jueves, 27 de octubre de 2011

Me Gustaría

Me gustaría sentir cada día tus labios sobre mi piel. Despertarme rodeada entre tus brazos, perderme en tu mirada somnolienta y disfrutar cinco minutos más del calor de tu cuerpo.

Me gustaría hechizarte, que la magia de mis labios llenase de ilusiones y alegrías tu vida. Que me desearás con la misma fuerza que un niño desea sus juguetes, que me extrañaras si no estoy a tu lado.

Me gustaría ser tu ángel, tener alas para volar cuando me necesites, velar tu sueño, cuidarte cuando estés enfermo y ofrecerte mi regazo para limpiar tus lágrimas.

Me gustaría ser amiga, confidente, consejera, amante. Me gustaría ser tu mar, tu fuego, tu aire, tu tierra. Donde quiera que estés, allí me gustaría estar con el alma, con el corazón, con el pensamiento.

Estar en tus planes y que tu estuvieras en los míos, que nuestros destinos se juntasen para buscar nuevos horizontes y objetivos, sin prisas, sin presiones, sin miedos.


Muchas cosas me gustaría hacer contigo, cosas hermosas bajo las sábanas para regalarnos momentos de pasión y ternura. Un paseo por una calle cualquiera, junto al mar o entre montañas. Una barbacoa con amigos, una fiesta, un viaje… No importa lo que sea, sólo tener tu compañía.

Mientras pienso en todas las cosas que me gustarían, sigue andando por tu camino. Busca cumplir tus sueños, haz lo que deseas, disfruta del día a día. Y cuando creas que has alcanzado tus metas, cuando quieras compartir tu vida, ven a buscarme, llama a mi puerta, cógeme de la mano y dime “Me gustaría estar contigo, sentir tu cuerpo a mi lado”.

Pero esto… es sólo lo que a mí me gustaría.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Ni contigo ni sin ti

¡Paso! ¡Paso totalmente! Paso de todo, paso de todos y paso de él. Sí, me gusta ¿y qué? No puedo estar detrás de él día sí y día también como si fuera su perrito faldero ¿no? Que yo también tengo una vida, ¡ni que solo fuera él quien tuviera cosas importantes! Ains… mierda... ¿por qué me engaño? Si mañana le volveré a ver y se me caerá la baba de nuevo. No puedo evitarlo y me molesta, sí, me molesta fijarme en él, en lo que hace, si se acerca… que todas las mañanas se me encoge el estomago porque sé que voy a verle. Y lo más gracioso es que él ni se da cuenta, ¡no sabe nada! ¡No me conoce! ¡No sabe ni como me llamo!

Por desgracia, esto nos pasa y más veces de las que nos gustaría reconocer. Mira que ya somos mayorcitas para amores imposibles pero nos empeñamos en que algún día lo conseguiremos. Sí, recordamos nuestros años de colegio o de instituto cuando te enamorabas del más guapo de la clase que, por supuesto, no se fijaba en ti. Aquella vez no lo lograste, pero esta vez sí, esta es la definitiva, ¡tiene que serlo! Porque ya estás cansada de soñar con un príncipe azul que nunca llega y de interesarte justo de los que menos se merecen que te preocupes por ellos.



En serio, no sé porque sucede pero… por algún motivo incomprensible nos enamoramos de aquellos que no se enamoran de nosotras. Primero te fijas en alguien, un desconocido hasta ese momento, luego empiezas a sentir algo, una especie de sensación extraña que genera la necesidad de querer verle y poco a poco las emociones van en aumento hasta que te das cuenta, tarde, de que vuelves a tener un amor imposible. Y puede ocurrir en cualquier lugar: en el metro, en la parada de autobús, en la cafetería donde desayunas habitualmente, en el trabajo, en el super de tu barrio, haciendo footing en el parque mientras sacas al perro, en el gimnasio, en la academia de inglés… Pero sobre todo, ocurre cuando menos te lo esperas y de quien menos te esperas.

El Amor Imposible puede ser bonito, difícil, idílico… pero sea como sea, podemos decir que hay cinco fases importantes y según como se sucedan los acontecimientos, puede que deje de ser imposible o que, directamente, sea desastroso.

Avistamiento: Es el momento inicial, justo cuando ese “alguien” anónimo pasa a ser “algo” importante en tu cabeza. No paras de pensar en él, si le verás, cómo irá vestido y vas sintiendo cosquillas en el estómago cuando sabes que se acerca el momento, o si, por casualidad, pasa por tu lado.

Reconocimiento: Al principio no reconoces lo que sientes por esa persona en concreto pero al final te vas dando cuenta y ya no hay remedio. Aún no te planteas si va a ser positivo o negativo pero ahí está. También haces un reconocimiento de la situación como tal, es decir, dónde se produce, si es fácil acercarse a él o intentar entablar conversación, si hay más mujeres cerca en las que pueda fijarse o, incluso, que alguna se te adelante… Vamos cualquier cosa que te dé pistas de las posibilidades que tienes.

Aproximación: El siguiente dilema que se te plantea es… ¿qué hago? Por un lado te mueres de ganas de hablar con él, pero por otro no te atreves, te da vergüenza. No sabes qué va a pensar y te da miedo quedar en ridículo, aunque lo que más temes es el rechazo. Intentas acercarte de la forma más casual: si le has visto en el parque bajas a su mismo horario y procuras mantenerte cerca para que te vea o si ha sido en algún trasporte público, te sientas a su lado, le miras de vez en cuando. Intentas llamar su atención.

Lucimiento: Y que mejor forma de llamar la atención que sacar lo mejor de ti, sacar partido a tus mejores cualidades físicas y ser la chica más sexy que hayan visto sus ojos.

Análisis de situación: Está es la fase más complicada y decisiva. Después de sopesar los pros y los contras, te toca tomar una decisión, atreverte y tomar la iniciativa o dejarlo pasar. Si eres de las valientes, justo un momento antes de lanzarte te entran las dudas, “No, que mejor no lo hago… bueno, sí, que ya que me he decidido… ¿y si no sale bien?”. Si no sale bien, seguramente te desilusiones un poco pero al menos lo habrás intentado.

