jueves, 14 de octubre de 2010

VUELA

Te has ido con valor y coraje, sabiendo que el camino ya tenía un final. Nos has despedido a todos con buena cara y dulces sonrisas y hasta el último día has estado pendiente de los demás.

Alégrate porque has visto crecer a todos tus polluelos, que fueron abandonando el nido para volar por sí mismos y que hoy les vuelves a tener a tu lado.

Alégrate por los grandes momentos que hemos disfrutado. Cuántos finales de año sentados todos cerca de la televisión y cuántos cumpleaños con tartas y regalos.

Alégrate por los increíbles veranos que tuvimos. Rodeada de las hermosas flores que con tanto mimo cuidaste durante años y el sol tostándote tus aún juveniles piernas.

Pero ahora somos nosotros los que tenemos que alegrarnos por ti. Ya no habrá camillas ni comida sin azúcar, ya no necesitarás pastillas para la tensión ni te cansaras cuando andes. Ahora te espera una etapa nueva donde podrás respirar por ti misma el aire que te rodea y canturrear “Las Mañanitas” a los que allí te acompañan.

Pero nuestra mayor alegría es que hoy volverás a ver a tu añorado compañero de fatigas, ese que te acompañó durante años y que partió mucho antes para prepararte el sendero. ¡Mira!, allí está, vestido de militar con un ramo de claveles esperando en un altar. Mira la alfombra roja que se detiene a tus pies y mira que a su lado están tus padres y tus hermanos. Ponte tus mejores galas y camina erguida y orgullosa pues no todos tienen la suerte de casarse en un cielo lleno de estrellas. Corre, ve con ellos pues ahora estás lista para partir. Ya se han encargado de prepararte lo necesario, la casa está terminada y sólo faltas tú.

Nos alegramos de que por fin descanses tranquila, que oigas el sonido de violines y guitarras y que veas los vivos colores de nuevos paisajes para ti desconocidos pues allá donde vas no hay más que verdes prados y bellos jardines de tulipanes y amapolas. Sin embargo, aquí nos quedamos con la pena y nuestros ojos se humedecen al ser conscientes de tu partida. Por eso, acuérdate de nosotros y vela por nuestros corazones, danos fuerza y ánimos para seguir luchando día tras día. Ven a visitarnos cada noche en nuestros sueños y susúrranos al oído que hemos sido lo más grande de tu vida, que seguirás nuestros pasos y que allí estarás tú cuando vayamos a verte.

Alégrate porque ya nos diste todo. Ahora vuela con el viento, agita tus alas y disfruta del viaje.

miércoles, 13 de octubre de 2010

¿Quién dijo crisis?

Hoy en día es muy común hablar de crisis, todos los días aparece en los medios de comunicación, en las palabras de políticos o en frases sueltas que consigues escuchar en la conversación de dos personas durante tu hora de viaje en el metro (sí, ese momento en el que vas medio dormido y a tu lado se ponen varios a hablar casi a voces). Crisis económica, crisis laboral, crisis política, crisis empresarial… Pero aún la tenemos más cerca, la crisis familiar, o mejor dicho, la crisis de pareja. Hay dos fases dentro de una relación de pareja: el noviazgo y el matrimonio. En cada una de ellas hay varios periodos críticos que, si se superan, dan lugar a un momento de calma hasta que llega la siguiente tempestad. Sin embargo, la Gran Crisis se produce a los 10 años de matrimonio. Sí, sí, parece que estoy de broma pero nada de eso, lo digo en serio, sobre todo basándome en amigos y conocidos cuyas relaciones no han llegado a buen puerto. Si no me creen, hagamos un repaso de esos maravillosos momentos.

Durante el noviazgo todo va muy bien hasta el año y medio o dos años. Hasta ese momento todo es maravilloso, disfrutáis cada minuto como si fuese a ser el último y las peleas por tonterías acaban con besos y abrazos amorosos para hacer las paces. Buscáis estar a solas horas y horas y dedicáis tiempo a hacer cosas en común. Todo es perfecto y a los dos años de relación… crisis. Sí, las cosas ya no son lo que eran: los fines de semana que salíais con los amigos ahora los pasáis en pijama, tumbados en el sofá viendo, o intentando ver, la televisión, el sexo se espacia durante la semana y, como ya conoces los gustos de tu compañero, ¿para qué investigar más? (algo, que, por supuesto es un gran error). Superada esta dura etapa, el terreno es practicable unos seis meses más ya que (si no se ha hecho antes, claro) uno se plantea la convivencia. Se producen situaciones de tensión, vamos, lo típico de no cerrar la tapa del váter, no hacer la cama… pero, poco a poco, se encuentran soluciones, no siempre, pero se intenta.

La segunda crisis importante se origina pasados los cinco años. Suele coincidir con el pensamiento de “y ahora… ¿qué?” y a esto le sigue “¿nos casamos?”. Si ambos están de acuerdo, se prolongará la alegría sin embargo, la organización y preparativos de la boda pueden causar algún rifirrafe entre los futuros esposos. El problema se plantea cuando uno de los dos aún no lo tiene del todo claro… entonces ¿qué pasa? Porque, a ver, no vas a estar esperando eternamente a que el otro se decida a pasar por el altar, además, que a la mayoría de mujeres nos hace ilusión eso de vestirnos de blanco y ser el centro de atención y que te digan lo guapa y radiante que estás, vaya casi tan esplendorosa como el día de tu primera comunión. Bueno, con la diferencia de la edad y un buen maquillaje que cubre esas pequeñas imperfecciones.

