los peligros que le acechan fuera. Me acunas, me meces, me regalas toda tu ternura. Ahora soy yo la que se duerme, me dejo llevar por el sabor de tus besos y las sábanas, cómplices de mis deseos, nos arropan en la oscuridad de una noche que aún no acaba.
lunes, 8 de febrero de 2010
Primeras citas VS Entrevistas de trabajo
Con la crisis que nos acecha y las miles de personas que se han quedado en el paro, la búsqueda de empleo esta a la orden del día. Prensa, Internet, amigos, vecinos... da igual la fuente pero intentamos agarrarnos a lo que sea. Bueno, según las condiciones porque los sueldos últimamente están por los suelos, vamos, que casi no me da ni para comprar pipas. De esa búsqueda salen las temidas Entrevistas de trabajo. Hay que actualizar el curriculum, no sabes que decir, no sabes que ponerte, que tipo de preguntas harán o si te intentan hacer una prueba de idiomas o de informática, cosa que de sólo de pensarla te da un repelús. Pues ¿sabéis? Las primeras citas son exactamente iguales a las entrevistas de trabajo.
La primera vez que ves a un chico, en discoteca, amigos de amigos o incluso porque os conocisteis en un chat, las cosas son más fáciles. Temas de poca profundidad y, como estas de marcha, tienes a tus amigos cerca que te respaldan. Estás mentalizado a disfrutar de la noche y te olvidas de los formalismos y de los protocolos. Sin embargo, llega el momento crucial de “Bueno, si quieres me das tu teléfono y quedamos…”. Una de dos, o te emocionas porque te lo ha pedido o piensas “ya esta el típico pringado que pide el teléfono y nunca llama”. Como en las ofertas de trabajo, tú mandas el curriculum y un día cualquiera te llaman para concertar una entrevista. En el caso de la cita, el chico, días después decide llamarte. Te emocionas y gritas: “¡bien! ¡Me ha llamado!”. Se establece un día para la entrevista y a partir de ahí es cuando empieza el proceso de selección.
Días antes, tienes ganas de que llegue el momento. Llevas un tiempo parada, estas en el mercado… pero nada, y te han llamado para darte la oportunidad de tu vida. No hay que perderla. El día de la entrevista ya empiezan los nervios: cómo será, qué dirás, caerás bien, que haréis, dónde iréis, cuanto durara la cita... Tu curriculum está actualizado: ducha, crema exfoliante de mango y guayaba, sesión depilatoria… Hay que estar perfecta y no puede quedar ni un detalle sin mirar. Has abierto el armario de par en par y has sacado todos los conjuntos que te suelen quedar bien con los respectivos zapatos. No hay que estar demasiado imponente, eso seria igual que parecer chica fácil, tampoco ir tapada hasta los tobillos, ir de traje es muy formal pero ir con vaqueros es demasiado casual. Se acerca la hora: Peinado perfecto, maquillaje discreto y vestimenta apropiada.
Día de la semana cualquiera, La Latina, 19:00 horas. Llegas puntual pero no está. Pasan 5 minutos, no llega “¿Me habrá dado plantón? ¿Y si le hago una perdida?”. Son los típicos 5 ó 10 minutos de rigor de toda entrevista (también de las de trabajo) así que, siempre hay que ir mentalizadas a que puede pasar o no, depende de la formalidad del entrevistador. Al fin llega, disculpándose por la demora, o bien por el tráfico o por la dificultad de aparcamiento. El saludo, muy formal. Es él quien decide donde ir, lugar cerrado, espacioso y con poca gente para hacer mas fácil la conversación. Con una bebida fría, una mesa pequeña y ambos frente a frente, comienza la parte importante. La formación es básica. Es imprescindible saber de muchos temas: cultura, deportes, trabajo, economía, viajes, animales. No puedes olvidar comentar lugares de fiesta, pero haciendo hincapié en que sueles retirarte temprano por el cansancio, la edad… No se vaya a pensar que eres una loca desenfrenada de la noche o, lo que es peor, una vampiresa, que duerme con el sol, y sale de caza con la luna. Durante la conversación, las preguntas se intercalarán con breves explicaciones o comentarios. Hay que prestar atención y no perder la mirada en lo que toman los de la mesa de enfrente. Habrá momentos de tensión por no saber que decir, silencios incómodos donde cuesta ser el primero en arrancar, risas forzadas o comentarios que no venían al caso. Aun así, hay que parecer natural.
El tema de experiencia profesional es mejor tratarlo muy de soslayo. Puede saber que has hecho un “master” con otro durante unos años, eso da estabilidad emocional, pero no le cuentes en cada oficina en la que has estado, en los tiempos que corren es mas habitual, pero no es necesario que se lo relates, y menos aún los momentos con los ex. Los idiomas son cruciales. Normalmente el inglés es el idioma más solicitado, pero en el proceso de selección femenina, los chicos suelen reclamar más el francés. ¡NO! No te piden que lo hagas allí mismo, ellos dan por sentado que controlas los verbos, las declinaciones y todo lo que conlleva el dominio de la lengua. Las lenguas vernáculas como el Griego… o el Latín no son reclamadas en un primer momento, pero pueden ser requeridas a posteriori. Una vez pasada la selección, podemos eludir el proyecto llamando la atención de otra propuesta original o recurriendo al dominio del ya mencionado francés. O afrontarlo sin más, según si estás dispuesta a abrir… otros caminos.