Y yo me pregunto ¿habré sido alguna vez el Amor imposible de alguien? Sería curioso imaginar una escena así. Estás comiendo un riquísimo plato de fettuccine a la carbonara, y en el momento en el que tienes la boca llena y un fettucine colgando del labio, un hombre te pregunta “¿puedo sentarme?”. No está nada mal y parece agradable pero como no puedes hablar aún, le haces señas para que se siente mientras intentas taparte la boca con la servilleta y tragar. Bebes un poco de agua, carraspeas y te disculpas. A ver, ¿no podía haber elegido otro momento? No sé, en el café por ejemplo… porque estás cosas siempre pasan en los momentos más inoportunos. Él intentaría ser educado, preguntar tu nombre y entablar una conversación que acabase pidiéndote el número de teléfono. ¿Qué pasaría después? En mi caso, a día de hoy no he tenido encontronazos casuales con nadie pero eso no significa que no los haya tenido, puede que no me haya dado cuenta o que no se hayan atrevido a lanzarse. ¿No habéis tenido alguna vez la sensación de que alguien os mira pero cuando levantas la vista no hay nadie que te mire? Vaya, puede ser un admirador secreto, así que, tendré que ser más observadora cuando vuelva a sentir una mirada en mi cogote.

Sea como sea, el Amor Imposible siempre deja las cosas en el aire. Es imprevisible, inseguro, inestable y, por lo general, suele dejar un sabor agridulce, más aún cuando no vuelves a ver a esa persona o bien ese amor ya tiene a alguien. Tendríamos que tener algún tipo de botón que al pulsarlo nos impidiese emocionarnos por alguien que no debemos. Lo malo es que no somos robots, somos humanos y es muy difícil controlar de quien nos enamoramos. Como bien dice una canción de amor “más quien le pone puertas al campo y quien le dice que no al amor”.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Cosas del Amor y del Destino

¡Qué difícil es el Amor! Parece algo tan simple, una cosa de dos, pero de simple no tiene nada. Muchas veces somos nosotros los que complicamos las cosas y de un grano de arena hacemos una montaña por pensar demasiado en lo que estará pensando el otro. Otras son las circunstancias las que impiden que algo bonito pueda hacerse realidad y en algunas, y no pocas, las cosas no salen como a ti te gustaría.

Sabemos que a los hombres no les gusta hablar de sentimientos y les suele costar demostrarlos, ¡pero al menos que nos den alguna pista! No sé, saber qué hacer cuando se encuentra mal, qué decirle para darle ánimos o cómo actuar en los momentos de mosqueos. Pero como nos toca intuir las cosas, nos pasamos varias horas pensando si lo que le has dicho le ha enfadado o si es que ha tenido mal día, si le apetecerá salir a cenar o prefiere quedarse en casa, si cuando no me habla es por mi culpa o es por otra cosa y, sobre todo, que si le pregunto qué le pasa me diga que nada, sabiendo que algo le pasa y no me lo quiere contar, dejándome con la intriga y dándole vueltas al asunto porque él no quiere sacarme de dudas. Y claro, como pensamos en lo que creemos que ellos piensan y en lo que pensamos según esos pensamientos imaginados, pues la liamos. Sí, nos equivocamos, metemos la pata porque ni ha pasado lo que pensabas, ni ha dicho lo que imaginabas, ni ha hecho lo que te gustaría. Eso ya te ha generado una discusión inútil por mal entendimiento, has gastado tiempo y, lo que es peor, te has agobiado innecesariamente.

Creemos que lo tenemos todo controlado y no es así. Damos por sentado que el otro actuará de una manera olvidándonos de sus expectativas y sus prioridades. Porque las circunstancias nos limitan y ¡no somos conscientes de ello!

Conoces a un hombre fabuloso en un Congreso para especialistas de tu sector. Tiene todas las cualidades que te llaman la atención y no para de sonreírte pero… siempre hay un pero… está casado y tiene una niña pequeña. ¡Será posible! Mira que es casualidad, justo el que te gusta ya está cogido. También puede ocurrir que tengas un compañero de trabajo que te resulta agradable. A penas habláis, intercambiáis algún “Hola”, “Buenos días, “Adiós” o coincidís en la máquina de los cafés o en la impresora. Te gustaría decirle algo más, intentar entablar una conversación medianamente decente pero ¿cómo? Si se va a desayunar con los de su departamento y casi ni os cruzáis las miradas. Sin embargo, por otra parte empiezas a pensar que al ser del trabajo surgirán los cotilleos y si no funciona habrá tiranteces, también está el morbillo de lo prohibido y que te puedan pillar pero ¿hasta qué punto merece la pena? Con lo simpático que parece y para un chico mono que hay en la oficina y ¡no te puedes acercar!




Otra situación posible: separado y con churumbel o churumbeles. Da igual que tú también estés separada o seas soltera, el camino está sembrado de espinas. Si sólo está separado, lo peor que puede pasar es que estará tan quemado de su matrimonio anterior que no aguantará ni una pero con hijos de por medio la cosa se complica y si son pequeños mucho más. Con niños, ya sabes que ellos siempre van a ser lo primero y que el irles a buscar al colegio o tenerles el fin de semana en casa es sagrado. Lógicamente, si coge vacaciones es para estar con ellos, así que, olvídate de tener una semana romántica en algún lugar perdido, de hecho, si es de los que tiene suerte y habla con ellos a diario, sabes que los horarios de llamadas son inamovibles. Eso sin contar que si la cosa funciona tendrás que conocer a sus hijos, lo cual siempre genera tensión porque pueden pensar que quieres sustituir a su madre y ya sabes que van a verte como la mala. Si tú también estás en la misma posición, te preguntas si a tus hijos les gustará tu pareja y te tiemblan las piernas de pensar que no va funcionar. Está claro que si se quiere es posible compaginar la situación de cada uno pero el camino estará cubierto de obstáculos que, muchas veces, parecerán insalvables ya que uno de los dos tiene que ceder y ¿quién cede?