Vamos a dar por hecho que la pareja se da el sí quiero. Empieza otra época maravillosa, primero porque disfrutas de tu misma boda y el viaje de novios es espectacular, da lo mismo que vayas al Caribe, Thailandia o New York no paras de hacer fotos y a la vuelta obligas a todos tus amigos a que vean las 1500 fotos: las paisajísticas, tu posando con cara sonriente, la de los dos en un edificio emblemático y no pueden faltar las de la habitación con su decoración especial para novios con los pétalos en la cama en forma de corazón (¡ohhhhhhhhh!) Claro, tú cuando las ves te emocionas y se te saltan las lágrimas, pero tus amigos están deseando ¡huir de allí! Después parece que vives en una burbuja, ¡ya eres una señora casada! Empiezas a saber lo sacrificado que es tener una casa limpia y el domingo haces comida para toda la semana ya que entre diario no te da tiempo. A esto se le une que cada vez haces más vida marital, esto quiere decir que ves menos a los amigos y más a los suegros, de hecho, casi todos los domingos hay que turnarse para ir a casa de los padres de uno u otro, así que, olvídate de pasar un fin de semana de relax tumbada en el sofá: o estas limpiando y con los rulos puestos (en plan ratita presumida… “limpio mi casita tralara larita”) o te toca hacer visita familiar, bueno, que también puede que tengas que hacer las dos cosas el mismo día. La monotonía y el cansancio van haciendo mella en la pareja y otra vez el sexo queda limitado a uno o dos días por semana. Este es el comienzo de una nueva crisis existencial en la pareja que estalla en cuanto te empieza a sonar el reloj biológico. Vas por el parque y no dejas de encontrarte con mujeres embarazadas o padres llevando a sus hijos en el carrito. Empieza aumentar tu instinto maternal y te planteas que ya es hora de formar una familia al completo. Comentáis los pros y los contras y os ponéis a ello. Y aunque parezca mentira, las cosas no son tan fáciles como nos han dicho siempre. Vamos, que eso de la flor y la semillita, ¡me rio yo! Porque claro, cuando ves que ni con la postura más complicada del kamasutra te quedas en estado, ya piensas muchas cosas, entre ellas ¡de que te ha valido gastar tanto dinero en anticonceptivos! Si total, no te iba a pasar nada ¿no? Después de varias intentonas y de comerte la cabeza, parece que las cosas prosperan, tienes retrasos en el periodo y ¡Voilá! Aquí se inaugura otro periodo de pequeñas tensiones para tener todo preparado cuando venga el nuevo miembro de la familia: si la casa es pequeña hay que buscar una nueva, que si la cuna, el carro, la ropa, los biberones, pijamitas, el cambiador… Todos son quebraderos de cabeza pero se llevan con ilusión aunque cuando estás en la camilla, intentando dilatar y aguantando el dolor como una campeona, no piensas lo mismo, más bien… ¡quien me mandaría a mí querer tener un niño!

Hay que reconocer que un niño en casa da mucha vida. A los abuelos se les cae la baba con el retoño, “si es que es idéntico a su padre” dice tu suegra, mientras que tu madre te dice “es que tiene los mismos ojos que tu abuelo”. También te llenan la casa de juguetes y regalos para el niño, con lo bien que te vendría el dinero para comprar pañales y leche y no esa manta con miles de sonidos, que es muy buena para que el niño aprenda pero… ya estás cansada de cómo hace la vaca, como hace el tren y como hace el gato. Ahora toca compaginar vida laboral con vida familiar, incluyendo los gastos económicos que supone la guardería o el colegio del pequeño: libros, ropa nueva cada dos por tres, zapatos… es un no parar. Y claro, al final la que suele estar al pie del cañón con los hijos es la madre: llévalos al cole, a la piscina, a las clases extraescolares, cuando se ponen malos quédate con ellos y llévalos al médico, cuando lloran en mitad de la noche, cuando tienen miedo… Vamos, que no te dejan ni un minuto tranquila y, como es lógico, tampoco puedes estar con tu pareja igual que antes. Esto origina otro momento de conflicto, más o menos a los cinco años de matrimonio. El no dedicar tiempo a la pareja y más a los niños o incluso el hecho de que la mayor responsabilidad en el cuidado de los hijos recaiga en uno (aunque por lo general es la mujer, también hay que tener en cuenta que hay hombres que se ocupan mucho de sus nenes) puede influir negativamente en los cónyuges y provocar la aparición de reproches y críticas del estilo de “¡anda! Que ya podías echar una mano ¿eh? Que lo hago todo yo” o “ya se ha ido con sus amigotes de cañas y yo aquí sola con el crío medio malo, limpiando y haciendo la comida”.

