sábado, 29 de septiembre de 2012

Cupido en la red

Una amiga mía se casa. Si, ya vamos quedando menos solteros y son más los emparejados, casados y papás principiantes. La verdad es que el futuro marido de mi amiga es majete, cuando le conocí no pensaba que durarían tanto pero de momento les va bien… ¡y que siga! Lo curioso es cómo le conoció, ni en un bar de copas, ni en el trabajo ni tan siquiera en un viaje. No, le conoció por internet. ¿Cómo? Sí, sí, por internet. Bueno, cuando me contó que hablaba con un chico por internet le dije que si estaba loca, que hay muchos frikis en ese mundo y que a ver si iba a ser un pervertido o un bromista. Pero resultó ser alguien normal, al menos eso parece. Así que, puesto que a mi amiga le ha ido muy bien en ese tema, he decidido experimentar y no faltan anécdotas para contar.

Son muchas las webs que ofrecen perfiles de chicos y chicas para conocer, tanto de tu ciudad como de otra. ¿Cuál elijo? Probé con una conocida y procedí a inscribirme. “Nombre de usuario”: ummm… a ver… está claro que mi nombre no lo voy a poner. ¿Gata Salvaje? No, demasiado provocador. ¿Baby69? Esto… creo que puede dar lugar a confusiones sobre lo que busco. ¿Manzanita? ¿Piruleta? Ufff… imposible elegir un Nick medianamente decente y que no dé lugar a bromitas ni malas interpretaciones. Al final di con uno (no diré cual por si acaso alguien me encuentra). Siguiente paso, rellena tu perfil: gustos, aficiones, habla sobre ti, qué buscas, estado civil… Siguiente, pon una foto… ¿cuál pongo? Soy algo reacia a poner fotos pero si quieres conocer gente, ¿Cómo te van a intentar conocer si no te ven? Y como una imagen vale más que mil palabras… bueno, pues hale, pondré una foto decente. Una vez que termino con el perfil, investigo el funcionamiento de la web en cuestión y doy con el perfil de un tal “Dani”, en la foto se le ve en la playa, sentado en una roca, con gafas de sol y sin camiseta, y la verdad que el chico tiene buen cuerpo. Clickeo en su imagen y aparece toda su información. “37 años, moreno, complexión atlética, sin hijos, soltero, no fuma” y al lado una casilla en la que él mismo pone “Busco una chica natural, sin complejos que le guste la naturaleza, el deporte y vivir sin malos rollos. Abstenerse divas”. ¡Aleluya! ¡¡Un chico que no quiere niñas pechugonas!! Me decido a mandarle un mensaje y ¡oh sorpresa! Hay que pagar. Vamos a ver, si ya es difícil encontrar a alguien coherente en un fin de semana y no nos queda más remedio que acceder a este servicio… ¡no me cobres! Y más teniendo en cuenta que no es seguro que vayas a conocer al amor de tu vida, vamos, que te gastas una pasta y sin resultados. En fin, después de esta inocentada de novata en este tipo de cosas, investigo un poco y consigo encontrar alguna en la que no sea necesario pagar por un primer contacto. Así que… vuelta a empezar con el perfil y búsqueda de candidatos.

Después de un tiempo “buceando” por estas redes sociales, me he dado cuenta de que hay que fijarse en tres cosas: Nick, Fotos y Comentarios. Explico el por qué.

Nick: Aquí es donde realmente un hombre se describe así mismo y lo que quiere. Puede que sólo ponga el nombre y necesites ver toda su información pero otros son muy claros. “Potente XXL”, vaya, tenemos a un actor porno en potencia, ¿superará a Dinio? “Payasete”, seguramente te rías con sus chistes y sus tonterías pero un poquito de seriedad también se necesita ¿no? “Osito_35”, ohhh ¡que dulce! ¿Demasiado pastel? Al final suelen ser más fiables los que ponen un nombre o un Nick normalito y sin excentricidades.

Fotos: La foto dice mucho, de hecho, dice todo sobre la persona. Los hay que ponen una foto falsa de modelos, actores, cantantes… Esos no me dan confianza ¿qué quieren ocultar si están en una página de contactos? Otros abusan de las “cutres-foto baño”, las típicas hechas en el espejo del baño con el móvil y sólo cubierto con una toalla o calzoncillo. A ver, cómo se les puede explicar a estos… vamos a decir… especímenes, que hay cámaras digitales que incluyen el modo “automático” para hacerse uno mismo las fotos colocándola en alguna estantería o que el flash en el espejo queda especialmente poco favorecedor, y lo más importante ¿en el baño? ¡Por favor! Un poquito de glamur ¿no? Al menos en la habitación, en el espejo de la entrada o el del armario pero no en el baño, con el papel higiénico al fondo, la tapa del váter abierta, la toalla mal colocada y la pasta de dientes sin tapar. Otros abusan de las fotos con gafas de sol. Ummm… disculpa, ¿eres famoso? Porque si no te veo la cara, en un día de lluvia no podríamos quedar porque no le reconocería sin ellas. Y muchos quieren fardar de sus horas de gimnasio enseñando toda su musculatura (brazos, espalda, piernas…), lo malo es que todos son tan iguales que no me convence ninguno. Fotos carnet, ¡deberían estar prohibidas! Son muy poco favorecedoras, al igual que las fotos de despedidas de solteros, borracheras o carnavales.

Comentarios: Aquí hay de todo, los que no dicen nada, los que dicen mucho, los que dicen tonterías y los que dicen algo interesante. En este caso es a gusto del consumidor y de la sensación que te dé al leerlo. Si encaja con lo que te interesa… pues adelante.

Después de estos primeros consejos, llega la hora del primer contacto. Pueden contactarte ellos o contactarles tú ¿qué se dice? Mejor optar por una frase tipo: “hola, ¿cómo estás? Me gustaría conocerte”. Pero ellos son más ingeniosos, algunos hasta sorprenden: “¿quieres pasar una noche loca con un semental?”. ¿Así sin más? ¿Sin presentaciones de ningún tipo, ni una copa ni nada? ¡Por favor! ¡Dónde vamos a parar! Esto de ligar ya no es lo que era y veo que por internet las formas se pierden un poco ¿no? Pero no me desanimo y finalmente consigo mantener una conversación decente. Hablamos de las aficiones y un poco de información banal hasta que finalmente decidimos intercambiar los emails. Duda existencial ¿le doy el bueno o el malo? Porque todos tenemos (o se suele tener) dos cuentas, una que se usa para las cuestiones serias de trabajo, curriculums.. etc, y otra en la que te envían tus amigos chorradas, fotos, emails con presentaciones… Venga, le doy la mala, que siempre le puedo bloquear ¿no? También suelen pedir el teléfono para hablar por Whatsapp pero ¿arriesgarme a que me escriba a diario y que luego no me guste? No, no… mejor el email. Poco a poco intercambiamos correos y en uno de ellos me propone quedar. Inmediatamente, se enciende una bombilla: ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Qué me pongo? ¿Qué digo? ¿Y si no me gusta? ¿Y si no es el que dice que es? ¿Cómo nos reconoceremos? ¡Qué vergüenza! Realmente es como una cita normal, más bien como si fuera una cita a ciegas que te puedan haber planeado tus amigas, es cuestión de buscar un sitio céntrico, con gente y en el que puedas encontrarte cómoda.