Otro aspecto que siempre suma puntos es la velocidad con las manos. Es una habilidad muy valorada para momentos de gran tensión, y si mientras manejas las manos, hablas francés… seguramente el puesto ya sea tuyo. Habrá que dar clases para practicar más mecanografía. No podemos olvidar la informática, saber encender el aparato desde primera hora de la mañana, por la tarde, por la noche, viendo el fútbol, durante un viaje de cuatro horas a la playa… cualquier momento puede ser bueno, sólo hay que saber qué y cómo tocar. Durante el proceso, nosotras solemos fijarnos en las temidas señales: si cruza las piernas, los brazos, si me presta atención… ¿Me esta mirando a mi o a mi escote? Cualquier signo que pueda ser positivo o negativo: “¡Oh, no! Está mirando el reloj constantemente…”
La despedida es importante, es la última imagen que va tener de nosotras. Todo queda en el típico ya te llamaré o a la próxima invito yo y unas cuantas sonrisas cordiales. Sin embargo, una vez que estás sola, nunca sabes si habrá una próxima entrevista. ¿Le habré gustado? Si pasan mas de tres días sin dar señales, no te molestes en llamarle para saber como va el proceso, directamente has sido eliminada.
También hay que mencionar a aquellos que necesitan hacerte pasar por un examen práctico de tus cualidades. Si es así, seguro que quedarán entusiasmados e incluso te llamen para una segunda visita, pero tampoco tengas esperanzas, ya saben hasta donde puedes llegar y es más que probable que te ofrezcan un contrato temporal o de obra y servicio.
Puede que te surja una cita fuera de tu comunidad. En estos casos, ármate de valor, de entusiasmo, de paciencia y, sobre todo, ve preparada para cualquier cosa. O bien le encantas o bien te deja con las maletas en la estación de tren. Pase lo que pase, no te desanimes, seguramente lo has hecho bien pero él no estaba a la altura de las circunstancias. Eso sí, no seamos pesimistas Alguna vez la entrevista puede salir tan bien que te llamen al momento y seas la candidata perfecta. Nunca podemos rendirnos ni tirar la toalla. Cada cita o entrevista será distinta, tendrá algo peculiar o algo de lo que aprenderás, pero recuerda, aunque te estén entrevistando, tú también debes de hacer el proceso de selección y, si no te convence la empresa, descártala al momento.
lunes, 1 de febrero de 2010
Te equivocaste
Estoy cansada de callarme, de ser la niña buena, la que asiente, la que escucha. Ahora voy a decirte las cosas como son, sin miedos a las replicas pero, lo más importante, sin miedo a ti.
Ya jugaste conmigo suficiente, tantas palabras bonitas, tantas promesas que se quedaron sin cumplir, ¿dónde estás ahora? ¿Dónde está ese atrevido muchacho que intentaba conquistarme? Has huido como huyen los cobardes ante el peligro de una cruel derrota, un soldado asustado que duda de sus posibilidades, que tiembla ante los estruendos de los cañonazos, que teme luchar por miedo a morir. En definitiva, realmente me temes, sabes que puedo ser peligrosa para tu corazón prepotente.
Estás acostumbrado a que te halaguen, dominas el juego de la seducción a la perfección y encandilas a las mujeres con esa seguridad que de tu carácter emana. Las tratas como muñecas, las dominas, las manipulas, las olvidas… Ellas nunca pueden apoderarse de ti porque has creado barreras que impiden el paso a tu castillo, un castillo grandioso, pero que realmente está vacío y oscuro… solo.
Pero yo soy distinta, he jugado a tu mismo juego. ¿Pensabas que sería presa fácil? Te equivocaste. Quisiste enfrentarte a mí, fui tu gran reto, ninguna hasta ahora te lo había puesto difícil. Con dulces palabras intentabas convencerme, una feroz conquista que te llevo a los pies de tu abismo personal, dejarte caer en los brazos de cupido o resistir para mantener tu ego intacto.
Nunca me fié de tu mirada, no había sinceridad en ella pero intenté creer que eras distinto. Quise darte una oportunidad, no ser desconfiada y mantener la esperanza de que aún haya gente con un corazón puro. Pero me equivoqué, me demostraste lo poco que te he importado y lo falso que has llegado a ser. Vas de hombre interesante y me descubriste tu faceta de niño que tira la piedra y esconde la mano. Pero conmigo, te equivocaste.