Si pasas este bache, has conseguido bastante, ¡qué digo!, has conseguido muchísimo porque se zanjan esos pequeños detalles que no nos gustan del otro y que pueden dar lugar a mayores roces. Además, como vuelve a establecerse un vínculo de confianza la relación sale más consolidada que antes, lo que no implica que no se produzcan nuevas crisis. Y con los 10 años de unión matrimonial llega… el Apocalipsis de Pareja. Aquí no importa que no se haya pasado por la fase de paternidad porque todas las parejas se enfrentan a esta difícil prueba.

A estas alturas, el amor romántico de los inicios no existe: nada de hacer el amor a la luz de las velas, ni lencería sexy (bueno, es que el corpiño de licra negro y rojo que compraste probablemente ya no te siente tan bien como antes… ¡con lo bonito que era!), ni paseos idílicos a la orilla del mar, ni ese nudo en el estómago cuando quieres verle y no puedes. Se ha transformado en otro tipo de amor, el de cariño de compañero en el que con sólo una mirada ya sabes lo que piensa el otro. Ahora los pocos ratos entre las sábanas suelen ser a oscuras y sin hacer ruido para no despertar a los críos, que claro, ya son algo más mayores, y la caja con vuestros juguetes está escondida en lo más alto del armario. Si no hay niños, también vas a lo cómodo, no porque no te gusten los cambios, es que ni tú eres tan flexible ni tu pareja tiene tanto aguante como para hacer complicadas posturas, bueno, ni tampoco fuerza…

Con el paso del tiempo, te has dado cuenta de que has estado más pendiente de otros que de ti misma y te notas más envejecida. Te empieza a preocupar que tu marido se fije en mujeres más jóvenes, por eso usas cremas antiarrugas y anti envejecimiento, tanto para la cara como para el contorno de ojos, y para el cuerpo utilizas anticelulíticos y leche hidratante reafirmante. Usas los productos más caros porque crees que son los mejores y, por supuesto, todos los días. También te da por apuntarte a pilates, yoga, bailes de salón o buscas un gimnasio y te aficionas al body combat y al spinning. Eso sí, ver al monitor, unos 15 años más joven que tú, sudoroso, con una camisa muy ajustada y unos bíceps bien pronunciados… hace que en tu interior se mueva algo que hacía mucho tiempo que estaba dormido. Por otra parte, tu pareja se ha aficionado al golf o al tenis y se va todos los sábados con algunos compañeros del trabajo, que después van a comer a un asador, se fuman unos cuantos puros e incluso lo unen con la cena. También le ha dado por el deporte y sale a correr todos los domingos a las 8 de la mañana con su inseparable amigo de fatigas y a las 10 ya están haciendo unos largos en la piscina. Olvídate de verle cuando hay liga, champions o copa porque se adueña del salón, él y otros cuatro amigos a los que invita. Poco a poco, vais perdiendo la comunicación: él no te cuenta los problemas del trabajo para no preocuparte y tú no le cuentas cómo te sientes porque sabes que le cuesta hablar de sentimientos y para que no piense que son historias tuyas, si total, no te va a entender… Puede que ambos sintáis que la cosa no va nada bien y os planteéis ir a un psicólogo especializado en parejas que os viene a decir lo que ya sabéis: que cada uno tenéis un conflicto interior que no mostráis al compañero, que os dediquéis tiempo para los dos, que hagáis cosas en común y que habléis de lo que os pasa evitando las críticas directas y con mucha calma. O puede que sólo sea uno el que se sienta diferente y, para no perder la comodidad de tener a alguien en casa, busca lo que le falta fuera: las salidas nocturnas aumentan, se buscan excusas para estar cada vez menos en casa y si existe un (o una) amante no queda más remedio que recurrir a la mentira, algo que puede ser muy peligroso sobre todo si se usa la tarjeta de crédito y todo se descubre por el resguardo bancario que llega por correo a casa.

¿Qué hacer para superar esta crisis? No hay una respuesta concreta ni tan siquiera valen los miles de consejos que pueden darnos nuestros más allegados. Es cuestión de sopesar los pros y los contras, las virtudes y defectos de ambos y de lo que se está dispuesto a dar o a sacrificar para salir adelante o bien para iniciar un nuevo camino. Pero siempre es el corazón el que tiene la última palabra.

martes, 5 de octubre de 2010

Desde el principio hasta el final.

Mi sobrina Raquel de cinco años cada semana tiene un novio nuevo. Sí, hace tres días decía que Ángel, un niño de su clase, era su novio, y ahora me dice que está con Leandro, que juega con ella en el parque. Yo a esa edad jugaba con las niñas a las comiditas y veíamos a los niños como tontos y malos porque nos tiraban de las coletas o, los más atrevidos y rebeldes, te levantaban la falta. Vamos, que no queríamos saber nada de ellos y, sin embargo, de mayores no paramos de buscar al hombre de nuestra vida.

Las cosas han cambiado mucho, mientras que a los 12 años aún jugaba a las muñecas, las niñas de esa edad hoy en día están muy despiertas y ¡madre mía lo que saben! Sin embargo, lo que nunca cambia son los inicios y finales de las relaciones, porque ¿cuándo sabes que estás con un chico? Y es más ¿cómo sabes que la cosa termina?