Y me preguntareis… ¿Has encontrado a alguien? No desvelaré el misterio ni daré cuenta de lo sucedido, pero lo que sí puedo asegurar es que encontrar pareja por internet es como en la vida real: NADA FÁCIL. Puede haber mucho material pero poco que sea verdaderamente útil. Si descartamos a los que buscan sexo sin compromiso, los que mienten, los raros, los que no son compatibles contigo, los que sólo quieren hablar o los que no te hablan, queda muy poco donde poder elegir y puede que la elección que hagas después sea no todo lo buena que esperabas. Da lo mismo si conoces a alguien en una fiesta o por internet, lo importante es que surja la química entre los dos y que el interés se mantenga cita tras cita y eso, verdaderamente, es lo más difícil… ¿o no?

jueves, 20 de septiembre de 2012

Qué NO hay que hacer cuando te gusta un hombre

Magia. Eso es lo que todas desearíamos poder hacer cuando nos interesa un hombre, un conjuro que te ayude a conseguirle para siempre o tener una bola mágica que diera respuestas a todas tus dudas. Pero como lógicamente los sentimientos no son un simple juego de cartas, eso es algo prácticamente imposible. Lo que si buscamos ansiosamente es qué hacer cuando nos gusta un hombre, queremos una guía que pueda indicarnos la forma correcta para conseguir no sólo interesarle y llamar su atención, sino formar parte de su vida y que él forme parte de la nuestra. Lo malo es que tampoco lo encontramos porque esa guía no existe por un simple motivo: cada persona es un mundo y lo que te sirvió con un hombre puede que no te valga para otro. Entonces, si esto es así ¿qué solución hay? ¿Nunca encontraremos la clave para gustar a la persona que te interesa? Seguramente nos quedemos sin una respuesta clara ante estas preguntas pero hay algo que sí es común, los errores, es decir, lo que NO hay que hacer cuando nos gusta un hombre.

Confesarle tus sentimientos antes de tiempo: Nuestra manía de la comunicación y de expresar lo que sentimos nos hace pecar de imprudentes y decimos lo que pensamos demasiado pronto. Recuerdo la cara de un amigo cuando me pidió consejo: la chica que había conocido hacía una semana le había soltado la preciosa frase de “eres el hombre de mi vida”... seguido de un suspiro. ¿El hombre de su vida en una semana? ¡Madre mía! En dos meses ya tendría preparada la boda y al tercero ya sabría los nombres de los niños. Esto genera agobios y una más que posible huida.

Nada de llamadas ni mensajes desesperados: “Te echo de menos”, “Tengo ganas de verte”, “Nunca he sentido algo así por alguien”… este tipo de comentarios te sitúan en la zona roja. Es decir, te dejan en STOP como en un semáforo porque eres como un deportivo, que pasas de 0 a 100 en milésimas de segundo, y una cosa es que les guste el riesgo, pero otra muy distinta es ir sin frenos a esa velocidad. Ni que decir tiene que tampoco vale ponerse en contacto con él varias veces al día sólo para saber qué está haciendo. ¿Acaso quieres que piense que eres una psicópata o una acosadora? Si llamas tanto puede que en lugar de aparecer tu nombre en la pantalla de su móvil lo que aparezca sea un “No descolgar... pesada”.

Nuestros peores enemigos, la impaciencia y los pensamientos negativos: En momentos de incertidumbre nos convertimos en mujeres impacientes y actuamos por impulsos, dejándonos llevar por pensamientos catastrofistas, más aún cuando se produce durante el Síndrome Premenstrual. Cuando te ocurre esto, empiezas a verlo todo muy negro, que no ha valido la pena ese tiempo, que has sido estúpida por no darte cuenta, que ya está todo perdido… Vale, puede que las cosas al final no funcionen, pero seamos un poco realistas, tenemos que aprender a controlarnos pero ¡qué difícil es!

Sin noticias… ¿Qué hago?: Si estás en este momento, seguro que por tu cabeza ya ha pasado el pensamiento de no querer agobiarle y por eso has intentado no ponerte en contacto con él. Sin embargo, sigues sin noticias y pasado un tiempo que consideras prudencial, o bien le llamas e intentas estar normal si acosarle a preguntas, o bien le escribes con un mensaje sencillo para saber qué tal está… pero no hay respuesta. Dudas si volver a intentarlo o darlo por perdido, quieres hacerte la dura pero realmente tienes unas ganas locas por saber de él y “¿Qué hago?”. Nada, no hagas nada. Ya has hecho suficiente, has intentado ser amable y ya le has mostrado cómo eres. Ahora la pelota está de su lado y si no sabe apreciar lo que tiene delante, es que no te merece.

Ok, le ignoro: Cuidado, esto es un arma de doble filo. Si le ignoras demasiado puede que él se canse y se aleje de verdad. Pero plantéate si realmente eres capaz de ignorarle del todo, porque seguro que vuelves a caer en la tentación. Hasta que no te sientas lo suficientemente “desenganchada” de él, no podrás seguir tu vida sin que pase por tu cabeza. Si decides pasar, hazlo pero no busques excusas que justifiquen contactar con él.

El amor engancha: Sí, no sé por qué pero el amor nos hace dependientes y si la dependencia en general no es buena, en este caso es nefasta, no sólo dejamos de ser nosotros mismos sino que lo que conseguimos es que se sienta acorralado. Queremos hacer todo con él, pasar el mayor tiempo posible juntos e incluso a veces intentamos pensar por él o como lo haría él. Esto provoca que abusemos de frases del estilo de “¿cuándo vienes?”, “¿cuándo nos vemos?, “¿me llamas mañana?”, puede que tú intención sea buena pero si son muy recurrentes, le atosigas y le quitas parte de su espacio, y tú te quitas del tuyo, claro. Bueno, pasarse de independiente tampoco es un buen recurso, dicen que la virtud está en el término medio, la cuestión es encontrarlo.