No me sirven de nada tus excusas o tus lo siento, no me sirve que me digas “que no eres así”, “que de verdad me importas” o que no sea tan dura contigo. Déjalo. No vuelvas a mirarme, no quiero que tus ojos tengan el privilegio de contemplarme, no quiero que tus palabras sean espinas en mis oídos, ni quiero que tus manos sean esposas en mi cuerpo. Olvida mis besos, mis caricias y el calor de mi cuerpo. Olvida las noches que pasamos juntos hablando y retozando entre las sábanas hasta los primeros rayos de luz. Bórrame de tu mente, aunque supongo que para ti será muy fácil. Descuida, yo haré lo mismo porque no te mereces ni el más pequeño espacio de mi vida. Ya me has hecho perder demasiado tiempo, así que, desanda el camino y vuelve hacia atrás como los cangrejos buscando una buena roca donde esconderte.
Huye, vuela, corre como caballo indomable hacia un destino incierto y no detengas tus pasos porque tras de ti sólo quedan bellos campos devastados por un fuego ardiente donde no volverá a crecer la hierba, pueblos desolados y mujeres con su orgullo dañado.
Ahí va la sombra del gran caballero, que por arma lleva su afilada lengua y como escudo su gallarda armadura. Va arrastrando los pies y vaga por los caminos con la mirada perdida, intentando mantener la cabeza alta a pesar de tener el orgullo caído. La vanidad le pudo, ¡quién lo diría!
¡Eh! Gran trovador, ¿qué has hecho con todas tus historias? ¿Ya no te quedan más cuentos? Vete tan lejos como tus palabras, que con el sol vinieron y con el viento se marcharon. Acuérdate que conmigo, te equivocaste.
Ya jugaste conmigo suficiente, tantas palabras bonitas, tantas promesas que se quedaron sin cumplir, ¿dónde estás ahora? ¿Dónde está ese atrevido muchacho que intentaba conquistarme? Has huido como huyen los cobardes ante el peligro de una cruel derrota, un soldado asustado que duda de sus posibilidades, que tiembla ante los estruendos de los cañonazos, que teme luchar por miedo a morir. En definitiva, realmente me temes, sabes que puedo ser peligrosa para tu corazón prepotente.
Estás acostumbrado a que te halaguen, dominas el juego de la seducción a la perfección y encandilas a las mujeres con esa seguridad que de tu carácter emana. Las tratas como muñecas, las dominas, las manipulas, las olvidas… Ellas nunca pueden apoderarse de ti porque has creado barreras que impiden el paso a tu castillo, un castillo grandioso, pero que realmente está vacío y oscuro… solo.
Pero yo soy distinta, he jugado a tu mismo juego. ¿Pensabas que sería presa fácil? Te equivocaste. Quisiste enfrentarte a mí, fui tu gran reto, ninguna hasta ahora te lo había puesto difícil. Con dulces palabras intentabas convencerme, una feroz conquista que te llevo a los pies de tu abismo personal, dejarte caer en los brazos de cupido o resistir para mantener tu ego intacto.
Nunca me fié de tu mirada, no había sinceridad en ella pero intenté creer que eras distinto. Quise darte una oportunidad, no ser desconfiada y mantener la esperanza de que aún haya gente con un corazón puro. Pero me equivoqué, me demostraste lo poco que te he importado y lo falso que has llegado a ser. Vas de hombre interesante y me descubriste tu faceta de niño que tira la piedra y esconde la mano. Pero conmigo, te equivocaste.
No me sirven de nada tus excusas o tus lo siento, no me sirve que me digas “que no eres así”, “que de verdad me importas” o que no sea tan dura contigo. Déjalo. No vuelvas a mirarme, no quiero que tus ojos tengan el privilegio de contemplarme, no quiero que tus palabras sean espinas en mis oídos, ni quiero que tus manos sean esposas en mi cuerpo. Olvida mis besos, mis caricias y el calor de mi cuerpo. Olvida las noches que pasamos juntos hablando y retozando entre las sábanas hasta los primeros rayos de luz. Bórrame de tu mente, aunque supongo que para ti será muy fácil. Descuida, yo haré lo mismo porque no te mereces ni el más pequeño espacio de mi vida. Ya me has hecho perder demasiado tiempo, así que, desanda el camino y vuelve hacia atrás como los cangrejos buscando una buena roca donde esconderte.
Huye, vuela, corre como caballo indomable hacia un destino incierto y no detengas tus pasos porque tras de ti sólo quedan bellos campos devastados por un fuego ardiente donde no volverá a crecer la hierba, pueblos desolados y mujeres con su orgullo dañado.
Ahí va la sombra del gran caballero, que por arma lleva su afilada lengua y como escudo su gallarda armadura. Va arrastrando los pies y vaga por los caminos con la mirada perdida, intentando mantener la cabeza alta a pesar de tener el orgullo caído. La vanidad le pudo, ¡quién lo diría!
¡Eh! Gran trovador, ¿qué has hecho con todas tus historias? ¿Ya no te quedan más cuentos? Vete tan lejos como tus palabras, que con el sol vinieron y con el viento se marcharon. Acuérdate que conmigo, te equivocaste.
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