Está claro que las mayores dificultades para contestar a estas preguntas llegan con la madurez. Cuando eres pequeño, y si tienes el mismo éxito que mi sobrinita, cualquier niño que juegue contigo puede ser tu amigo, y claro, si además de jugar vais al mismo cole o sois vecinitos, pues claro, ya es algo más que un amigo ¿no? En la edad del pavo todo se reduce a “me gustas” y si a la otra persona también “le gustas” pues estáis saliendo. De hecho, el chico que te trae de cabeza se sienta en clase dos filas a la izquierda de la tuya, al lado de la ventana y no paras de mirarle. En una de esas te pilla y te sonríe y en el descanso te pregunta si le puedes dejar los apuntes de historia. Minutos después estas en el baño chillando como loca con tus amigas porque ¡te ha hablado! Si quedas con ese chico más de dos veces a solas y en el instituto os ven juntos, ya sois novios. Eso sí, a las dos semanas lo habéis dejado por cualquier tontería y dos días después, otra vez sois pareja, volvéis a cortar y a salir unas cinco veces hasta que ya ninguno de los dos quiere estar con el otro, bien porque llega el verano, bien porque a ti te empieza a hacer tilín un guaperas dos cursos superior al tuyo.

Las cosas van complicándose entre los 18 y 20 años. Se sueña con el amor verdadero, ese que tanto prometen en cuentos y películas, y los sentimientos y las hormonas se mezclan para provocar una gran bomba de relojería. Todo se vive con intensidad: las primeras citas, los primeros besos, la primera vez... Inicias una relación con alguien del grupo de amigos, de la universidad o algún compañero de trabajo. Vives en un estado de ensueño, donde las mariposas revolotean por tu estómago y todo es perfecto. De hecho él es perfecto, le miras con un amor ciego, le sigues donde haga falta y haces lo que sea para estar con él. Y claro, las rupturas son igual de intensas porque es un drama, más que un drama es un dramón, mucho más que los culebrones de la televisión que emiten después del telediario de las 15:00. Se dicen frases típicas como “era el hombre de mi vida” o “no voy a querer a nadie como a él” y lloras de esquina en esquina… bueno, estas cosas también se hacen de adultas pero como suelen pasarnos más de una vez, ya no nos pilla tan desprevenidas, aunque el golpe sea igual de duro, claro.

Y con la edad llegan los problemas existenciales en el ámbito amoroso, sobre todo, cuando llevas un tiempo con alguien y aún no tienes muy claro que hay entre los dos. Hay buen entendimiento, quedáis para ir al cine o a cenar y se nota que estáis a gusto pero “¿somos novios?” te planteas. Aquí ya no vale eso del “¿quieres salir conmigo?” o “me gustas, te gusto… salimos” pero entonces ¿cómo lo sabes? Porque una noche de fiesta con tus amigas, conoces a un bombón, realmente es un poco superficial pero el chico se lo está currando… ¿Qué haces? Mientras él te habla de los lugares a los que va de fiesta, tú estás pensando en el otro y como no sabes si estáis o no estáis no sabes qué hacer. Finalmente le das el teléfono y no sucede nada. Respiras tranquila pero vuelves a casa con un sentimiento de culpabilidad que te atormenta durante toda la noche y todo el día siguiente. Si el guaperas te llama, en lugar de sentirte entusiasmada, sientes que estás haciendo algo malo, aparecen los remordimientos y con una risa forzada le dices que te va a ser imposible quedar. Gana el corazón a pesar de no saber en qué punto estás dentro del juego del amor. Cuando hablas de él a tus amigas no sabes cómo considerarle. Si no es novio ¿Qué otro termino hay para describir la situación? “Mi churri” o “mi chico” es lo más socorrido aunque es normal que siempre te acaben preguntando si estáis saliendo a lo cual tienes que contar la misma historia: que aún no lo sabes, que la cosa va poco a poco, que va por buen camino…

Si ya es difícil saber si es algo serio, más aún es concretar desde cuándo. Es necesario tener una fecha para contabilizar los meses y los aniversarios. ¿Qué fecha se elige?: cuando os conocisteis, cuando quedasteis a solas la primera vez, en el primer beso, el día que intimasteis… aunque el beso suele ir seguido de intimar, por lo que se podría considerar la misma fecha… Resumiendo, que ni tienes claro si sois pareja y no hay una fecha concreta para determinar el inicio de vuestra relación.