Te lo doy todo… te doy mi vida: Mal, muy mal… es un concepto erróneo pero bastante recurrente, y no sólo abusamos de él las mujeres ¿eh? Mi abuela decía “no se lo des todo a un hombre”, y que sabías palabras pero, por supuesto, pocas veces lo he puesto en práctica. Pero ¿Por qué? ¿Por qué nos pasa eso? No entiendo que nos podamos desvivir tanto por una persona que muchas veces no sólo no conocemos tanto sino que incluso ¡no valora lo que hacemos! Lógicamente todo el mundo estará pensando en el típico “no te acuestes con un chico en la primera cita” (o muy pronto) y, por tonto que parezca, es verdad. No sé si nos verán más fáciles o bien que ya han conseguido su objetivo y pierden interés, pero una cosa es cierta, cuanto más nos cuesta conseguir algo, más luchamos por tenerlo y más empeño y esfuerzo ponemos en conseguirlo. Pero no sólo es una cuestión física, el concepto de “Darlo todo” también incluye: dar todo tu cariño, comprensión, ternura, pasión, amistad, alegría. Incluso das tu tiempo porque quieres darlo, das tu apoyo porque crees que debes darlo, das consuelo porque te gustaría que te lo dieran a ti si estuvieras así… en pocas palabras… te interesas por el otro. ¿Y qué pasa cuando no es recíproco? Pues que te decepcionas, te quejas de que el otro no te ha valorado y te sientes mal. ¿Solución? Valórate más y deja que te descubran poco a poco porque el que tenga interés te conocerá, el que quiera verte, te verá a pesar de lo ocupado que pueda estar, el que quiera dedicarte su tiempo, te lo dedicará y todo ello sin que tú tengas que pedirlo. ¿Fácil? No, por supuesto que no, pero no perdemos nada por intentarlo.

Estos sólo algunos de los errores de todos los que hay. Lo importante es no volverlos a repetir, y a pesar de todo, caemos una y otra vez en ellos. ¿Alguien tiene un antídoto para este veneno al que llamamos Amor? Yo de momento no lo he encontrado… habrá que seguir buscando.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Reflexión personal: Una generación con miedo

Poco a poco voy dándome cuenta de que los jóvenes de ahora somos una generación perdida y sin rumbo. No es tan importante el año en el que naces sino el momento cultural y social que te toca vivir y muy probablemente hasta que no se llega al escalón de los 40 no se sale de ese círculo vicioso, no por la edad, sino por el peso de la experiencia.

Somos una generación que cada vez es más individualista, más centrada en el “Yo” que en “Los Otros” y que deja de lado valores tradicionales para embutirse en nuevas vías que potencian la máxima de “disfruta todo lo que puedas sin complicarte la vida”. Sin embargo, a pesar de ese derroche de energías que profesamos, esa independencia que queremos aparentar, ese afán por demostrar que las cosas no nos afectan… a pesar de todo… somos una generación con miedo. Sí, vivimos inmersos en el miedo, un miedo que queremos que sea invisible a los ojos de los demás pero que sale a relucir en la tranquilidad de nuestros hogares, que aparece cuando menos lo esperamos y que queremos acallar lo antes posible para no sentirnos débiles.

Tenemos miedo a crecer, a evolucionar, a madurar. No queremos responsabilidades ni problemas. No queremos agobiarnos ni que nos agobien porque siempre intentamos tener la sensación de sentirnos libres, sin ataduras, sin que nadie nos controle ni nos digan qué tenemos que hacer ni cómo tenemos que hacerlo. Esto implica un miedo al compromiso, un compromiso a todos los niveles pero el que más nos afecta es el sentimental. Nos paraliza el hecho de atarnos a alguien tanto física como emocionalmente porque sabemos que perderemos parte de nuestro espacio y porque, por experiencia, sabemos que pueden hacernos daño. Del mismo modo tenemos miedo a sentir, a abrirnos a los demás y a sincerarnos. En cuanto somos conscientes de que sentimos algo especial por alguien nos ponemos nuestros propios límites y nos distanciamos, vemos a esa persona como el enemigo y decidimos desaparecer y perdernos en la oscuridad de la distancia para que no nos vea, para que no nos encuentre. Es decir, tenemos miedo a enamorarnos y a que alguien pueda enamorarse de nosotros, es una sensación de vértigo que nos invade y que nos corta el paso para no caer en el abismo de lo desconocido y de la incertidumbre que muchas veces va aparejada al Amor. Nos cuesta sincerarnos por miedo al rechazo, al qué dirán, a que nos consideren diferentes o, simplemente, a que sepan cómo somos realmente, de este modo, preferimos relacionarnos con gente que hoy está y mañana no, que va y viene, que no se implica en nuestras vidas ni nosotros en las de ellos. No queremos perder el tiempo en conocer a la gente, buscamos lo simple, lo rápido, convirtiendo todo tipo de relación en un vulgar contrato en el que hay costes y beneficios, donde se intercambia sexo por compañía, compañía por copas, copas por diversión. Pero por culpa de todos estos temores, perdemos la posibilidad de descubrir a personas que realmente pueden llegar a cambiar nuestras vidas, porque de todos esos individuos sin rostro que conocemos cada día alguno de ellos puede guardar en su interior grandes tesoros que están esperando a que alguien se moleste en descubrirlos. Pero eso, por desgracia, requiere tiempo y dedicación, algo que nos falta hoy en día, pues nadie se molesta ya en mirar más allá de una dulce mirada o agradecer una bella sonrisa.

Sin embargo, nos contradecimos a nosotros mismos y tenemos miedo a la soledad, a que nadie nos quiera o nos escuche. Estamos faltos de cariño, un cariño sincero y sin obstáculos ni trampas. Nos hartamos de insistir en que queremos a alguien que realmente nos valore tal como somos, que nos comprenda y nos apoye en los malos momentos y se alegre por nosotros en las alegrías. Nos falta hablar con alguien, compartir nuestros intereses, nuestras experiencias y que nos escuchen teniendo la certeza de que esa persona no nos juzgará por lo que digamos ni se creará prejuicios sobre nosotros. Pero, ¿cómo vamos a conseguir esto si no nos mostramos a los demás?

Si tenemos miedo a sentir, a ver, a escuchar, a oler, a saborear, a tocar… es que tenemos miedo a la Vida. La Vida es algo tan incontrolable que se nos va de las manos, año tras año se nos escapa un poco más de ese tiempo tan preciado que para unos es una marcha hacia delante y para otros una marcha hacia atrás. Vivir es enfrentarse al mundo, adaptarse al medio, a dar respuestas y soluciones, en definitiva, a tomar decisiones. Unas decisiones que, a veces son acertadas, otras muchas son erróneas y como intentamos evitar culpabilizarnos de lo que pueda suceder, intentamos que sean los otros quienes decidan, que tomen el control en determinadas circunstancias para que en nosotros no caiga el peso completo de la responsabilidad, pero únicamente cuando esto nos conviene.