Lo que suele ser muy común es que coincidas con un chico que ha dejado recientemente una relación. Dalo por perdido, de hecho, ni te plantees nada, hagas lo que hagas no va a salir contigo, puede que seáis tal para cual, con gustos parecidos y os gustéis pero ¡ni se te ocurra enamorarte! Trátale como un amigo pero ¡nada más! Es peligroso porque si tu situación es distinta, está claro que las prioridades no son las mismas. Mientras que a ti te apetecería hacer cosas de dos, él prefiere ver a sus amigos y no dar explicaciones, a ti te gustaría que te llamase más a menudo y él no quiere ataduras ni que le controlen el tiempo. Él simplemente vive su vida a su gusto. Es una pena, has llegado tarde, pero así es, nunca sabrás si funcionaría o no porque ni siquiera tendrás la oportunidad de intentarlo. Eso sí, puede darse el caso que seas tú la recién entrada en la soltería. Si es así, es probable que no veas a ese chico tan simpático como un hombre en potencia sino más bien como un amigo, o si te fijas en él seguramente seas reacia a mantener algo más que unos escarceos esporádicos. Tanto si es él el que ha terminado una relación como si lo eres tú, las circunstancias de cada uno van a influir en el desarrollo de la situación.

Nos regimos por prioridades y éstas van cambiando según el momento y, cosas del destino, encuentras a un chico que está totalmente centrado en su vida profesional: buscando trabajo, trabajando de sol a sol, opositando… o en su vida personal: ir al gimnasio, quedar con sus amigos, ver a su familia, buscar compañero de piso o piso nuevo, la hipoteca, los gastos…y no puede dedicarte el tiempo que tú quieres. Tú no eres una prioridad y, por lo tanto, quedas relegada a los últimos puestos y quedará contigo sólo si puede o si su agenda se lo permite. Lo triste es que cuando él se plantea que puedes empezar a ser una prioridad, para ti ya ha dejado de serlo, el tren ya ha pasado y ha perdido la oportunidad de subir.

Y como tú también tienes tus preferencias, tienes la mala suerte de que los que no te gustan sigan llamándote mientras que aquel que quieres que te llame ¡no lo hace! En una fiesta en casa de una amiga te presentan a un chico pedante, pesado y salido. Es el típico que va de listillo y encima con unas copas de más. Al día siguiente tienes un mensaje de un número desconocido, contestas y... ¡¡ta chán!! Es él… pero… ¿cómo ha conseguido mi número?-te preguntas ingenua de ti- no sabes cómo pero lo tiene y a pesar de que le ignoras, él sigue empeñado en llamarte. Y es justo el que no te presta atención, ese que te ignora y que ni se preocupa por preguntarte qué tal estás, el que más te gustaría que te llamase. ¿Acaso hay que ignorar para que te hagan caso? ¿Hay que ser una “Cruela Devil” para que se fijen en ti? Es más ¿hay que sentirse ignorado para que pienses más en esa persona que te ignora y tengas mayores deseos de estar con ella? Es incomprensible pero así es, cuanta más atención prestas a alguien, más se aleja y si le ignoras, más interés tiene. Bueno, esto en la teoría porque en la práctica no siempre funciona, también depende de las circunstancias. Como se suele decir “lo que me dan no lo quiero y lo que quiero no me lo dan”.

Creemos que lo sabemos todo sobre el Amor y no sabemos nada, damos consejos a nuestras amigas y luego nosotras no los ponemos en práctica, no porque no los conozcamos, sino porque es difícil hacerlo cuando alguien te importa. Pensamos que hemos aprendido de nuestras experiencias y, sin embargo, volvemos a cometer los mismos errores. Nosotras necesitamos certezas, ellos creen en el “ya veremos”, nosotras queremos hechos, ellos huyen de las complicaciones, nosotras nos preocupamos del futuro, ellos viven el presente.

Pero seguiremos preguntándonos si le gustas realmente, si volverás a verle, por qué no funcionó o si funcionará. Pensarás en qué harás cuando le veas, qué te pondrás y dónde iréis. Surgirán emociones de alegría si te llama, de emoción si te besa o de rabia si pasa de ti. Sopesarás si mandarle un mensaje será un acierto o una equivocación y le darás mil vueltas pensando en qué pensará si se lo envías. Te asaltarán las dudas de si has dicho o hecho algo que no debieras o si tienes que mostrarte indiferente o demostrar interés. Aunque lo intentemos, no comprenderemos los entresijos del Amor porque las circunstancias y el destino se mezclan para complicarnos un poco más las cosas. Porque en el Amor, como en el juego, mucho tiene que ver la suerte.

jueves, 18 de agosto de 2011

¿Complejos? ¡Vete a la playa!

Pechos grandes, pequeños, caídos, puntiagudos, desnudos, tapados, blancos, negros, tostados, naturales, inflados, juveniles, adultos, maternos… y así podríamos seguir describiendo toda la anatomía femenina. Da igual como sean, siempre nos quejamos, nos miramos en el espejo y no nos gustan. Sacamos muchos defectos a nuestro cuerpo en general y a nuestro pecho en particular pero no nos damos cuenta de cómo son hasta que vamos a la playa. El bikini o el bañador lo deja todo al descubierto permitiéndonos compararnos con las demás y nada mejor que ir a la playa para empezar a quitar los complejos.