En cuestión de rupturas tampoco nos queda la cosa muy clara. Nosotras decimos que necesitamos tiempo y ellos necesitan espacio. Pero ¿cómo sabes que se termina? Ese chico que te volvía loca con sólo mirarte ahora ya no te ilusiona, antes le deseabas con locura y ahora te has acostumbrado a verle con los calzoncillos de algodón blanco, sí, esos que se pone para estar por casa (vamos, que de eróticos tienen muy poco…) Ante esto ¿qué ha pasado? ¿Cuándo se ha perdido la señal y por qué ha vuelto con fallos? A veces esto mismo va provocando un distanciamiento entre ambos y es claro que algo va mal. Pero ¿y si no se ve venir? Vamos, que tú estás tan contenta con tu pareja, tienes ilusión de hacerle algo especial por su cumpleaños y el día más inesperado te suelta el jarro de agua fría. Así, sin más, directo al grano y sin anestesia. Claro, la cara de tonta que se te queda es espectacular porque claro si tú pensabas que iba estupendamente y él te dice que lo dejáis… “¿qué capítulo me he perdido?” te preguntas, porque aquí algo no encaja. Ummm… no, todo iba aparentemente bien y ahora esto “¿acaso me he dado algún golpe? ¿Mala memoria?”. Aquí es cuando buscas el por qué. Puede que haya sido la monotonía, demasiado trabajo, he dejado de atraerle… pero nunca aciertas. Según su teoría, que refuta el hecho de que no pasaba nada, no has sido tú. Piensas “Vale, menos mal, me quedo más tranquila ¿eh? Me dejas y yo no he hecho nada… estupendo porque ahora lo entiendo menos”. En fin, que resulta que es él, que necesita espacio y estar solo. Vaya, eso no lo decía cuando estabais en la cama, ahí sí que le sentías bien cerca. Y por supuesto, para no variar, la frase típica con la que intentan quitarse un poco ese sentimiento de culpabilidad por la mala noticia… “podemos mantener la amistad”. Si trata así a sus amigos… a mí que no me mire ¿eh? En fin, que por más que lo intentas no sabes qué ha ocurrido, ¡con lo fácil que era en el colegio!

Va a tener razón mi sobrina Raquel cuando me dice que no entiende a los adultos, yo tampoco les entiendo, y a los hombres mucho menos. Sería más fácil no pensar y hacer como los niños que disfrutan de la vida. Sin embargo, tenemos un cerebro que siempre está funcionando, que busca el por qué de las cosas y nos obliga a plantearnos dilemas, soluciones y decisiones que nos hacen más complicada la existencia. Pero también tenemos un corazón y por si solo piensa, siente y necesita saber qué sucede para poder seguir latiendo, para poder seguir viviendo.

lunes, 27 de septiembre de 2010

LA ESPERA

Ahora mismo no sé si odiarte o quererte, no sé si vales la pena, no sé que hago aquí sentada esperándote. Hoy iba a ser una bonita velada pero has tenido que estropearlo ¿por qué? ¿Acaso no querías venir? No sé que pensar, estoy aturdida, enfadada y tengo ganas de llorar, no de pena sino de rabia. Rabia por creerte, rabia por ilusionarme, rabia por desearte.

Esta mañana he buscado algo con lo que seducirte. ¿Un vestido? ¿Una falda? Quería estar guapa para ti y lo había conseguido. Llamé para hacer una reserva, una mesa para dos, a las 22:00. Hoy me tocaba a mí elegir y sabía que te gustaría. Durante todo el día sólo pensaba en la noche, en estar contigo y compartir agradables momentos. Disfrutar de tu sonrisa y perderme en tu mirada, pasarnos horas conversando sobre temas diversos, reírnos e incluso besarnos de vez en cuando. Iba a ser una noche especial, sólo el estar a tu lado ya era importante, la cena era lo de menos, lo principal eras tú.

Empecé a arreglarme unas horas antes. Ya lo tenía todo escogido, mientras difuminaba la sombra de ojos canturreaba, estaba contenta, emocionada. Ya sólo quedaba esperarte. Pasaban los minutos, los segundos corrían a gran velocidad. Las 20:30, las 21:00, las 21:30 y no apareces. Empecé a ponerme nerviosa, no sueles llegar tarde ¿dónde estabas? Me acercaba a la ventana por si veía tu coche, de los que pasaban ninguno era el tuyo. Tenía tentaciones de llamarte pero no me atrevía, “¿y si te ha pillado un atasco?” pensaba ingenua de mí.

A falta de diez minutos de la hora acordada con el restaurante, una llamada. Eras tú. Respiro hondo para no parecer demasiado enfadada pero la cosa empieza mal. Tu voz no es la de siempre, más tímida que de costumbre, no sabes como decírmelo, dudas… “Mira… es que… esta mañana me he encontrado a mi amigo Ricardo y me ha dicho que iba a comer con los chicos y…”. A cada palabra tuya más rabia crecía en mi interior. “He comido con ellos por la sierra y, bueno, ya sabes, que si nos han servido tarde, que si la tertulia, que si tal y cual… pues eso, que nos hemos liado y seguimos por aquí.” Me quede sorprendida con el teléfono en la mano y la boca abierta, no podía creer lo que estabas diciendo. ¡Ni siquiera estabas cerca! Te contesto que podrías haber avisado, tu respuesta esquiva me confirma que estabas demasiado entretenido. Me quedo callada, no sé que debo decirte. No soluciono nada chillándote o quejándome. Me guardo mi resquemor y muy seria te deseo que lo pases muy bien y te cuelgo. No quiero oírte más, no quiero escuchar esos “lo siento” que a mi no me valen. Todo lo que me digas son palabras vacías que se lleva el aire, no me consuelan, no son nada.