Evidentemente, si la Vida nos genera momentos de tensión, la Muerte lo hace con mayor insistencia. No podemos librarnos ni de la una ni de la otra y cuanto más nos alejamos de una más nos acercamos a su contraria. Así, nos cuesta enfrentarnos a la enfermedad, nos duele pronunciar esas duras palabras e incluso decidimos que no es políticamente correcto mencionar ciertos tipos de problemas de salud. Hoy en día, la Depresión y el Cáncer son dos de los problemas más abundantes en nuestra sociedad y sin embargo, preferimos ocultarlos como secretos inconfesables. Son palabras tabú que evitamos a toda costa e incluso los medios se hacen eco de este miedo colectivo utilizando términos como “una grave enfermedad”.

Todos estos miedos nos atan y no nos dejan evolucionar, en lugar de enfrentarnos a ellos, de impulsar nuestro espíritu de lucha y de cambio, nos amedrentamos y decidimos evitar todo tipo de enfrentamiento. Pero ¿por qué? ¿Acaso somos tan distintos de generaciones pasadas? ¿Qué tenían nuestros antepasados que nosotros no tenemos? Yo diría que es más bien lo contrario, nosotros vivimos con muchas mayores comodidades, estamos acostumbrados a tenerlo todo y puede que sea uno de los aspectos por los que socialmente actuamos de esta manera.

¿Solución? La que cada uno quiera dar. ¿Respuestas? Las que cada uno quiera buscar. ¿Destino? El que cada uno se quiera marcar.

sábado, 28 de julio de 2012

Rehab, o lo que es lo mismo, desintoxicándome

Sí, he de reconocer que me he hecho adicta a una droga y necesito desintoxicarme. Es una droga bastante fuerte, su efecto es muy rápido y te deja en éxtasis por un tiempo pero cuando te das cuenta se ha esfumado y quieres más. Eso hace que sea altamente adictiva y crea dependencia. Realmente no quería pero una cosa llevo a la otra y al final caí. ¿Cuál es ese narcótico tan potente? LOS HOMBRES. Justo es en este momento cuando los hombres se levantan en pie de guerra, empiezan a abuchearme y a criticarme de que siempre estamos generalizando al sexo masculino. Pero no, aquí no es una generalización, me refiero a esos hombres que nos han dejado huella en algún momento de nuestras vidas y de los cuales estuvimos perdidamente enamoradas hasta el punto de hacer locuras y de dejar de pensar en nosotras mismas para pensar única y exclusivamente en ellos.

“Yo controlo”. Eso es lo que te dices a ti misma cuando conoces a un hombre. Estás tan segura de ti misma que tienes muy claro lo que quieres y hasta dónde quieres llegar con él. Estás convencida de que vas a llevar las riendas y poner los límites que quieras, así, si él te propone quedar harás lo posible para que sea en el momento que a ti te venga bien, te harás de rogar e intentarás que sea él quien se muestre más interesado. Sin embargo, ese control de la situación empieza a tambalearse a partir de la cuarta cita o en el momento en el que las caricias y los besos ya han tenido lugar.

El beso de un hombre te indica lo adictivo que puede llegar a ser: si te encanta, ya estás perdida. Es un beso tan bueno que quieres repetir, te deja una sensación intensa en los labios, un qué se yo que yo qué sé que te sube a lo más alto y de donde no quieres bajar. Con las caricias ocurre más de lo mismo porque sólo el contacto de sus dedos sobre tu piel ya supone un choque electrizante, una tensión que te recorre de arriba abajo. Cuando estás con él disfrutas de cada abrazo, de cada roce, cuando no le tienes, añoras todas esas cosas y las quieres con más fuerza.

Cuando conoces a un hombre estás convencida de que no va a ocupar todo tu mundo y que tú también necesitas tu espacio, pero poco a poco sólo tienes una cosa en mente: ÉL, o al menos la visión que tienes de él y de cómo te sientes a su lado. Fantaseas con lo que puede llegar a ser y planificas demasiado el futuro olvidándote del presente. En este punto, ya no hay marcha atrás, ya has caído completamente y te has vuelto adicta a él. Incluso las mujeres más independientes, más seguras y con más autoestima han sucumbido al encanto especial que emanan los hombres, unas veces puede que por dinero, otras por sexo (o las dos cosas) y otras muchas por su forma de ser.

Amoldas tu agenda a la suya y esperas hasta el último minuto para planificarte. Lo haces porque realmente quieres, porque te interesa estar con él y no te importa perder un poco de tu espacio para cedérselo a él. Sin embargo, él no cede de la misma manera. Por ejemplo, te propone pasar un fin de semana loco: sofá, películas y, por supuesto, sexo, mucho sexo. Emocionadísima les dices a tus amigas que no cuenten contigo y que no se les ocurra llamarte, ¡vas a estar muy ocupada! Ya te ves con ese modelito sugerente y te preparas para la ocasión: sesión de manicura, pedicura… Pero cuál es tu desagradable sorpresa que el viernes por la mañana te dice que mejor lo dejáis para otra ocasión, que está cansado, que quiere hacer cosas en casa, que tiene un compromiso ineludible… ¿Perdona? Un momento, por favor ¿dónde está la cámara oculta? Porque esto es una broma ¿no? Da igual la excusa que te ponga, la cara de estúpida que se te queda es para harte una foto y lo peor de todo es que no reaccionas, bueno, no, más bien no sabes cómo reaccionar. Así que, te quedas sin tu super fin de semana loco y sin amigas con quienes salir. Y lo que es más, te enfadas contigo misma por ser tan confiada.

Y llegan las paranoias, muestra clara de que estás enganchada a ese hombre. Buscas explicación para todo: se ha aburrido de mí, ha conocido a otra, le he agobiado, tiene miedo… Algo que afecta a tu estado físico y mental porque pierdes el apetito y prestas menos atención a la cosas. Tus amigos, que son los que soportan estoicamente horas al teléfono mientras les hablas de él y que te ven pasarlo mal, intentan sacarte del lado oscuro de tu adicción y que veas la luz con frases como “no te lo tomes así que no es para tanto”, “no te obsesiones”, “dale tiempo”, “no te precipites”… Todas ellas pretenden calmar esa sensación de mono que se ha creado en tu interior y esos nervios en el estomago, pero no sólo no lo consiguen sino que te sientes una incomprendida... hasta que un día reaccionas y comienza el proceso de desintoxicación.

Desintoxicarse del hombre por el que sientes algo es difícil y requiere mucha fuerza de voluntad. Intentas seguir con tu vida e ignorarle pero sólo consigues estar unos días sin dar señales de vida. Es más, te mueres de ganas por llamarle y caes en la tentación y le mandas un mensaje por whatsapp, ¡mensaje que no te contesta! Te arrepientes de haberlo mandado y te dices a ti misma que no volverás a caer, pero caes en el momento en el que él te dice un “hola guapa”. Te derrumbas y vuelves a crear un mundo de fantasías. También dicen que una mora quita otra mora ¿no? Te presentan amigos, conoces chicos nuevos y tienes algún escarceo pero ninguno te llama la atención, incluso les comparas con tu “hombre-droga” y no consigues olvidarte de él. Sólo con el paso del tiempo te desenganchas, vuelves a centrarte en ti misma, en lo que te gusta, en lo que dejaste de hacer o haces cosas nuevas que siempre habías querido.