En la playa, al igual que en el amor y en la guerra, todo vale (o al menos eso dicen). Lo que llama la atención son las miles de formas que tiene el pecho femenino y todas lo exhiben con naturalidad y sin pudor. La mayoría lo tapa, bueno, algunas deben llevar una talla menos porque las llevan tan apretadas que parecen que van a salir despedidas en cualquier momento. Otras las llevan al descubierto y les da igual que estén más o menos caídas o el tamaño que puedan tener, van a ponerse morenas y listo. Es una de las pocas posibilidades que tenemos de mirar escotes a mujeres sin sentirnos incómodas por ello y te comparas. El resultado es que compruebas que tus pechos son más bonitos que los de aquella del bikini de lunares y que están mejor colocados que los de la mujer que pasea por la orilla. También te encuentras a chavalinas de 16 años con unos volúmenes paranormales, vamos, casi hay que considerarlo expediente X teniendo en cuenta las pequeñas cinturas y sus escasas caderas. Y eso lo que genera es envidia, si, ¡envidia por querer unas así! Bueno, las que tengan ya suficiente más que envidia se apiadarán de la muchacha pensando “ay hija… ya verás cuando vayas a comprar sujetadores y no encuentres de tu talla”.

Otra comprobación que haces es que los tuyos se desplazan a los lados cuando te tumbas. Eso pasa siempre que estás durmiendo o tirada en el sofá, pero no eres consciente de ello hasta que estas tumbada en la arena, con las gafas de sol, los cascos de música y mirando el horizonte. Entre medias ves dos cosas que se despanzurran, y no importa lo tenso que tengas el bikini, se quedan así. Sin embargo, ves a algunas que se quedan en un perfecto estado de redondez ¡continua! ¡No se mueven! Es que son como globos perfectamente inflados que van a salir volando. Al igual que las modelos de las revistas de modas, que cualquier modelito les queda divino pero a ti no te queda ni la mitad de bien. Pero piensas “está operada” o “la foto está retocada”, en un intento de levantar tu autoestima. Pero al levantar la vista y ve lo que hay en realidad, ves que lo de la portada no tiene nada que ver con lo que hay allí, de hecho, tampoco es esa maravillosa playa de Miami donde todas las mujeres son extremadamente esculturales. Eso me recuerda que no tengo que ir a las playas de Miami…

¿Sólo nos fijamos en el pecho? No, ni mucho menos porque hacemos un repaso de arriba abajo. También hay culos planos, fofos, duros, pequeños, grandes… Y si piensas que el tuyo es muy feo, te equivocas porque en la playa seguro que los verás peores. De hecho, verás a mujeres de amplias caderas que llevan sus bikinis y tan contentas. ¿Y las tripas? Las tripas también son muy variables y es cierto que hay dos tipos de mujeres, en forma de manzana y en forma de pera, las observas a todas mientras pasean por la orilla y ves tripas prominentes, planas, abombadas, de media curva, cerveceras, de barrilete.

Por supuesto, las piernas y los muslos nos obsesionan por culpa de la celulitis, aunque en los anuncios la llaman piel de naranja, que queda mucho más fino, y más comúnmente conocida como cartucheras. En las farmacias venden productos que aseguran que se reduce incluso ¡por la noche! El caso es que vayas a Benidorm, vayas a Torrevieja o vayas a Peñiscola, vas a ver a muchas mujeres con celulitis, estrías, varices, juanetes, rodillas torcidas y las piernas podrán ser finas, gruesas, grandes, pequeñas, bonitas, feas… pero ¡ahí están! Paseando tranquilamente sin miedo a que las estén mirando.

Las playas españolas no son como las de California o Miami. Según las miles de series que llegan a nuestros hogares, las vacaciones perfectas no son en el Caribe, no, son en las playas de California donde las chicas son rubias explosivas y morenas espectaculares de las que, lógicamente, se enamoran los protagonistas y las quieren para que sean las madres de sus hijos. Normal, con esos enormes pechos (que seguro que son naturales cien por cien… vamos que llevan hasta garantía) más de uno se haría pasar por niño. Y por supuesto, los hombres también son de impresión, con abdominales marcados, brazos enormes y que levantan pesas en medio de la calle y a pleno sol, debe ser para sudar un poquito más. Y siempre hay patinadoras con pantalones ajustados y ciclistas sin camiseta. Es más, los socorristas californianos son increíbles. Ellas llevan unos bañadores que les estilizan las piernas, pero tan alto queda que tendrán que depilarse mucho más que sólo las ingles. Además, deben usar maquillaje resistente al agua porque siempre están perfectamente maquilladas. No sé qué hacemos aquí y no nos vamos a Estados Unidos a buscarnos marido, dicen que hay muchos obesos pero ¿dónde están? Porque en las series no aparecen.

En nuestras playas vemos a gente normal, con ropa normal y que hacen lo normal. Aquí nos traemos nuestras neveritas y ves a la abuela cuidando de los nietos en la orilla pero ella sólo se moja los pies. Ves a las madres regañando a los niños, a las quinceañeras tonteando con sus amigos, a los padres haciendo un castillo de arena tostándose al sol mientras el pequeño va a rellenar el cubo de agua. Ves a los socorristas sentados en su puesto de vigilancia con ropa cómoda y gafas de sol, incluso uno de ellos está algo fondón y otro muy delgadito. La socorrista ni mucho menos va maquillada y se recoge el pelo en un moño, para evitar que le de calor y se le venga a la cara con el aire. No hay gimnasios callejeros ni hombres musculados, el deporte más común es ir a tomar el aperitivo, con unas cervezas, unas patatitas y unas aceitunas.

En España no hay chicas despampanantes tomando el sol ni patinadoras sexys, hay mujeres de verdad que no están retocadas con photoshop ni cualquier otro programa informático. Mujeres del día a día, con sus pecas, manchas, celulitis y kilos de más. Mujeres trabajadoras, amas de casa, empresarias, estudiantes, paradas… Mujeres altas, bajas, gordas o flacas. Todas intentan cuidarse diariamente y todas tienen sus complejos, pero no sé que tiene la playa que cuando llegas los has perdido y cuando regresas vuelves a la realidad, ¿será el bronceado que sienta muy bien? Definitivamente, todos los años vendré a la playa a olvidarme de mis caderas, de mi trasero, de mis pechos, de las cartucheras, de las espinillas, de las manchas... porque soy una mujer normal que deja a un lado los complejos.

viernes, 5 de agosto de 2011

En la orilla (**Erótico**)