Tiro el teléfono en el sofá y me deshago en lágrimas. Todas mis ilusiones, toda mi alegría han quedado por los suelos. ¿No entiendes que sólo quería verte? Pienso en los buenos momentos y los veo como una farsa. Realmente no te importo, te da lo mismo que estemos juntos o lejos, me tratas como si no fuera nadie en tu vida.
Me acurruco entre los suaves cojines que un día fueron cómplices de nuestra pasión. Mi ropa ya está arrugada y mi llanto ha arrasado con el maquillaje. ¿No podrías haber llamado antes? Has esperado al último momento para dar la cara ante lo inevitable, te has acobardado porque no sabías que excusa poner. ¿Que puedo pensar ante eso?

Sé que para ti no es tan importante, sé que sentirás haberme dado plantón pero se te pasará en breve y seguirás disfrutando con tus amigos. Sin embargo yo sí le doy importancia, miles de pensamientos se agolpan en mi interior y no es un enfado fugaz. Esos detalles tontos son los que quedan en el fondo del recuerdo, pequeñas cosas que van mellando la solidez de una buena estructura.
Ahora mismo, no sé si quererte, no se si odiarte. Ahora mismo, no sé si vales la pena, no sé que hago aquí tumbada esperándote… no sé que hago llorándote.

martes, 14 de septiembre de 2010

ACUERDATE DE MÍ.


El día que te encuentres cansado, sin ganas de nada y sólo quieras dormir… Acuérdate de mí, porque te daré la energía que necesitas para disfrutar de cada instante.

Si sientes que la soledad invade tu vida y que no tienes a nadie con quien hablar… Acuérdate de mí, te regalaré todas mis horas para escuchar tus palabras.

Cuando rías, cuando llores, cuando grites de alegría o cuando sufras de dolor… Acuérdate de mí, quiero estar a tu lado en todos esos momentos para animarte, apoyarte y consolarte.

¿Necesitas un beso, un abrazo o, simplemente, que te mimen?... Acuérdate de mí, te cobijaré en mi regazo y besaré tus mejillas. La noche será cómplice de nuestras fantasías.

Si la distancia es un obstáculo para llegar donde deseas o si tienes lejos a los que anhelas… Acuérdate de mí, seré tus alas, seré tu velero, seré agua, seré viento.

Coge mis manos y caminemos. Me gustaría acompañarte por el incierto sendero de la vida, el paseo será más ameno y los obstáculos más fáciles de saltar.

Porque…

¿De qué tienes miedo? Del Pasado
¿Qué es lo que ansías? La Libertad
¿Qué te sobra? Seguridad
¿Qué necesitas? Comprensión.

Por todas estas cosas… Acuérdate de mí. Déjame formar parte de tu recuerdo porque te aprecio, te valoro, en definitiva, porque te quiero.

Acuérdate de mí porque cuando yo lo necesite… me acordaré de ti.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Odiosas presentaciones

¡Qué bonito es el amor! Esos momentos de felicidad por tener a tu pareja al lado, esas confidencias nocturnas en las que aseguras no haber conocido a nadie como él... Çe l’amour. Pero después te das cuenta de que no sólo tienes que conocer y convivir con esa persona, sino también con su familia. Sí, llega un día en el que resulta obligado hacer las presentaciones pertinentes y las cosas dejan de ser tan maravillosas. No es por el hecho de asimilar que vamos a tener unos suegros, el dilema es que los suegros van a tener que asimilarte a ti. ¿Pasarás la prueba del algodón?

Primera parada: casa de la chica. Ella está de los nervios por lo que pueda pasar y él novio con una cara pálida que parece que le llevan al matadero.

La Madre: La verdad que es guapete, yo me lo imaginaba más feucho pero mira por donde tiene un cierto atractivo. Además parece buen partido, con estudios, un buen trabajo y su padre farmacéutico. Vamos que me van a salir los medicamentos gratis. Se le nota que vive solo, se le ve independiente, mejor así, que sepa hacer las cosas de la casa y si plancha, estupendo, que mi niña es un poco sosita para quitar las arrugas a las sábanas. Y fíjate, va muy bien arreglado y que bien huele. Bueno, pues a ver si para unos años casamos a la niña y que nos den unos guapos retoños, porque mi pequeña era una ricura cuando nació. ¡Ay! Voy a contenerme que al final me emociono.

El Padre: Así que… es éste el que se aprovecha de la inocencia de mi hija. No sé, no me gusta mucho ¿eh? Pero claro, aquí no puedo decir nada porque mi hija va a empezar a decir que ya es mayor, que no la comprendo y que es su vida, y mi mujer que no sea así, que parece buen chico… eso también lo decían de mí cuando era joven y anda que no he sido yo gamberro. Porque, a ver, de dónde ha salido, porque nosotros no sabemos nada de este muchacho hasta ahora ¿y si es un maniaco que se ha obsesionado con mi hija? Y como me entere yo que toca a mi hija… es que… la liamos. Voy a dejar de pensarlo ya porque al final me caliento.