Cierto es que las comparaciones son odiosas y puede que hasta exageradas, pero los hombres pueden llegar a ejercer ese efecto de enganche en nosotras, a veces de forma inesperada y de quien menos te lo esperas. Sin embargo, también hay “hombres-elixir”, que te llenan de vida y con los que puedes llegar a un verdadero paraíso. Encontrémoslos para disfrutar de esos pequeños y escasos regalos que nos ofrece la vida.

jueves, 14 de junio de 2012

¡San Sebastián se mueve!

Temblores, vibraciones en el suelo, emociones a flor de piel… así vivió San Sebastián de los Reyes el pasado sábado 2 de junio. Y no por ningún terremoto sino por el Weekend Latino celebrado en la Academia de baile Sal Sebastián, un evento que reunió a profesionales de distintos ritmos latinos.

Un, dos, tres… cinco, seis, siete. No, no nos hemos comido ningún número, así se marcan los tiempos en Salsa, algo que pudieron comprobar los asistentes a los talleres de la Academia de baile Sal Sebastián, en San Sebastián de los Reyes, el pasado 2 de junio. Durante todo el sábado, se realizaron diferentes actividades que pretendían acercar al público las distintas modalidades de ritmos latinos. La mayoría de los asistentes eran alumnos de la academia, otros como Pilar Cuenca, vecina del municipio, se acercaron animados por amigos y familiares. “Me lo comentó una amiga y está siendo una experiencia muy gratificante, ¡hacía mucho tiempo que no me reía tanto!”- nos confirma Pilar, de 54 años, durante uno de los descansos entre Talleres. Pero no sólo había mujeres, también los hombres se animan a practicar algo tan saludable como el baile. Es el caso de Francisco que se apuntó a las clases con su esposa y ahora no sólo van para seguir bailando sino porque han hecho buenas amistades. “En cuanto nos dijeron que iban a organizar varios talleres, no dudamos en apuntarnos”, nos confiesa su mujer.

A las 12:00 comenzaron a moverse al ritmo de Kizomba, un estilo musical de orígenes africanos que empezó a extenderse por Europa desde Portugal y Francia y que actualmente está marcando tendencia en nuestro país. Con el taller de Rueda cubana algunos se quedaron sin aliento y a la mayoría se les abrió el apetito, un buen momento para recuperar fuerzas para el resto de actividades.

Los talleres de la tarde se repartieron entre el Tango y la Salsa para posteriormente pasar a la Bachata, impartida por los bailarines, procedentes de Valencia, Salva y Silvia. Más lenta que la Salsa y en cuatro tiempos, los participantes no se ponen de acuerdo a la hora de catalogarla como fácil o difícil. Según uno de ellos “personalmente me gusta más la Salsa, pero reconozco que me cuesta mucho menos y los pasos me resultan más sencillos”.

Uno de los puntos álgidos del Weekend Latino de Sal Sebastián fue el Estilo Salsa chicos contra chicas. Conducidos por los monitores Sergio y Solani, la competición entre hombres y mujeres fue del todo reñida quedando en un empate técnico, pues tanto ellos como ellas se entregaron al 100 por 100 en la pista, sudaron la camiseta y, por supuesto, se rieron como nunca. Sergio González, bailarín y profesor de la Academia Sal Sebastián, nos asegura que “preparar todo esto lleva su tiempo pero es gratificante ver a la gente disfrutar de esa manera. Merece la pena”.

Las actividades concluyeron pero no así la fiesta. La noche deparaba mucho más. La Academia se transformó en discoteca ambientándonos con focos azules, blancos y rojos y música de ayer y de hoy para que los más atrevidos pudieran bailar desde un rock and roll hasta un pasodoble en la planta de abajo, mientras que en la plata de arriba los visitantes podían practicar lo aprendido en los talleres a golpe de Salsa, Merengue y Bachata. Ventiladores para refrescar el ambiente y dos barras para pedir las bebidas, nos metían de lleno en un ambiente al más puro estilo Sábado Noche.

Poco a poco, la planta baja abandonó la luz tenue y con un cierto retraso comenzaron las actuaciones previstas, algo que no impidió que la gente siguiera disfrutando del Weekend Latino.

El espectáculo dio comienzo con la artista invitada Tany Olé, bailarina de Clásico Español y Flamenco. Una exhibición magnífica de arte y poderío en un tablao improvisado de parquet de la mano de dos tangos de la cantante Niña Pastori. Su vestido rojo de bata de cola se movía ligero por la sala, recordando actuaciones de grandes mujeres como Rocío Jurado o Isabel Pantoja. “Es emocionante sentir el calor de la gente. En cuanto sales al escenario te olvidas de todo y desaparecen los nervios y las mariposas en el estomago”, nos comentaba Tany Olé una vez concluido su pase. La siguiente actuación corría a cargo del grupo Sal Sebastián, miembros de la Academia del mismo nombre. Cuatro parejas de baile que a ritmo de Salsa formaban un conjunto perfecto de compenetración y buen ritmo.

Un descanso de unos 10 minutos permitió a los asistentes bailar al ritmo de un meneíto y pocos se resistieron a demostrar sus habilidades con el country en línea bailando la famosa canción “No rompas más” de Coyote Dax. Al ritmo de Bachata dio comienzo la segunda parte de espectáculos del Weekend Latino de la mano de la pareja de baile Salva y Silvia.

La actuación estelar de los bailarines Mara de Paz y Sergio González cerró una gran noche. Giros a una velocidad de vértigo y piruetas que dejaban la boca abierta a los asistentes mostraban la agilidad y complicidad entre la pareja de baile que fueron recompensados con una gran ovación. Finalizado el espectáculo, aprovechamos para hablar con ambos bailarines y pudimos preguntarles por esa pirueta que había causado tanta expectación: “requiere muchos ensayos y confiar el uno en el otro. Al principio las caídas son inevitables pero poco a poco se va puliendo la figura hasta conseguir el resultado esperado. ¡Estamos muy contentos!”, nos aseguraba Mara de Paz con una sonrisa en los labios.