Entro en el recinto de apartamentos, ya es tarde y mañana quiero aprovechar el día. Me han hablado de una preciosa playa con calas en la que se puede disfrutar del sol y el mar en plena soledad, sin que nadie pueda perturbar el silencio que la naturaleza te ofrece. Me duelen los pies, me quito las sandalias y las sostengo entre las manos. Mi vestido blanco se mueve con la suave brisa y me detengo a respirar el aire fresco de la noche. Voy hacia los ascensores, oigo pasos y me giro. Te acercas y esperas detrás de mí, se abren las puertas y entramos. Pulsas la quinta planta, yo la tercera. Cada uno en una pared, evitamos que nuestras miradas se crucen pero sé que me miras de reojo, buscas mi escote, me miras de arriba abajo fijándose en el detalle de las sandalias en la mano que te hace sonreír. Por un breve instante nuestros ojos se encuentran justo cuando se van a abrir las puertas y me giro. Sé que me observas, sé que te detienes en mis caderas y mi nuca humedecida por el calor de la noche. Salgo y me giro para desearte buenas noches y las puertas se cierran. No sé si le volveré a verte pero realmente eres atractivo.

No me levanto excesivamente pronto, preparo mis cosas y voy donde me han indicado: una playa de arenas blancas, pequeños refugios de rocas y un agua cristalina recorre todo el horizonte. No hay nadie, elijo uno de los refugios de rocas y me desprendo de toda mi ropa. El sol broncea cada centímetro de mi piel, tengo calor y necesito refrescarme. Justo cuando voy a salir veo a alguien… ¡eres tú! No apartas la mirada de mí, al igual que yo no esperabas a nadie, te ha sorprendido verme pero no puedes apartar tus ojos de mis pechos. Eso me hace sentir incómoda pero no quiero que lo notes y sigo andando como si no estuvieses. El agua roza mis pies y se me eriza el vello de los brazos, está un poco fría. Sigo andando hasta que el agua me llega a las nalgas. No te veo, no sé qué haces y no quiero girarme pero tengo la sensación de que me sigues observando y por eso quiero provocarte. Meto una de mis manos en el agua y me mojo la nuca, dejando que las gotas recorran mi espalda, vuelvo a agacharme de forma sugerente para mojarme los brazos, lo hago despacio, deleitándome, como si el agua me estuviese acariciando. Me gustaría girarme, ver tu reacción y si ha surtido efecto. Mis pechos se han encogido por el cambio de temperatura pero noto la excitación en mi cuerpo. Me sumerjo y voy nadando para bordear las rocas de aquella cala y al volver me choco contigo. Nos sonreímos y al alejarme rozo una de tus manos, como si quisiera cogerla, como si quisiera decirte que me siguieras.

Ya en la orilla, me tumbo boca abajo para tomar el sol mientras el agua va refrescando mis piernas e incluso mis caderas. Veo que te sientas no muy lejos de mí, con las piernas extendidas. Se nota que también estás excitado aunque estás intentando controlarlo, recorro tu cuerpo con la mirada y desearía poder tocarte, sentirte más cerca para acariciarte. Volvemos a mirarnos y te sonrío a la vez que te hago un gesto para que te acerques. No nos decimos nada, no lo necesitamos, nuestros cuerpos hablan por nosotros y se desean. Te sientas a mi lado y uno de tus dedos hace dibujos sobre la parte trasera del muslo, subes por el glúteo te desvías a los costados y bajas por la espalda. El agua vuelve a mojar mis nalgas y las gotas dan un aspecto brillante a mi cuerpo. Siento como haces más presión sobre mi piel y tu mano masajea mi nalga izquierda. Abro un poco las piernas y aprovechas para descender lentamente hasta que siento cómo uno de tus dedos me acaricia de arriba abajo, haciendo movimientos suaves y pequeños y poco a poco a metiéndose en mi interior.


No sé si es el agua o soy yo pero siento que la humedad invade mi cuerpo, tengo los labios secos y dejo escapar un pequeño gemido. Me aprieto a ti y alargo mi mano para tocarte. Me apoyo en tu rodilla y voy subiendo por el muslo interno, me detengo y doy un pequeño respingo al notar dos dedos dentro de mí. Te acercas más aún y acaricio tus ingles. Tu erección ya es completa y dejo que mi mano te acaricie, subiendo y bajando al mismo tiempo que la tuya. Mojo mis dedos y hago círculos en la punta descendiendo por el tronco y rozando tus testículos. Tu respiración se acelera y dejas escapar varios gemidos. Nos estamos tocando a la vez, sintiendo el calor del sol y el agua que nos sorprende y nos refresca. Estamos excitados y nuestros cuerpos quieren más. Te ladeas y empiezas a besar mis hombros y mi espalda. Mis pechos se encogen al sentir tus labios y se me eriza la piel. Te colocas encima de mí, mordisqueas mis orejas y tu lengua recorre mi cuello en busca de mi boca. Levanto mi espalda y ladeo el cuello para en busca de tus labios. Nos besamos con pasión y deseo mientras tus manos tocan mis pechos erectos.


Me tumbas, me abres un poco las piernas y noto como te colocas. Siento como va metiéndose poco a poco, duro y te aprietas más a mí. Notas el calor, la humedad, el agua… sientes como las paredes se abren, un suave cosquilleo que recorre todo tu miembro y te llena de placer. Subo las caderas y sigo tus movimientos, sales para volver a entrar, sin prisas, deleitándote dejándote llevar por las sensaciones. Me agarro a tus brazos y te digo que sigas, arqueo la espalda para sentirte más dentro y las embestidas cada vez son más rápidas. Sientes como mi respiración se acelera, mis gemidos son cada vez más intensos. Sigues empujando agarrándome de los hombros, estoy acercándome al orgasmo, mis paredes se contraen cada vez más y más y ya no puedo contenerme. Clavo las uñas en la arena y mis contracciones te hacen llegar al orgasmo casi a la vez. Los dos gemimos y nuestros cuerpos se tensan del placer que nos invade. Te dejas caer hacia un lado, los dos boca arriba, recuperando el aire y dejando que las olas se lleven los restos de nuestro intenso encuentro.

domingo, 24 de julio de 2011

Nosotras... ¿Así somos o así nos pintan?