El hermano: ¡Por fin mi hermana se va a independizar! Calculo que para dentro de unos meses, a lo sumo un año, tendré su habitación para mí. Quitaré la cama y pondré varias estanterías, tengo unos libros en cajas que no caben en la mía, así que, será ideal ponerlos allí. Y mi colección de coches, por supuesto. También una mesa para el ordenador, la impresora y tendré espacio para jugar a la wii con los colegas¡¡Genial!! Tendré que poner unos sillones, va a ser estupendo.

El novio: ¡Madre mía, en dónde me he metido! La madre no deja de inspeccionarme de arriba abajo, ¿tendré alguna mancha? Este camisa estaba limpia y he tenido cuidado de no pringarme mucho con la salsa. Y el padre… si es que no se ríe ni nada, seguro que cuando acabemos me va a decir que le acompañe, me va a bajar al trastero y me saca la escopeta... es que lo estoy viendo. O que me pregunte que qué intenciones tengo con su hija, a ver si va a ser guardia civil y ella no me ha querido decir nada para no asustarme. Menos mal que ya sólo queda el café.

La novia: Mira que le dije a mi madre que no hiciese tanta comida, si es que va a sobrar de todo. Por favor, que mi padre no diga nada, que no le quita ojo de encima y eso que les avise para que no le hicieran la radiografía, vamos, si es que parece que no quieren que encuentre pareja. Para un chico decente que conozco y al final me lo van a chafar.

Pasado este mal trago, la pareja puede respirar tranquila. Pero días después toca cena en casa de la familia del novio.

La madre: No se qué ha visto mi hijo en esta chica, es muy normalita, nada que ver con sus anteriores parejas. Al menos, educada sí parece pero para vestir no es que tenga mucho gusto, y no es por criticar pero ¿no podría ponerse algo más alegre? Que parece que vamos de funeral con tanto negro. ¿Será tímida? A ver si es de las que al principio van de buenas y luego, cuando ya tienen todo controlado, sacan los pies del tiesto y ¡de qué manera! Vamos, que se compran una cosa juntos, se casan, tienen niños, se separan y se queda con todo y deja a mi niño en la calle. ¡Eso no lo pienso consentir! Ya hablaré yo con él para que no se fie, que hay mucha lagarta suelta y uno no puede fiarse de cualquiera.

El padre: Es un encanto. Por fin ha encontrado una chica decente y simpática y le gusta el cine de terror como a mí, que grata sorpresa. Un día les invito al cine y así nos conocemos más que a la muchacha se la ve cohibida. Es culta y además guapa, si es que mi hijo sabe elegir bien, como su padre, jeje.

La hermana: Con las cosas que tengo yo que hacer y aquí de charla. He dejado puesta la lavadora y no me apetece llegar a las tres de la mañana y tener que tender, porque, vamos, ya me conozco yo estás cenas de presentación oficial: que si el café, que si el licor, que si una copa… A ver luego quien mete al niño en la cama con lo que le gusta merodear. Además, mañana tengo que pasar unos informes para la reunión del lunes. Y eso que les avise que este fin de semana me venía muy mal. ¡Qué poca consideración!

El cuñado: ¿Ahora con quien juego al pádel? Con el buen equipo que formábamos, hoy pensaba decirle que en mi oficina han organizado un campeonato pero me parece que ya nada. Porque como sea igualita a mi mujer durante el noviazgo, ¡que cansina! No me dejaba ni un minuto tranquilo y ahora, ahí la tienes, a sus cosas y ni caso. Si lo sé no me caso.

La novia: ¡Por favor que termine esto ya! Quiero irme a mi casa, ponerme las zapatillas y el chándal y ver la tele tranquila. Me siento observada por todos los sitios, cada cosa que hago o digo no sé si está bien o está mal. Ufff… la madre me mira mal. Seguro que cuando hable con su hijo le hará alguna crítica. Voy a decir que no me encuentro bien, ¿finjo un mareo? No, eso no que se va a pensar que estoy embarazada y casi es peor. Bueno, a ver si le puedo hacer alguna seña y nos vamos.

Nos guste o no, es un trámite que hay que pasar. Es como presentarse a un examen importante. Vas preparado pero llega el día, los nervios afloran y nos quedamos en blanco, tan en blanco que hasta metemos la pata. Lo haremos mejor la próxima vez.

jueves, 26 de agosto de 2010

Dominando el espacio

Tengo un amigo que está agobiado a causa de su novia. Bueno, ya lleva una temporada diciéndonos que su chica no le deja ni a sol ni a sombra. Al principio insistió en que conociera a sus amigas y luego conocernos a nosotros, los amigos de toda la vida. Después, ella quería estar más tiempo con él, con lo cual dejaba de quedar tan a menudo con nosotros para poder ir al cine o a cenar con su novia. Eso es normal, cierto, pero cada vez la chica le pedía que hiciesen más cosas juntos: jugar al tenis, ir a clases de bailes de salón, correr juntos… incluso se apuntaron a un curso de esgrima, pero sólo duraron unos meses. Cuando Dani se saturaba, nos llamaba para contarnos que se sentía encadenado. Decía que estaba perdiendo su independencia.