Así finalizó el Weekend Latino que movió y emocionó a la localidad de San Sebastián de los Reyes. Un acontecimiento que unió a jóvenes y adultos en una pista de baile para conseguir un objetivo común: disfrutar de los ritmos latinos.

domingo, 27 de mayo de 2012

Desconocidos (**Relato Erótico**)

Un fin de semana, un fin de semana sólo para mí, sin agobios, sin estrés, sin teléfono, únicamente para mí. Un hotel con spa, ideal para relajarse y huir de todo y de todos. Asomarme por la ventana y ver cómo las gotas de la lluvia resbalan por el cristal, mientras las ramas de los árboles se balancean al compás del viento con las montañas de fondo, una imagen ideal para una postal. No sé por qué elegí ese hotel, ni tampoco por qué elegí esas fechas pero gracias a eso te encontré.

Fui a la cafetería, quería un café para entrar en calor. Después de media hora de haber llegado, aún sentía frío en los pies. En ese instante, estabas en la recepción tramitando la habitación de tu reserva. Te miré sin verte, no te presté atención, ni tan siquiera pude fijarme en tu rostro, estabas de espaldas, lo único que vi fue una bolsa de deporte oscura y un maletín de portátil. Pasé de largo para disfrutar de un buen café y minutos más tarde subí a la habitación y me cambié para dar una vuelta por los alrededores. Las puertas del ascensor se abrieron y giré a la derecha. A mitad del pasillo, una puerta se abrió… eras tú, te reconocí porque aún llevabas la misma ropa. Un encuentro de miradas fugaz, nos cruzamos y seguimos nuestro camino. Sólo me percaté del rastro que aún dejaba tu perfume.

Preciosos paisajes amenizaron mi recorrido pero el hambre me avisó de que ya era hora de cenar. Regresé, fui directamente al salón y al sentarme, me di cuenta de que estabas en una mesa junto a una de las columnas, dos mesas por delante de la mía y hacia la izquierda. Volvimos a cruzar nuestras miradas, esta vez con una leve sonrisa. Cinco minutos después, ya habías terminado la cena y al pasar por mi lado te despediste con un buenas noches. Y volví a sentir el aroma de tu delicioso perfume, quise girar la cabeza para verte marchar pero algo me hizo contenerme, cerré los ojos y sentí que mis mejillas se encendían sin ningún motivo aparente.

No volvimos a cruzarnos hasta la tarde del día siguiente en el spa. Dos parejas se encontraban en la piscina de agua caliente, dos chicas jóvenes salían de la ducha escocesa y un hombre de mediana edad estaba sentado en uno de los sofás de la zona de relax, leyendo una revista mientras degustaba un poco de limonada. Después de la ducha, pasé a la sauna y allí estabas tú. Recostado en el banco de madera más alto. Al verme entrar sonreíste y creo que debimos pensar lo mismo… con tantas personas en el hotel ¿por qué siempre nos encontrábamos? No hablamos, cada uno se encerró en sus propios pensamientos pero mirándonos de reojo sin que el otro se diera cuenta. El calor era sofocante, el sudor que se pegaba a mi piel y la boca sedienta me reclamaron un poco de aire fresco. Una ducha fría me hizo reaccionar, una reacción visible en mi cuerpo pues el vello se erizó y los pechos se encogieron. Descendí las escaleras de la piscina colocándome en las cascadas de agua, pasando por las tumbonas y el jacuzzi central. Los chorros de agua relajaban mi espalda y las burbujas subían por mis muslos, algunas de ellas se perdían por dentro de mi bikini, dejándome una sensación extraña e intensa que me hacía abrir y cerrar las piernas de vez en cuando. Cerré los ojos y al volver a abrirlos, te vi sentado a mi lado, con un codo apoyado en el borde del jacuzzi que hacía de respaldo. Por fin nos presentamos y hablamos de qué nos había llevado hasta aquel apartado lugar.

Poco a poco, pasamos al coqueteo. Piropos, unas veces suaves otras más picantes, proposiciones aún decentes y miradas que delataban el deseo que aumentaba por momentos. Fuimos dejándonos llevar por el ambiente y debajo del agua nuestras manos se rozaron, primero con un toque casi imperceptible, como si no hubiera sido premeditado, después nuestros dedos se entrelazaron y sentí cómo acariciaban mi muñeca hasta casi llegar al codo, pero sin que en ningún momento tu mano saliera del agua. La gente ya se había marchado, solo quedaban dos personas que habían entrado más tarde que nosotros. Pero eso no te detuvo y tu mano se posó en mi muslo. Era difícil aguantar la tensión, mirándonos fijamente sin dirigirnos la palabra, no hacía falta porque nuestros cuerpos hablaban por nosotros. Me acariciaste por encima del bikini, suavemente, sin presión, deslizándote como si tus dedos bailasen sobre una pista de baile. Tuvimos que movernos para que todo pareciera normal y nos dirigimos al baño turco. Una niebla de vapor inundaba la estancia, nos sentamos el uno al lado del otro y esta vez fui yo la que tomó la iniciativa. Acaricié tu hombro con uno de mis dedos, recorriéndolo como si quisiera dibujarlo, pasé a tu costado, bajando por tu vientre y dejé que mi mano se posará entre tus piernas por encima del bañador. La reacción de tu cuerpo me daba la pista de que iba por el camino correcto. Dejé que la punta de mi lengua ascendiera por tu cuello para dirigirme lentamente hasta tus labios. Nuestras lenguas se entrelazaron, jugaban, se buscaban… besos lentos y excitantes por esa sensación de prohibición o de arriesgarnos a ser descubiertos en cualquier momento. Tu mano se posó sobre mi pecho, retiraste la tela del sujetador del bikini y dos de tus dedos comenzaron a acariciarme a la vez que me mirabas fijamente. No perdías detalle de mis gestos, de mi respiración, de cómo te miraba con deseo. El calor era sofocante, necesitábamos salir de allí pero queríamos continuar nuestro juego. Decidimos posponerlo, quedamos en una hora en mi habitación, la 204. Salimos por separado, tú fuiste a las duchas de agua fría, necesitabas controlar la tensión para poder salir de allí, yo me metí en las duchas situadas junto a la piscina para no encontrarnos, cogí mi toalla y fui hacia los vestuarios. Hubiera deseado tenerte allí en ese momento porque sentía la excitación en todo mi cuerpo y quería sentirte dentro de mí cuanto antes.