Las mujeres somos demasiado ingenuas. Eso o somos incapaces de eliminar los estereotipos que se consideran propios de nuestro genero, estereotipos que las revistas femeninas no dejan de promover. Lo que me resulta más contradictorio es que nos gusta acudir a ellas como si fueran la solución a dilemas trascendentales: ¿pintalabios rojo pasión o gloss? ¿Minifalda con alzas o pantalones bombachos con sandalias playeras? Somos tan incrédulas que nos leemos reportajes del estilo de “100 maneras de decirle que te gusta”, “Saca tu lado más irresistible” o “Los mejores trucos para sorprenderle en la cama”. No es que te cuenten nada nuevo, o puede que sí, pero intercalan en el texto comentarios de gente que les ha contado su caso como por ejemplo lo siguiente: “Tomás, de 25 años nos dice que “cuando mi novia fue a buscarme a la oficina para comer y en el restaurante me dijo que no llevaba nada debajo de la falda… me dio un subidón increíble. Era algo que no me esperaba de ella y me encantó. Ahora siempre intentamos innovar para no caer en la rutina”. Me gustaría saber dónde buscan a estos lectores con historias tan originales, siempre relatan cosas que ni se te habían ocurrido. Y es que, tanto en este tipo de reportajes como en los miles de test que te proponen sobre cuestiones de pareja, buscamos respuestas, buscamos el remedio infalible para acertar con los hombres olvidándonos de la vida real.

Recientemente una publicación femenina planteó este tema: “10 gestos que le conquistarán” Pues bien, vamos a comprobar si lo que dicen se ajusta o no a la realidad de nuestra vida diaria.

Ser Sexy: Estamos de acuerdo en que una imagen vale más que mil palabras y que hay que cuidarse pero ¿ser sexy implica llevar escotes vertiginosos o pantalones ajustados? Puede que ese tipo de indumentaria no nos favorezca así que, olvidémonos de ser las divas de la noche o las reinas por un día. Incluso si acudes muy sexy a una cita, es probable que te desnude con la mirada y sólo quiera conseguir una cosa, sin preocuparse por conocerte. Tanto en maquillaje como en ropa lo adecuado es utilizar aquello que te gusta, con lo que estás cómoda y que sabes que te favorece. Creo que a todas nos queda claro que un chándal, aunque sea cómodo, no es la vestimenta adecuada para una cena con velas pero siempre hay algo en el armario que sabes que te sienta bien. En definitiva, no hay que ser sexy por gustarle a él sino que nos ponemos guapas para gustarnos a nosotras mismas y si nos gustamos a nosotras, gustaremos a los demás, llevemos lo que llevemos.

Hazle Reír: De acuerdo, el buen humor siempre es importante y, de hecho, las personas simpáticas nos resultan más agradables pero ¿tengo que contar chistes o tengo que reírle los suyos? Ni lo uno ni lo otro. Hay que ser natural y ser una misma. Si no se te ocurre una frase graciosa sobre un tema determinado que estéis tratando, ¡no pasa nada! A esa persona tenemos que gustarle tal y como somos, seamos vergonzosas, extrovertidas, serias, alocadas… y si no le gustas es que no ha sabido apreciar tu verdadero yo, así que, probablemente no era el hombre adecuado.

Dale sexo: ¿Cómo? ¿Acoso soy una máquina expendedora? Vamos, como las máquinas de café de mi oficina, sólo que en lugar de apretar el botón para que te de un vaso de café aguachinado con leche, lo que daría sería otra cosa. En una pantalla se puede leer “Haga su selección”. Él aprieta un botón y una voz femenina (un poco al estilo de las gasolineras) dice “ha elegido usted postura del misionero”… hombre clásico que empieza por lo básico pero se queda atónito cuando lee otra opción “Sexo oral mientras ves un partido de futbol”… lo aprieta sin pensarlo dos veces, juntar las dos cosas que más le satisfacen en un mismo momento debe ser increíble, lo único que ¿Cómo cantará el gol? También le gusta la opción de “Sexo en la mesa de la cocina” lo aprieta pero la voz le dice “producto agotado” y esas palabras también aparecen en la pantalla. Justo cuando se va a ir lee “Sexo en postura perrito”, a la mayoría de los hombres les gusta así que la tentación le puede y vuelve para seleccionarlo pero “no tiene suficiente crédito”. Ni nosotras somos objetos inertes ni somos de piedra, nos gusta que nos den placer igual que nosotras lo damos, por lo tanto, en el juego de la pasión la reciprocidad es importante. ¿O acaso va a pensar en sí mismo y te deja a medias? Si hace eso ya sabes que no sabe trabajar en equipo.

No compromiso: Supuestamente tienes que decirle que no quieres compromiso para que se muera de ganas por estar contigo. Pues bien, si a un hombre le dices que no quieres compromiso él lo entenderá de una forma literal “Nada de compromiso”. Eso le permite hacer lo que le apetezca porque no tiene nada serio contigo ni lo va a tener, así que puede buscarse otras amigas con las que compartir sus ratos libres. Le llamas un día para quedar a cenar y el te dice “lo siento, es que ya he quedado con una amiga para ir al cine”. Esa amiguita seguramente acabe en su cama una vez terminen de ver la película y, aunque no tengas nada con él, te molesta. Sí, te molesta porque, independientemente de lo que quieras tener con el muchacho, no es lo mismo intuir que pueda estar con otras a saber que efectivamente se va con otras. Te duele el orgullo de mujer de pensar que no eres la única que ha sido capaz de conquistarle y en tu fuero interno surge ese resentimiento que te hace pensar “¿Sí? Pues yo también voy a hacer lo mismo… ¿quién se ha creído que soy?”. De nada sirve marcar límites desde el comienzo, las pretensiones de cada uno van a salir a la luz por sí solas, hay que ver cómo evolucionan y dejarse llevar por los acontecimientos. Nunca se sabe lo que puede pasar.