La gota que colmó el vaso fue la invasión de su espacio vital, su casa. Dicen que si tu pareja deja su cepillo de dientes en tu casa, estás perdido… pues no. Cuando vayas al cajón y veas que en lugar de calzoncillos hay braguitas y tangas y que tu lencería ha pasado a formar parte del segundo cajón, junto con los calcetines, échate a temblar. Abre el armario, si te encuentras una falda y un vestido para estar por casa y que tus pantalones están un poco desplazados hacia laderecha, respira hondo y cuenta hasta 100. Y por último, ve al baño. Si tu crema de afeitar, colonia y desodorante están en una banda superior y la inferior está invadida de cremas de día, de noche, contorno de ojos, un estuche de pinturas, perfume de mujer, así como otros elementos del cuidado femenino… entonces sí que estás perdido.

La verdad es que todas estas cosas las hacemos inconscientemente sin pararnos a pensar que puede ser incómodo para la otra persona. ¿Qué se nos pasa por la cabeza cuando decidimos dejarnos algo de ropa en su casa? Pues muy sencillo, comodidad. Si vas a dormir un fin de semana sí y otro también en su casa, es un engorro estar con una bolsa de aquí para allá con ropa para cambiarte y las cosas de aseo, así que, decides dejar unas braguitas y las cremas que están más usadas y te compras unas nuevas para la tuya. La elección de donde colocarlo tiene que ver con la accesibilidad. Será más fácil que un hombre llegue a las baldas más altas ¿no?

Pero todo esto, se va haciendo tan lentamente que el pobre muchacho no se da cuenta de lo que ocurre hasta que ya es demasiado tarde. Siente que le ha robado parte de su vida sin consultarle, como si le hubieran quitado una parte de su intimidad porque una cosa es tener visitas esporádicas y otra muy distinta instalarse como algo permanente. Vamos, es como el que llega para quedarse unos días, y pasan las semanas y sigue sin marcharse.

Sea como sea, el caso es que una vez que hemos entrado en su espacio las brechas se abren. Empiezan a darle vuelas a la cabeza y cuanto más piensan más agobiados se encuentran. Ven como la puerta de la libertad se cierra lentamente ante ellos y no saben cómo pararla. Probablemente nos vean como policías husmeando cada rincón: se acabaron las cervezas con los amigos viendo el partido, eso de pasearse desnudo por la casa dejará de ser lo habitual, nada de fiestas y, mucho menos, traer a desconocidas. “Es mi casa y yo decido” se dicen a ellos mismos en el momento de mayor cabreo sin embargo, a la hora de la verdad, se les hace complicado explicarlo sin que resulte ofensivo.

Y nosotras, mientras tanto, al margen de todo este batiburrillo de pensamientos, haciendo planes para los días siguientes con un entusiasmo que ni los niños pequeños con zapatos nuevos. Y lo que es peor, que no nos percatamos de que invadiendo su vida ¡¡hundimos todo el barco!! Como ya he dicho, es algo que sale por sí solo, de forma tan natural que no pensamos que sea un error. Lo que no entienden es que lo hacemos para estar con ellos. Igual que el dicho “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”, para introducirnos en sus vidas y conocerlos más a fondo nos adentramos en sus moradas puesto que ellos suelen ser reacios a hablar de sí mismos y de lo que piensan. Porque, aunque no lo parezca, una casa dice mucho de alguien: una habitación ordenada, un baño descuidado o una cocina con plantas y adornos. Incluso los muebles y la decoración pueden darnos pequeñas pistas de los dueños del lugar. Y justo eso es lo que temen.

En sus mentes la bola se va haciendo más y más grande. Imaginan que si ya nos hemos apoderado de la habitación y el baño, lo siguiente será la cocina. La compra será para dos y quedarán fuera de la dieta congelados, pizzas, perritos, hamburguesas y otros caprichitos que le alegraban la tarde de los sábados y domingos. La nevera también quedará trasformada. Suelen meter las cosas tal como las sacan de la bolsa, formándose una montaña de alimentos en la que sólo ellos encuentran lo que buscan. Nosotras, en cambio, buscamos la colocación idónea para los yogures y otra para el queso y la fruta.

Ya sólo les queda el salón. Chicos, si el mando no está en vuestro sitio no tenéis escapatoria. Es más, si en el sillón de una plaza, ese que heredaste de la casa del pueblo de tus padres porque era comodísimo, ves una mantita doblada en uno de los brazos y un cojín, que antes no estaba, apoyado en el respaldo la invasión es casi completa. Bueno, si al menos tiene los mismos gustos no habrá mucho problema, pero si es de las que se engancha a un culebrón o los programas de famosos la mejor será que compres una televisión nueva. “¿Pero porque me tengo que ir yo a mi habitación si es mi casa?” pensará incrédulo ante la situación, y estará en lo cierto.

Dichos populares aseguran que “por la caridad entra la peste” o que “donde hay confianza da asco”, así que, para evitar estos malentendidos, lo mejor para todos sería ser más claros. Nosotras respetar sus cosas y preguntar antes de actuar, ellos abrirnos las puertas de eso que tanto esconden, su interior.