Subí a mi habitación, no sabía qué ponerme pues no había contado con que algo así pudiera ocurrir. No llevaba lencería sexy, ni ropa sexy, ni tan siquiera unos zapatos de tacón. Opté por un tanga negro de algodón, un pantalón deportivo negro de licra y una camiseta de tirantes blanca, que al no llevar sujetador, marcaba con exactitud la forma y tamaño de mis pechos. Cuando llamaste a mi puerta, aún la melena caía mojada sobre mis hombros. Traías en la mano una botella de champán y dos copas. Llevabas unos vaqueros azules desteñidos apropósito y una camiseta blanca de manga corta con dos botones desabrochados. Estabas muy atractivo y al cerrar la puerta tras de ti, volví a percibir tu perfume. Nos sentamos frente a frente, tú en la silla junto a la mesa, yo en la cama. Charlamos y nos reímos de la experiencia en el spa, breve pero intensa, excitante. Creo que las burbujas del champán empezaron a ejercer su influencia y comenzamos a tontear de nuevo. Mi pie se acercó al tuyo y fue subiendo lentamente, me detuve en el muslo y tímidamente me deslicé hacía más allá de tus ingles. Hice el mismo recorrido con el otro pie para acariciarte con los dos, cambiando los movimientos, presionando un poco, uno encima del otro, sintiendo cómo te ibas endureciendo. Te gustaba la imagen de niña traviesa y participaste en el juego. Metiste las manos por el bajo de mi pantalón acariciándome las pantorrillas. Tiraste del pantalón hacia ti, observando con atención cómo se deslizada sobre mi piel.

Todo lo hacíamos mirándonos, con una sonrisa maliciosa en nuestros labios, provocándonos, retándonos. Empezaste a acariciar mis pies, subiendo por mis tobillos y mis rodillas, subiendo y bajando, repitiendo el mismo recorrido con tus labios y con tu lengua. Al fin te levantaste de la silla, te acercaste a mis labios y fuimos cayendo sobre la cama, tú encima de mí. Sentí como tus manos acariciaban mis pechos por encima de la camiseta, que descendían hacia el costado para meterse entre mis piernas. El tanga no impidió que notases lo excitada que estaba, cada beso, cada caricia, cada roce de tu cuerpo me hacían querer mucho más. Tus labios fueron bajando por mi cuello, levantaste ligeramente la camiseta para dejar al descubierto una parte de mi vientre. Jugueteaste con tu lengua cerca de mi ombligo para descender lentamente hacía la parte interna de mis muslos, me gustaba, me excitaba cada vez más, quería más. Agarraste con tus dientes un lateral del tanga… tensé los músculos por la sensación de placer imaginando cuál sería tu siguiente movimiento, lo estaba deseando. Hiciste lo mismo con el otro lado ayudándote con las manos cuando ya se acercaban a mis rodillas. En un ligero descuido, aproveché para ladearme y agarrándote de la muñeca tiré de ti para que te colocases detrás de mí. Sentía tu respiración en mi nuca a la vez que la punta de tu lengua recorría mi cuello y mordisqueabas el lóbulo de la oreja.

Tus manos tenían vida propia, seguían las curvas de mis caderas y vagaban por la suavidad de mi piel. Fueron ascendiendo para meterse por mi escote y acariciar mis pechos que iban endureciéndose al tacto de tus dedos. Los latidos del corazón eran cada vez más rápidos, la respiración se entrecortaba por momentos y me pegaba más a tu cuerpo para sentir tu pecho en mi espalda, tu calor y cómo te movías hacia delante y hacia atrás para rozarte con mi cuerpo. Como pude, desabroché los botones de tu pantalón y metí la mano por debajo de tu calzoncillo, estabas igual o más excitado que yo. Nos tocamos a la vez, manteniendo el mismo ritmo, compartiendo jadeos y gemidos, moviéndonos casi al mismo tiempo. Sentías la humedad de mi interior, una excitación que iba en aumento, un placer que deseaba que desbordarse con tus manos entre mis piernas. Mis músculos se tensaron y aunque te pedía que parases, seguías deslizando tus dedos dentro de mí provocando un intenso y continuado éxtasis. Me hice un ovillo, sintiendo la sequedad en mi boca y la palpitación de todo mi cuerpo en mi cabeza. Me di la vuelta quedando de frente a ti para caer rendida entre tus brazos. No podía moverme, no quería moverme, estaba tan extasiada, tan agotada que necesitaba unos minutos para poder continuar, respirar hondo y volver a sentirte.

Entre suspiros, caricias y besos me senté encima de ti. A la vez que desabrochaba tu camisa iba besando la parte de tu pecho que quedaba al descubierto dejando que mis dedos se perdieran por tu torso. La camisa cayó a los pies de la cama y poco después se le unió el pantalón y tus bóxers blancos. Tumbados frente a frente, nuestras miradas se buscaban y nuestras bocas se juntaban con deseo y pasión. Mis caderas se movían rozando tu pelvis y la mía, pequeños círculos o de arriba abajo, un movimiento que seguías con las manos en mis caderas. Fui descendiendo, acariciando tu pecho con las puntas de mi pelo, pasando por tus ingles y continuar por tus piernas. El recorrido inverso lo hice con mi lengua, jugueteando en la parte interna de tus muslos hasta que mis labios se quedaron entre tus piernas, deslizándose suavemente y ayudándome con las manos, algo que no sólo te gustaba sino que fue aumentando tu excitación: movías la cadera, tu respiración era más entrecortada, gemías y te sentía cada vez más duro en mi boca. Me paraste para colocarme a un lado y ponerte encima de mí, abriéndome las piernas con las tuyas y adentrándote en mí poco a poco. Querías dominarme y me dejé llevar por tus movimientos, notando cómo salías y volvías a entrar, cómo nuestros gemidos se mezclaban en el silencio de la habitación, cómo nuestros cuerpos ardientes quedaban pegados y sudados. Las sensaciones eran tan placenteras que ya no aguantaba más, me sujeté fuertemente a tu espalda disfrutando de las intensas contracciones que me provocabas. Seguiste aún más rápido y momentos después tus jadeos fueron más sonoros, tus glúteos se tensaron y pequeños espasmos recorrieron todo tu cuerpo. Te quedaste tendido sobre mí, unos minutos mientras nuestras respiraciones se normalizaban y nuestros cuerpos se decidían por despegarse.

Pasamos la noche juntos, con momentos de ducha, sueño y más sexo. No sé a qué hora me quedé totalmente dormida pero cuando desperté por la mañana, ya no estabas. Tu ropa no estaba por el suelo, tus zapatos ya no estaban donde los dejaste ni escuchaba el ruido del agua en el baño al ducharte. Sólo quedaban los restos de una noche apasionada: una cama totalmente deshecha, unas sabanas húmedas, mi cuerpo desnudo y sobre la mesa una botella de champán vacía con dos copas usadas y un papel con tu número de teléfono.