Dale libertad: Partiendo de la base de que no vamos haciendo prisioneros a nuestro paso, no puedes dejar a nadie que sea libre de hacer lo que quiera si no es nada tuyo. Es decir, si ya es tu pareja no tienes que conquistarle, sólo mantener la conquista día tras día. Tanto si estáis juntos como si sólo es un amor pasajero, él puede salir con sus amigos igual que tú con los tuyos, no por una cuestión de conquistar simplemente porque es bueno que cada uno tenga una cierta independencia.

¿Vemos el futbol?: Está muy bien que quieras adaptarte a sus gustos y que intentes involucrarte en sus aficiones, pero de ahí a esperarle en casa sólo con una camiseta de su equipo favorito…. Va un trecho. Si te gusta el futbol estará encantado de que lo veas con él, pero si no es así, no finjas, mientras él esté entusiasmado gritándole al árbitro tú estarás aburrida, se notará y quedará mucho peor que si desde el principio eres sincera.

Hazle la cena: Se cae en el tópico de que a los hombres se les conquista con el estomago. Puede que aún sea cierto pero, en los tiempos que corren en los que nosotras trabajamos igual que ellos, buscamos hombres independientes que sepan valerse por sí mismos y no dependan de las faldas de sus madres o de otra mujer que la supla para hacerles la comida. Si supiese hacer “Risotto con setas y pollo con salsa de frutos rojos, aderezado al Pedro Ximenez” entonces trabajaría de cocinera en algún restaurante famoso y no delante de un ordenador ocho horas al día. Además, a nosotras también nos gusta que nos sorprendan con una cena con velas, aunque haya hecho un simple plato de pasta, la intención es lo que cuenta.
No te enfades: Para ver a alguien sentado como un tonto delante del televisor sin ganas de hablar y sin poder contarle el día que he tenido, casi en lugar de querer tener pareja me compro un oso de peluche gigante que, al fin y al cabo, hará la misma función ¿no? Sí, puede que hombres y mujeres tengamos ciertas diferencias a la hora de comunicarnos, que nosotras seamos más expresivas y emocionales y ellos más prácticos y racionales pero la gracia del asunto es intentar llegar a un entendimiento, muchas veces no será posible, incluso diremos que no les entendemos y ellos dirán lo mismo de nosotras, pero hay que intentarlo. De acuerdo, no hay que llegar al dramatismo y fomentar el victimismo llorando por nada, pero a él le gustará que le escuches cuando realmente lo necesite y él hará lo mismo si realmente le importas.

Improvisa: Con ellos la improvisación es casi imposible porque el día que le propongas ir a visitar Segovia, él te dirá que ya ha quedado con los amigos por la tarde para jugar al pádel. Le insistirás bromeando como si fueras una niña pequeña pero no funcionará, le dirás que te hacía mucha ilusión, y te dirá que lo dejáis para el próximo fin de semana. En tu último intento desesperado de convencerle le dices que hacéis pocas cosas juntos… craso error, eso suena a reproche y ya no tienes nada que hacer. Eso sí, cuando él quiere improvisar… échate a temblar. Tú ya tienes planes con unas amigas y te plantea ir a la sierra, le dices que no puedes pero insiste y empieza a tocar la vena sensible diciéndote que lo pasareis bien, que estaréis los dos solos, que con tus amigas puedes quedar cualquier otro día y que es una buena oportunidad para hacer cosas juntos. Eso te hace recapacitar y acabas cediendo. Si quieres hacer algo, díselo en ese momento, no esperes a que sea más tarde y ya tenga planes, y si no puede, concretar un día, no es necesario que planifiquéis cada salida pero al menos asegúrate de que no tiene otros planes.

¿Reproches?: Los reproches no son buenos se los hagas a quien se los hagas. No es necesario que le recuerdes constantemente que se equivocó pero si que tenga en cuenta tu opinión para otras ocasiones o que si ha hecho algo que, de una forma u otra, te haya dolido debe saber que ha actuado mal y disculparse. No será fácil perdonar pero si le importas y te importas al final las peleas siempre acaban en agradables reconciliaciones.

Estos diez consejos me recuerdan a los panfletos que repartían en los años veinte con recomendaciones para ser una buena esposa: ten la comida preparada cuando tu marido llegue a casa, como llegará cansado del trabajo déjale descansar mientras friegas los platos y das de comer a los niños, ponte guapa para recibirle y complácele en la intimidad para que siempre esté sonriente y feliz… Y así podríamos seguir describiendo lo que se consideraba el estereotipo femenino de aquella época. Ahora estamos en el siglo XXI, donde poco a poco las mujeres somos algo más que objetos de una casa o el juguete sexual del hombre, sin embargo, seguimos manteniendo esa vieja imagen de la mujer.

Lo mejor para conquistar no es tener un planing de diez cosas que hay que hacer, sino ser una misma y dejarse llevar por la situación. Si conectas con esa persona lo notarás rápido y te plantearás el famoso ¿Y ahora qué? Sólo hay una forma de descubrirlo… nunca se sabe qué puede pasar.

martes, 12 de julio de 2011

Dulces sueños

Dormir suele ser más fácil cuando estás solo. Y digo suele porque a veces nos cuesta conciliar el sueño, bien por frio o calor o bien por algún problema al que no dejamos de dar vueltas, pero generalmente es mucho más cómodo. La cama es toda tuya así que, puedes dar todas las vueltas que quieras y quedar enrollado en las sábanas como si fueras un gusiluz, total, nadie te va a reprochar al día siguiente que se ha quedado destapado por tu culpa. Otro beneficio es que puedes dormir con la ventana abierta o cerrada o la persiana subida o bajada, sabes que no vas a molestar a nadie ni te tienes que amoldar a los hábitos de sueño del otro. De hecho, te acuestas con pijama, desnudo o como te apetezca, y el caprichoso de tu cuerpo puede hacer tantos ruidos como quiera, consciente o inconscientemente, sin miedo a quedar mal con tu acompañante nocturno.