Tras una ducha rápida, recogí mis cosas pensando en la locura de haber pasado la noche con un desconocido. Salí de la habitación y me llegó ese aroma tan familiar que había saboreado en tu piel. Bajé a la recepción con la esperanza de encontrarte allí, para cruzarnos las miradas por última vez antes de marcharnos… pero no estabas. Sin embargo, el rastro de tu perfume era tan claro que sabía que habías pasado recientemente. Miré a mí alrededor, buscándote, no estabas en los sofás, ni en la cafetería ni cerca de cajero. Cuando mis ojos se fijaron en la puerta fue cuando te vi, vi tu silueta saliendo del hotel, de espaldas, viendo como desaparecías de aquel hermoso lugar. No sé si realmente volveremos a vernos, no sé si nuestros cuerpos volverán a juntarse con el mismo deseo que esa noche, no sé si tus labios volverán a posarse en los míos o si sentiré de nuevo tus caricias en mi piel. Por ahora me quedo con las ganas de volver a repetir, me quedo con el recuerdo de la destreza de tus manos y de la intensidad de tu mirada. El recuerdo de tu perfume grabado en mi memoria, de la sensación de lo prohibido y del secreto que sólo sabemos tú y yo, el secreto de habernos deseado cuando nadie nos miraba.

domingo, 6 de mayo de 2012

El pintor de las esencias (Tercera Parte y Fin)

“Te echo de menos. Estamos tan cerca y, sin embargo, tan lejos el uno del otro. Quisiera volver a sentir tu respiración pausada mientras duermes y volver a sentirme amada…”

Se le hizo un nudo en la garganta, se le entrecortaba la respiración y sentía una gran presión en las sienes, su conciencia volvía a martirizarle. Pasó varias páginas y en una de ellas encontró una instantánea de la pareja con los niños cuando eran más pequeños. Se detuvo ahí y continuó:

“¿Recuerdas aquella vez que fuimos a Galicia? ¡Qué felices éramos! Cuando volvimos pintaste una marina: un sol brillante, un mar en calma y pequeñas olas que rompen en las rocas dejando restos de espuma y sal en sus bordes. Me encanta ese cuadro, me relaja y me recuerda buenos momentos, por eso, antes de cerrar los ojos para dormir contemplo durante unos minutos esa bella imagen. Te estás aferrando a la oscuridad, vives la muerte y no vives la vida. Me gustaría que volvieras a pintar paisajes, retratos… esta fotografía por ejemplo, quedaría muy bien colgada en el salón.”

Levantó la cabeza y se vio solo en la habitación. Isabel se había ido para no interrumpir aquel momento tan personal. Se secó la humedad de los ojos y prosiguió la lectura:

“… a pesar de todo me siento orgullosa. Sí, me alegra que disfrutes de lo que haces y que admiren tu trabajo. Carlos te culpa de todo, incluso de mi enfermedad, pero en el fondo te quiere y te admira. ¿Sabes que le gusta pintar? Es muy bueno y, cuando yo falte, desearía que le apoyases, enséñale lo que sabes… no será tarde, os servirá para uniros”.

Aquella revelación fue toda una sorpresa. Era cierto que Carlos y él no se llevaban muy bien pero no podía sospechar que la pintura fuese una de sus aficiones. Sí, hablaría con él pero ¿aceptaría que fuese su mentor después de tanto distanciamiento? Pasó las finas láminas redactadas con pluma de tinta azul y se detuvo en la última hoja escrita. La fecha correspondía al día en que falleció su mujer. Le daba vértigo seguir leyendo:

“Hoy me siento agotada, sin fuerzas. Quería esperarte, ponerme guapa para ti y darte un beso de bienvenida. Incluso quería proponerte que durmieses esta noche conmigo, me siento sola. Creo que me acostaré y espero despertar para poder verte. Si no lo hago, despídeme de los niños, nuestro mayor tesoro. Ernesto, te quiero, eres lo mejor que me ha pasado en la vida y allá a donde voy te seguiré queriendo. No me olvides… Clara.”

Gotas saladas surcaban el rostro de aquel hombre triste y abatido, una de ellas cayó en el papel, dejando un pequeño círculo en una esquina. Era como si pudiese escuchar la voz de Clara resonando en su cabeza, cada frase, cada expresión… todo era parte de ella. Se levantó para dar vueltas a aquel cuarto lleno de recuerdos. Pensaba, meditaba… una idea le había surgido en aquel instante ¿podría llevarla a cabo? Sí, tenía que hacerlo, debía hacerlo. Se lo debía a ella, era su último deseo y lo cumpliría. Pintaría el retrato de familia que estaba entre las hojas de aquel diario, sería un acto de reconciliación consigo mismo y con su esposa.

Modificó la disposición del estudio y compró nuevos materiales. Ya tenía una idea del tamaño del lienzo y de los colores que le servirían de base. Colocó el caballete al lado de la ventana, quería que la claridad de la mañana le inspirase alegría y que la luz del ocaso impregnase de ternura cada pincelada. Así mismo, cambió sus hábitos de vida. Ahora desayunaba todos los días con Isabel antes de que se fuese al colegio y comía y dormía mejor que antes. Había recuperado el contacto con sus hijos. Guillermo, el mayor, quedó impresionado y satisfecho con el afecto que le profesaba su padre, en cambio, Carlos, el mediano, se sitió reacio al principio pero tras una larga y emotiva charla se convirtió en su discípulo.

Casi había acabado. En primer lugar se centró en sus hijos, después se dibujó así mismo y ahora estaba con la imagen de su esposa. Contemplar aquella fotografía cada día le daba energías, le daba vida. La mirada de Clara era radiante, trasmitía tranquilidad y felicidad, aspectos que él deseaba mostrar en su trabajo. Siempre llevaba consigo el diario, en sus hojas encontraba la fuerza para pintar y los recuerdos afloraban con gran nitidez. El resultado fue increíble. Las telas parecían moverse dentro de aquellos límites y cada personaje tenía vida propia, eran tan reales que podía sentirse que en cualquier momento saldrían del cuadro. En los ojos de todos ellos se reflejaban sus personalidades: la ternura de su mujer, la rebeldía de Carlos, la sencillez de Guillermo o la energía que ya demostraba la pequeña Isabel cuando aún era un bebé. Y, sin embargo, los cinco formaban parte de un conjunto perfecto, como piezas de un reloj que necesita de todos sus elementos para seguir adelante. Pero, sin lugar a dudas, la gran maestría de Ernesto se demostró en el rostro de Clara. Su nariz respingona, el lunar que coronaba su pómulo izquierdo y una mirada que dejaba al descubierto sus sentimientos, en definitiva, su alma.

Aquella pintura dio comienzo a una nueva etapa. Ernesto dibujaba hermosos paisajes en los que uno podía creer que iba a adentrarse en ellos o bodegones con jarrones y frutas que si alargabas la mano tenías la sensación de que los podrías tocar. Conseguía plasmar con gran realismo no sólo lo que imaginaba sino también lo que veía. Gracias a una exposición en una de las galerías con las que trabajó antaño, consiguió varios encargos. Uno de ellos era un mural que cubriría toda una pared y el motivo, un bosque otoñal con un camino por el que a lo lejos paseaba una pareja y un niño con una bicicleta. Desde entonces se le considera “El pintor de la Esencia de la Vida”.