Pero todo tiene sus pros y sus contras y el dormir solo no es una excepción. Nadie te da las buenas noches ni te calienta los pies cuando hace frío. Tampoco tienes a alguien que te abrace, que te bese o incluso que antes de caer en un profundo sueño te haga ver la luna y las estrellas… bueno, esto puede que alguna vez ocurra, pero si no tienes pareja, probablemente te pases algún tiempo sin esas experiencias tan esenciales.

¿Y qué ocurre cuando vas a dormir con alguien por primera vez? Lo primero: ¿qué me pongo? Porque una cosa es ir a casa de un guapo muchacho y acabar con la ropa por los suelos, sabiendo que pasadas unas horas volverás a tu casa, y otra muy distinta pasar la noche en su casa y amanecer a su lado. Quieres estar guapa y sexy pero quieres dormir cómoda. Te planteas estrenar ese conjunto negro de licra con trasparencias y un tanga de lazos a juego. Sabes que eso va a durar puesto lo mismo que dura unos bombones de chocolate en tu nevera, es decir, ni 5 minutos. Pero para después tendrás que llevar algo ¿no? Puedes pasear por su casa totalmente desnuda pero que no te hace mucha gracia que note esos michelines que te empeñas en reducir a base de dietas o la odiosa celulitis que no se va ni con los mejores productos de la farmacia. También hay que tener en cuenta la posibilidad de que comparta piso, que como ahora las cosas están como están vivir solo casi es un lujo que no todos pueden costearse, por lo tanto, si ese es el caso habrá que adecentarse y guardar las formas. Está claro que no puedes llevarte ese pijamita de flores que tanto te gusta, así que, optas por unos leggins y una camiseta holgada.

Siguiente cuestión: ¿me llevo todo mi neceser? Inicialmente vas a maquillarte, eso implica que tendrías que llevar desmaquillante, loción, leche limpiadora o crema hidratante para la cara. A la mañana siguiente vas a estar totalmente al natural, nada de antiojeras, ni sombra de ojos ni pintalabios, vas a ser tú, con tus granitos y tus manchas y ¡no vas a estar tan fantástica como el día que te conoció! Vale, me llevo sombra de ojos suave y el rímel, pero tendré que levantarme antes ¿no? Bueno, mira, que ya se verá qué pasa. Por supuesto, cuando te despiertes estarás despeinada ¿dejo un peine pequeño en la mesilla?

Has quedado para ir al cine y a cenar para después tomar el postre en su casa. Eliges una falda que resalte las curvas de tus caderas y una camiseta con un escote sugerente, nada de enseñar, sólo sugerir. Lógicamente no vas a llevar la misma ropa cuando te levantes entonces ¿qué hago? Si me planto en su casa con una maleta no estoy convencida de que quiera volver a invitarme, bueno, eso si es que me deja entrar ese misma noche. No queda más remedio que desprenderse de ese look tremendamente sexy y recurrir a los socorridos vaqueros.

Te has pasado más de una hora decidiendo todas estas cosas para nada porque le encanta cómo el pantalón dibuja tu silueta, le gusta verte desnuda y prefiere dejarte una de sus camisetas, aunque a ti te quede tan grande que te sirve de vestido, a él le resulta excitante. Por la mañana él está igual de despeinado que tú y se entretiene en meter sus dedos entre los mechones de pelo que caen sobre la almohada, vamos, que como siga acariciándome así va a conseguir que me duerma o que me encienda… según se mire. Él tampoco estará recién afeitado y pinchará cuando le beses, tendrá legañas y su cara reflejará la falta de costumbre de trasnochar, aunque haya sido fructífera la noche. Y por descontado, notarás que todo su cuerpo se despierta a la vez y que tampoco es tan perfecto: un poco de tripita, unas piernas peludas o algunos granitos rojos en sus nalgas.

A la primera noche le sigue una segunda, una tercera, una cuarta… y parece que poco a poco las noches suelen ser más seguidas hasta que en algún momento se decide que sean de forma permanente. A partir de ese momento todo cambia por parte de los dos.

Ahora sí usas tu pijama de flores y las braguitas blancas de algodón, comodísimas para dormir pero no demasiado estéticas. De hecho, ahora no te depilas con tanta asiduidad simplemente por pereza y ya te da lo mismo que te vea sin maquillar. Él, por su parte, se pasea con un calzoncillo con las gomas tan flojas que le baila por todos los sitios, bueno, a veces hasta se le escapa por algún lateral… Lleva barba de tres días y mientras prepara el café se rasca la cabeza y la entrepierna, aprovechando el momento para colocarse. En lugar de darte un beso de buenos días te da una palmadita en el trasero o si le hablas oirás una especie de sonido inarticulado que sale de su garganta, algo más parecido al de un animal que al lenguaje humano.

Otra cosa a la que tienes que acostumbrarte es a su forma de dormir y sobre todo si ronca. No sé por qué será pero la gran mayoría de los hombres en cuanto se meten en la cama ya caen en un profundo sueño, mientras que a ti te cuesta más y das varias vueltas hasta que coges la postura adecuada. Y justo cuando estás a punto de quedarte dormida, tu chico empieza a roncar, al principio flojo pero va subiendo el tono por momentos y te desvelas. Le chistas para que deje de roncar, pero no sirve de nada. Intentas darle un golpecito suave en la pierna, pero solo consigues que se mueva, que murmure algo en sueños y que se quede en silencio unos minutos para volver a roncar. Ya no sabes que hacer, te tapas con la almohada e incluso te vas a dormir al sofá pero incluso desde el salón se escucha.

Como en todo, nunca estamos contentos con lo que tenemos: los que duermen solos quieren dormir junto a alguien y los que duermen acompañados desearían poder pasar alguna noche con la cama entera para ellos, sin embargo estos últimos extrañan el lado vacío de su cama, entonces no se cumple el refrán de mejor solo que mal acompañado.